Humo de barco azul
(Caibarién, años 70)
Mi fuerte guitarra erguida de alegría
arrancándole el gris a las montañas
untándolas de olivo para la fiesta grande
Antonio Hernández Pérez
“Humo de barco azul”
Cuando en 1975 –hace cuarenta años– hice públicas por primera vez mis letras en un taller literario, pensaba con deplorables petulancia y soberbia que al amparo de aquella metodología no aprendería mucho más de lo que ya había aprendido en mis copiosas jornadas de lectura en solitario. Cuán equivocado estaba, reconozco hoy.
El taller literario adonde llegué con ínfulas de genio era el “José García del Barco”, de Camajuaní; allí me recibieron personas que, no solo en la literatura, se encargarían de bajarme los humos. La división político-administrativa era aún la de las seis provincias y existían entidades político-administrativas llamadas regiones. Camajuaní pertenecía a la regional Caibarién (provincia de Las Villas), igual que Remedios, Zulueta, Yaguajay, Mayajigua, Vueltas, Buenavista y el pueblo que le daba nombre a la misma. Eran frecuentes los encuentros que llamaban “de escritores” y que en realidad eran jornadas donde los aficionados a la literatura residentes en aquellos territorios intercambiábamos opiniones críticas sobre nuestros textos. Vivíamos la juventud de los talleres literarios (fundados en 1967) y aquellas instancias que en los territorios del interior comenzaron a darle posibilidades de presencia pública a los debutantes que éramos, tienen, en nuestro devenir histórico regional, un peso específico mayor que el que tuvieron en la capital del país, donde operaron como instituciones complementarias. Caibarién, en atención a los resultados cuantificables que marcan las siempre escabrosas estadísticas, podría constituir una plataforma modélica para estudiar una elocuente experiencia regional en una época de notables singularidades. Ignoraba yo la fuerza del movimiento literario nucleado en aquel espacio geográfico que apenas al año siguiente disolvería su identidad administrativa en una nueva división sin regiones.
En la regional Caibarién, Antonio Hernández Pérez (1909-1975), quien en 1969, 1973 y 1974 obtuvo menciones en poesía en el premio 26 de julio, y en 1970, el premio UNEAC con el libro De pronto sales con tu voz. En ese corto período su nombre fue constante en la lista de premiados, pues en 1973 alcanzó mención en La Edad de Oro con el libro En enero, la flor, además de ganar mención propio año en Casa de las Américas con Entre la muerte, lunas rojas, y finalmente, en 1975, año de su muerte, una vez más en el 26 de julio con el decimario Palo verde.
Era Antonio una especie de figura tutelar para quienes nos iniciábamos, pues había pertenecido a aquel activo grupo de poetas y escritores que en los años cuarenta y cincuenta, enmarcaron su quehacer en torno a la casi desconocida revista Archipiélago, de Quirino Hernández. Estaba integrado el curioso grupo además de por Antonio Hernández Pérez, por: Carlos Galindo Lena, Francisco de Oráa, Sergio Hernández Rivera y Raúl Ferrer, entre otros, quienes pese a lo hostil del medio, apostaron por la creación literaria, a la cual entregarían buena parte de sus mejores fuerzas.
Recordemos que cuando hablo de los años de mi iniciación, me refiero a los setenta, un momento en que aún no se había completado la red institucional que posteriormente haría posible el lanzamiento de la literatura de la provincia hacia los espacios nacionales e internacionales de promoción. No existía el Comité Provincial de la UNEAC, y los jóvenes que éramos entonces veíamos en la Brigada “Hermanos Saíz” el escalón cualitativo posterior al taller literario. Dicha brigada se había constituido en 1973 y poco a poco fue nucleando a aquellos jóvenes que empezaban a destacarse con algunos de los muy exigentes y contados premios que caracterizaban nuestra vida literaria. Ya en los ochenta la Brigada fundó la revista Contacto, pero antes de eso el grupo de Caibarién sostuvo una revista mimeografiada con el nombre de Con la mies en parvas. Tampoco existían las editoriales Capiro y Sed de Belleza, pero en Camajuaní, en la imprenta municipal, se hacían en monotipia folletos. En el último encuentro debate nacional de talleres literarios donde se compitió por la vieja división político-administrativa –efectuado en 1975 en Jibacoa poblado del Escambray villareño– los escritores de la región Caibarién obtuvieron varios premios: Emilio Comas Paret ganó el de Cuento, Virgilio Hernández López el de teatro para niños, Miguel Martín Farto el de cuento para niños, Oscar Gómez Calderón uno de los otorgados en décima, y Fidel Galván una mención en poesía. Algunos de esos nombres ya empezaban a aparecer también entre los premiados en los concursos literarios nacionales de primera línea.
La gran cosecha, después del premio UNEAC de Antonio Hernández Pérez en 1970, comenzó cuando en 1971 René Batista Moreno, de Camajuaní, ganó el premio UNEAC de poesía con el libro Componiendo un paisaje. En 1973 Fidel Galván, de Remedios, obtiene mención en La Edad de Oro, y ese mismo año José Lamadrid Vega alcanza similar galardón en el concurso de literatura policiaca Aniversario de la Revolución. En 1974 a Emilio Comas Paret le otorgan mención en poesía en el Premio David y en 1975 Omar Rodríguez alcanza el premio en el 26 de julio con Una aventura terminada en fiesta mientras Hilda de Oráa, con ¿Adónde van? obtiene primera la mención. En esos años otros creadores obtienen galardones en premios nacionales que no convocaban con libros sino con textos aislados, que entonces eran frecuentes y tenían cierto peso en la vida literaria de la época. Y debemos sumarles, a todas esas realizaciones, las arriba enumeradas correspondientes a Antonio Hernández Pérez. La reciente revisión de muchos de esos textos me devuelven la tranquilidad de nos basarme solo en estadísticas para celebrar aquella apoteosis.
Este breve y algo caótico panorama que he hecho establece, a contrapelo, una gentil impugnación polémica a la tesis central de que en esa década, llamada Quinquenio gris, todo fue de ese color o de otro más apagado y cruel. Sin que pretenda desmontar la muy cuidada argumentación sobre los errores de política cultural que en aquel período instauraron el reinado de la mediocridad y la arbitrariedad, me interesa dejar constancia de que en nuestros territorios prácticamente vírgenes y desfasados de la dinámica literaria capitalina, la apertura de espacios institucionales y la voluntad inclusiva de las directrices promotoras hicieron posible el surgimiento de una buena parte de las figuras que, desde estos territorios luego alcanzarían legítima notoriedad. Ese es el pelo que pudimos arrancar de aquel lobo. Y si fijé con atención mi mirada en el espacio específico de la región Caibarién es porque, además de ser el de mi iniciación, en la praxis de sus instituciones y el empuje de sus creadores se concretaron realizaciones significativas derivadas de la parte no enrarecida de una política cultural que siempre aspiró a la expansión y la democratización de las oportunidades.
Hoy, modestamente, me interesa impedir que se siga sumergiendo en el olvido culposo de un devenir rasante lo que en su momento representó una experiencia sociocultural avanzada que irradió hacia la actualidad sus luces.
Editado por: Yeni Rodríguez Valdés.