¿Los críticos premian y critican? ¿La crítica es rentable?
-I-
Hace pocas semanas, por primera vez en mi carrera literaria, fui convocado por el Instituto Cubano del Libro (ICL) para integrar un jurado que tiene la casi incumplible tarea de elegir, entre todos los libros publicados en el año 2014, los diez que considera más significativos atendiendo a sus valores. Agradezco la invitación, aunque ¡menuda e ingrata tarea la de ser jurado del polémico Premio de la Crítica, siempre en la picota! Me corresponderá entonces votar públicamente, por los diez libros que creo merecen el galardón, tras leer los 115 que preseleccioné de una lista –mucho más amplia– que me enviaron desde el Centro de Promoción Literaria Dulce María Loynaz.
Apoyándome en la referida relación no tuve más remedio que dar un primer corte para quedarme con los libros que no tengo y supongo no puedo obviar. Con el apremio de iniciar a principios de junio un trabajo riguroso que debe concluir en octubre, fue con mano temblorosa que hice la primera poda. El temblor se genera en una inconsistencia que advierto en la nueva metodología de la convocatoria: la necesidad de descartar una buena parte de los libros, sin leerlos, o sin haber leído al menos alguna crítica sobre ellos. Y, que sea el factor “tiempo hábil de lectura” el que lo determine, incrementa mi inseguridad.
Leer 115 títulos con ojo de crítico en tres meses clasifica, indudablemente, como una de las tareas de Hércules. Imaginemos entonces lo que sería leer todos los de la lista. Tal encrucijada me obligó a atenerme en la mayoría de los casos al dudoso criterio de selección que se apoya solo en el currículo de los autores (clásicos y emergentes), o en intuiciones despertadas desde la eufonía, el desenfado, el enigma, la inquietud ante la posible propuesta singular o la originalidad de los títulos que identifican a los volúmenes. Dudoso criterio apriorístico que nos obliga a cortar cabezas sin oír los descargos, a descalificar corredores antes de que lleguen a los bloques de arrancada. La orientación de la crítica es prácticamente nula. Lo noticioso (aliado con pies de barro) ha contribuido poco. Me apresto a rendir entonces, poniendo en juego todas las energías de que dispongo, una tarea que pudiera ser la del inglés.
El Premio de la Crítica existe en Cuba desde 1982, y en varias ocasiones ha sido modificada su metodología atendiendo a los señalamientos que desde aquella época se le han venido haciendo. Uno de los más atinados es el de quienes han dicho que no es un premio que da la Crítica sino el que da un grupo reducido de críticos. Que tampoco los libros premiados son precisamente los que tuvieron “mejor crítica”, pues la mayoría de ellos nunca fueron reseñados –ni reeditados– antes ni después del premio. En cierto momento de la historia del premio se fijó como norma el que solo concursaran los libros que habían recibido atención de los críticos. Ese objetivo fracasó por una característica, al parecer insalvable, de nuestra dinámica literaria: la mayor parte de los libros que se producen en un año salen en apretado pelotón, en fecha muy cercana a la de la realización de la Feria Internacional del Libro (a veces a posteriori), entre febrero y marzo del año siguiente, y entre esa fecha y el otorgamiento del premio hay muy poco tiempo –y muy pocas posibilidades mediáticas– para que brote en torno a sus valores o flaquezas una crítica seria. En otro momento se decidió que solo optaran por el premio los títulos que las editoriales propusieran, con lo cual se reducía notablemente el ángulo valorativo. Ninguna de esas variantes, a mi modo de ver, le confirió mayor credibilidad al premio.
La convocatoria en la cual me involucré, junto a Luisa Campuzano, Denia García Ronda, Reynaldo González, Francisco López Sacha, Norge Espinosa y Atilio Caballero, parte, una vez más, de un rediseño en el cual advierto más virtudes que peligros, aunque estos últimos no han sido conjurados del todo. No obstante arrimo el hombro en espera de que por ese camino el premio progrese en la dirección que realmente necesitamos los escritores cubanos.
Entre las virtudes señalo tres: el que el jurado sea escogido entre los más de cien integrantes del Círculo de la Crítica, por votación de la membresía, detalle que ha hecho posible afirmar que el premio lo otorga ese grupo; el que el voto sea público (se podrá acceder al de cada jurado desde La Letra del Escriba y desde el sitio web del Centro Dulce María Loynaz), lo cual aportará transparencia, y el que de nuevo concursen todos los libros publicados en el año.
Entre los peligros, advierto también tres: como decía párrafos atrás, que no haya suficiente tiempo para que los jurados lean todos los libros, pues pudiera darse el caso –como se ha dado– de un autor que con su primer libro merezca el premio y ni siquiera clasifique en el primer corte ciego; que un grupo tan pequeño represente la opinión de “toda la crítica” es otra de mis inconformidades, a las que sumo una vez más que la casi totalidad de las lecturas del jurado serán lecturas vírgenes, pues, insisto, en nuestros medios apenas ha existido la posibilidad de que los críticos del país se expresen sobre los libros que integran la candidatura. Influye además, con fuerza, un fenómeno cuya responsabilidad recae más en los críticos que en las instituciones: cierta distrofia en el ejercicio crítico cuyo más visible e indeseado fruto consiste en la reticencia de los críticos para incorporar a sus análisis aspectos defectuosos de una obra. Tan escasas son las posibilidades de reseñar que, a lo largo de más de dos décadas, quien tiene la posibilidad de hacerlo, escoge por regla general, como objeto de estudio, aquellos libros que merecen el elogio. Tal estado de pobreza ha generado una especie de confusión entre crítica y promoción, donde también se involucran los intereses de capillas y sectores de la sociedad que, tal cooperativas de producción literaria, insanamente se han fomentado gracias a la indiferencia generalizada de los posibles opinantes.
Este fenómeno de la ausencia de una atmósfera crítica, con orfandad total de análisis sistemáticos en medios de mayor alcance que las revistas especializadas, constituye una de las mayores deformaciones de la dinámica literaria cubana, y a ello se refirieron, en el acto de constitución de nuestro jurado, Zuleica Romay, presidente del ICL, y Leila Leyva, miembro del Círculo de la Crítica. Como opino que se trata de un aspecto que podríamos considerar la más importante piedra angular para que exista la imprescindible atmósfera crítica que debe anteceder a los trabajos para este premio, me sumo a sus inconformidades. Y asumo mi tarea, aunque sea exponiéndome y tratando, quizás patéticamente, de curarme en salud con estas reflexiones.
-II-
La crítica artística y literaria, o simplemente la de las dinámicas culturales, carece de presencia rigurosa en nuestros medios masivos, que dados sus perfiles y exigua presencia –en el caso de la prensa plana– se centran, desde el punto de vista conceptual, en lo noticioso, y solo desde la perspectiva de sus reporteros de plantilla, pues el elemento laboral de asegurarles contenido de trabajo, condiciona ese proceder. En el caso de los medios audiovisuales y virtuales el espacio no es el problema, pues el disponible es mucho más amplio y admitiría esa presencia casi que de manera ilimitada si no existieran otros obstáculos –la mayoría subjetivos– que más adelante trataré de detallar.
No obstante esa última posibilidad de espacio, nuestra vida cultural discurre sin ese elemento imprescindible que es la crítica artística y literaria, o simplemente la de reflexión sobre nuestra vida y nuestros procesos desde una perspectiva cultural aportada por críticos y analistas de nivel que, si fueran presencia masiva, aportarían un enfoque muy útil para que en nuestro país no continúen proliferando actitudes y costumbres de consumo cultural que nos alejan cada vez más de los objetivos formativos por los cuales tanto se ha batallado en el período revolucionario. Las opiniones de los críticos han quedado encajonadas en los medios especializados, de circulación sectorial y nula presencia masiva capaz de fomentar una masa de lectores vírgenes y hacer que las opiniones críticas se incorporen al imaginario simbólico de la nación de manera orgánica, concretando además la función educativa que le corresponde.
No está de más insistir en la importancia de espacios públicos de amplia circulación que hagan posible una crítica más potable y dinámica elaborada por críticos, analistas e intelectuales capaces de encausar sus mensajes, desde el punto de vista comunicativo, en el rumbo que los perfiles de esos espacios –y el público general– demanden. Bien sea a través de la presencia del columnista, o del colaborador, sistemático y asistemático, o de los espacios caracterizados, atendidos por críticos, el rendimiento político y educativo de una crítica cotidiana y creativa expresada por los intelectuales en los medios masivos sería cuantioso.
¿Y por qué no existe esa crítica en nuestros medios hoy? Relaciono los que me parecen mayores obstáculos:
1. Falta de espacios en general en los medios masivos (muy acentuada en la prensa plana) para que se expresen los críticos y analistas del acontecer cultural procedentes del sector intelectual, no del gremio periodístico.
2. Obsolescencia de la Resolución 157/80 que establece bajísimas las tarifas para el pago de las colaboraciones periodísticas, lo cual no estimula el interés de los críticos y analistas.
3. En el caso de la prensa plana, el argumento de que no existe presupuesto para pagar colaboraciones, ni siquiera con las ridículas tarifas de la resolución antes mencionada. Al menos así ocurre en la provincia de Villa Clara, donde desarrollo mi vida literaria y desde donde escribo este análisis.
4. Con la reducciones de la periodicidad y tiradas de los años noventa los medios decidieron concederles el espacio a sus periodistas de plantilla (se trataba de hacinar en cuatro u ocho páginas semanales la plantilla de órganos diarios), pero es nuestra opinión que el argumento siguió operando de manera subjetiva para esquivar las a veces incómodas opiniones de los críticos, pues cuando se abrió la versión digital, de infinitas posibilidades de espacio, este tampoco se le ofreció a los críticos, dado el argumento económico que antes cité.
5. El cierre de los suplementos culturales de los periódicos provinciales, existentes en los años ochenta, con salida mensual y la misma tirada del periódico, hizo que el flujo de ideas y análisis desde la perspectiva de los intelectuales no vinculados laboralmente con los medios se perdiera, y con ello desapareció una cualidad esencial en la plataforma de opinión de la sociedad.
6. El nacimiento de publicaciones especializadas en las provincias –en el caso de mi provincia, la revista Umbral– con una tirada que casi nunca llega a los 1000 ejemplares, no suplió en absoluto la carencia de aquellas otras instancias de opinión, además de que, con la pérdida de la inmediatez (revistas trimestrales) los criterios vertidos en ella quedaron encajonados solo para los lectores especializados, con pérdida casi absoluta del lector general.
Este déficit de opinión procedente de la intelectualidad ha tenido como primera y más prolongada consecuencia –que se acentuará más mientras más prevalezca– la ausencia de debate, la fragmentación sectorial de estratos sociales como el de los escritores y artistas frente al resto de la población, que apenas dispone de un dificultoso acceso a sus opiniones.
Detrás de esa reticencia a acoger en los medios masivos los razonamientos de los intelectuales no pertenecientes al sector periodístico, he sentido de alguna manera y en algunos espacios que subyacen prejuicios políticos sobre la posibilidad de que estos se expresen en el tono y con los enfoques que nuestra sociedad necesita para el progreso del socialismo y la defensa de la revolución.
-III-
Al leer lo objetivos de trabajo del Partido Comunista de Cuba aprobados en la Primera Conferencia Nacional, llamó mi atención el Objetivo Nº 60, que cito textualmente: “Desarrollar la crítica artística y literaria, franca y abierta, con énfasis en las insuficiencias y virtudes de la obra cultural, de manera que contribuya a elevar su calidad, preservar nuestra identidad y respetar las tradiciones”.
El enunciado anterior, sin dejar de ser correcto, a mi modo de ver resulta incompleto, pues le asigna una vez más a la crítica artística y literaria funciones que la dejan, casi que hablando sola, en el terreno de la cultura. Quedan sumergidas sus utilidades para otras esferas de la sociedad. Las sutilezas del lenguaje, unidas a las prioridades semánticas que concede la praxis, hacen que los términos “identidad” y “tradiciones” descarguen su esencia conceptual, con mayor fuerza que todo, en los referentes culturales, y colateralmente en los políticos, nunca en la esfera práctica de la sociedad, tan ponderada, y priorizada en los últimos tiempos, al extremo de que en su nombre se han producido notables reducciones, de consecuencias no calculadas e imposibles de cuantificar, en los presupuestos destinados a afianzar esa identidad y esas tradiciones que se dice es necesario preservar.
Un sentido integral de la sociedad a la que hemos aspirado durante más de cincuenta años obliga a ver la existencia de un clima cultural como portador de riqueza suficiente para contribuir al progreso en todas sus magnitudes, incluida la económica, pues es conocido que una y otra esfera son complementarias; es cierto que sin economía no puede sobrevivir la cultura, pero en sentido inverso también tiene validez la afirmación: sin cultura, aun con una economía floreciente, nos transformaríamos, sin lugar a dudas, en una grosera sociedad de consumidores. Cultura y economía no son antagónicas, y así está inscrito en los principales documentos rectores de lo que llaman “actualización del modelo económico”. Pero el enunciado solo no conduce al resultado; si la labor del crítico de arte y literatura (solo un elemento más, pero importante) fuera solo la de orientar al lector hacia un ideario que realice sus paradigmas desde la perfección estética, ya eso bastaría para que desde mucho antes de lanzarnos en pos de los panes y los peces en carrera tal vez desenfrenada, las posibilidades de estos interlocutores sociales se hubieran ampliado. Pero la labor del crítico va muchos más allá de esa orientación, razón de más para que le pongamos coto a esas restricciones. El viaje de la espiritualidad a lo fáctico es siempre un viaje con cuantiosas pérdidas, y en ese proceso estamos, casi con entusiasmo, estrenando un grueso lenguaje gerencial que nos desaparece. Ojalá la caída en picada que se aprecia en las cifras que recientemente consulté en el sitio de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE) en lo tocante a la cultura, haya tocado fondo ya. Pero en este momento, no veo las prioridades marchar en ese sentido1.
Por el momento, me corresponde concentrarme en el análisis de los tantos libros que debo leer para emitir una votación justa en el Premio de la Crítica. De esa forma –y ojalá pudiera de otras formas también– aspiro a contribuir, en la medida de mi mejor esfuerzo, a la dignificación del oficio del crítico y al prestigio del que debemos ver, como el más importante premio concedido a un escritor cubano, después del Nacional de Literatura.
Notas:
1Al respecto recomiendo acudir a mi artículo “¡Qué bueno que no!”, publicado en esta columna de Cubaliteraria, el 14 de mayo de 2015. En él dejo constancia de algunas de las más notables reducciones en lo tocante al libro y la literatura.
Editado por: Yeni Rodríguez Valdés