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Estas y aquellas ferias del libro

Ricardo Riverón Rojas, 14 de abril de 2015

Hace poco más de una semana concluyó la que, mal, llamamos Feria Internacional del Libro en Villa Clara, provincia donde resido. La inconformidad con el calificativo de “internacional” no tiene la intención de restarle brillo a la realizada, sino a la prolongación injustificada de una denominación que nunca tuvo un vínculo muy sólido con lo que en realidad nuestra feria es.

Activando la memoria más reciente, entre 2002 y 2010 tuvo lugar la etapa expansiva de la Feria Internacional del Libro de La Habana. Recuerdo que en aquel momento se impuso como directiva que ella era, para todo el país, una sola, y junto con ese ucase se internacionalizaron virtualmente los clones de lo que, desde inicios de los ochenta, veníamos celebrando; aunque esa “internacionalización” nunca implicó la concurrencia de expositores y libros de otras partes del mundo, ni la presencia de escritores no cubanos. Si en algún momento puntual –como en esta última que uso como pretexto para comentar– asistió a nuestra feria algún que otro escritor residente en otro país, ello obedeció a gestiones propias de la provincia, y fue tan reducida la muestra que no alcanza para validar la pomposa denominación.

Aquel interés en unificar las ferias de todo el país en una sola se correspondió, según mi apreciación, con una etapa en que el Instituto Cubano del Libro (ICL) articuló una lógica de dirección centralizada y vertical, que si bien establecía un sabio algoritmo para la distribución equitativa (a veces igualitarista) de los entonces abundantes recursos puestos a disposición de la cultura, también desmontó, de manera sutil y quizás culposa, algunos entramados específicos que en los perfiles regionales se habían ido configurando al amparo de una ejecutoria de descentralización, cuyas virtudes se expresaron, sobre todo, en los años noventa.

Lo hecho antes desapareció de todos los recuentos, enunciados, estadísticas, pero como la misión de quienes estudiamos los fenómenos culturales no puede darse el lujo de echar por la borda ningún proceso que aportara algo a la tradición –y menos aún si fue fructífero– insisto en que el período previo a 2002 no podemos, por respeto y rigor, seguir ignorándolo.

Opino que el interés por resaltar con énfasis el valor político del incremento en la apuesta estatal por la cultura guió con demasiada pasión a los que, desde instancias burocráticas –con un discurso laudatorio que se irradió con fuerza a lo mediático en tanto partía de la más alta esfera de gobierno– acaso sin proponérselo invisibilizaron de la historia (o relegaron como muy menor) lo que antes de 2002 habíamos hecho. Comenzaron a tratar al período como si perteneciera a una prehistoria basta. Pero se equivocan, y cometen una mutilación de esa historicidad; lo sé porque fui partícipe, como escritor y como organizador, de aquellas jornadas feriales de hace más de treinta años. Considero un error político borrar lo que, también gracias a políticas estatales y al esfuerzo y talento de muchas personas, antes se había concretado, y no de manera pedestre.

Entre otras imposiciones, por una decisión de “cuño, fecha y firma, así lo dejo escrito” (como diría Nicolás Guillén) nuestras ferias debieron acogerse al ordinal de aquellas que desde La Habana solo vinieron a expandirse hacia territorios del interior en el ya señalado 2002.

Nuestra primera feria del libro fue organizada en 1981. Y por inercia ya se ha validado irresponsablemente el error, pues seguimos contando las ferias a la par de las de La Habana, razón por la cual a esta última la denominamos “veinticuatro”, cuando en realidad es la “treinta y cuatro”. Y que conste que, en este conteo, no incluyo a la que en 1963 se realizó, pues constituyó un hecho aislado que, no obstante no marcar el inicio de una tradición, en aquellos primeros años de revolución, ya dio un importante aviso sobre el terreno donde el país aspiraba a cosechar, como ha cosechado, algunos de sus mejores frutos.

En aquellas ferias de antaño, es cierto, la magnitud de su programa cultural era de menor dimensión, pero no sucedía lo mismo con la presencia de importantes intelectuales en ella, ni con la oferta de libros (a un precio más a tono con el bolsillo popular), y en cuanto a su alcance tampoco tenían nada que envidiarle a las más recientes. Nuestro evento, hasta 1990, se desarrollaba simultáneo en todos los municipios de la provincia, reto mayor nunca más asumido, pese a que algunos municipios fueron beneficiados, como Sagua la Grande y Manicaragua, en el caso de esta provincia. Si a ello le sumamos que, como vimos antes, la feria no se “internacionalizó” y que, desde este año, se celebra solo con los recursos con que cuenta la provincia ¿por qué no llamamos a nuestros eventos Feria del Libro en Villa Clara (ni internacional ni provincial) y empezamos a contarla, por fidelidad histórica, desde su real inicio?

Es cierto que aquella era otra época, y mis reclamos regionales no deben opacar otras verdades, pero ¿no constituye todo el período revolucionario una época? Entre las verdades que nunca podríamos opacar está el que las ferias del libro celebradas en el presente siglo tuvieron hasta 2010, para bien de la cultura, un crecimiento notable, sobre todo en el casi desmesurado aumento de sus programas de intercambio literario, en la oferta de títulos y ejemplares, en el precio de los libros (aunque no para beneficio del lector) y, sobre todo, en el apoyo del estado, que se mostró consciente de que la rentabilidad de un evento como este no se podía medir en pesos, sino en el más promisorio terreno del engrandecimiento de determinadas matrices simbólicas.

De 2010 a la fecha la historia es otra, pues ha venido perfilándose, y haciéndose efectiva, una etapa de contracción de esta noble propuesta cultural masiva. Ciertos principios de carácter económico, que acaparan el protagonismo en el discurso público del país, han cortado alas y, año tras año, las reducciones se sienten cada vez con más fuerza. Comprendo la cota que lo económico traza, pero asimismo alerto sobre las pérdidas (acaso más dolorosas y de consecuencias sumamente drásticas) que en otro sentido sobrevendrían si tal visión continúa su crescendo.

De momento, aún podemos afirmar que la feria del libro recién concluida en Villa Clara, al leer con entusiasmo las estadísticas, no fue un mal evento, pues si descontamos algunos descalabros organizativos relacionados con la ausencia de los libros de lanzamiento en los espacios de presentación, sostuvo un programa de similar magnitud al de la etapa en que el Centro Provincial del Libro recibía un buen presupuesto y una muy superior distribución de libros para realizarla.

Si tomamos en cuenta que este año la institución organizadora no recibió asignaciones del presupuesto central para la realización de la feria y comprobamos que se hicieron 105 actividades en las cuales se involucraron casi todos los escritores residentes en Villa Clara, además de otros 40 invitados, podemos afirmar que el sinónimo de fiesta  de la literatura le sienta bien a la feria. Igual si comprobamos que impactó a 144, 207 asistentes, quienes adquirieron 83, 666 ejemplares con ingresos por 501, 966 pesos –con lo que se configura un precio promedio de 6.00 pesos por ejemplar– seguro nos reconciliamos un poco con ese evento que, pese a las opiniones discordantes y a inconformidades justamente expresadas por la población, cada año tantas personas esperan y disfrutan, sin que importe la competencia que le plantean las tecnologías audiovisuales de diverso tipo. Si al menos la mitad de esos ejemplares que se vendieron son leídos (y estoy seguro de que serán más), los que creemos en el poder redentor de la lectura podemos alimentar algunas de las esquivas esperanzas, hoy golpeadas desde tantos costados.

Estas y aquellas ferias del libro donde el sentido cultural supera al comercial son, sin duda, un privilegio que los cubanos aún disfrutamos y debemos preservar hasta de nuestras propias valoraciones espurias; aunque estas se inscriban en el cambio de prioridades de diversa naturaleza que la vida nos impone hoy.
 

Editado por: Yeni Rodríguez Valdés