Un libro de poemas para "iniciados"
Quien se acerque al poemario Tratado del no, de Ernesto García Alfonso, buscando una poesía de fácil comunicación y accesible a un lector no muy culto, quedará decepcionado. Este volumen, publicado por la Editorial Letras Cubanas y con el que su autor obtuviera el Premio Pinos Nuevos en 2012, es un libro para “iniciados”.
Creo que Ernesto García Alfonso lo sabe. De ahí la referencia en el título a un tipo de teatro japonés tradicionalmente destinado a la aristocracia, a diferencia del kabuki, que clasificaría como más popular. Y como el “no” de los japoneses, la poesía de este autor tiene un lenguaje muy elaborado y se inserta en el principio de encontrar la belleza en lo sutil y lo formal, valiéndose para ello de una serie de referentes que comprenden la literatura, la pintura y hasta la filosofía del mundo occidental.
Sin embargo, la elegancia y la novedad de la propuesta otorgan al cuaderno una extraña fascinación siempre, repito, que el lector esté preparado para descifrar las claves de una cosmovisión un tanto fatalista, a veces de resonancias existenciales, otras provenientes de esa “obscura cabeza negadora” a la que se refería Lezama para definir a Julián del Casal. Por cierto que este último poeta mencionado, acusado por sus contemporáneos de extranjerizante, pudiera tener imperceptibles vasos de comunicación con García Alfonso en su afán de sumergirse en la realidad que lo circunda con un lenguaje poco o nada relacionado con el canon nacional.
Como dice Antonio Armenteros en su prólogo esclarecedor, para este escritor “la mayoría de su goce intelectual y estético consiste en reflejar más que el centro, los bordes, o sea: se pierde un centro para obtener los bordes”. Tal y como sucede en los escenarios japoneses del “no”. Según nos asegura el autor de Tratado del no, “el conocimiento es un descarte que se ha resistido a la gravitación”. Es decir que toda la intertextualidad desplegada por el poeta adquiere una dimensión espacial y se rige por una vocación de ir a contracorriente, otorgando una superioridad a ese desprendimiento de la tradición que lo lleva a sitios muy alejados de lo que se ha dado en llamar realismo o realidad.
García Alfonso cree que “el arte ha perdido mucho de la magia de la espontánea diversidad” y es por ello, tal vez, que prefiere desmarcarse y asumir las máscaras de un actor ante un proscenio, sin importar las reacciones del público al que no parece tener en cuenta en su afán de bailar en solitario. ¿Es legítima esta renuncia a llegar a una mayoría de receptores? Ya he dicho en otras partes que una de las causas de que la poesía no se lea tanto como en la época del conversacionalismo y la claridad en sus expresiones más diáfanas es, entre otras, que el lector se acostumbró a un lenguaje de previsibles interpretaciones y sensaciones emotivas al que muchos de los poetas más recientes han renunciado.
La falta de preparación por parte del sistema de enseñanza y el desconocimiento de la evolución de la poesía universal sería otro de los factores que hacen que un libro como este resulte de difícil comprensión para un público promedio. Pero ni el autor ni sus destinatarios deben renunciar a una manera de decir que puede cambiar nuestra mirada y ampliar nuestros horizontes intelectuales en la búsqueda y el descubrimiento de otros ángulos del entorno. Y es por ello que el libro de García Alfonso ofrece múltiples posibilidades en este sentido.
Para volver al prólogo de Armenteros se puede afirmar que en estos poemas: “nos alejamos con celeridad de los términos medios, veremos una suma de impulsos, tensiones hasta encontrar el árbol invertido que se cultiva en la certeza de crear islas de resistencia, reacciones e interpretaciones de anteriores lecturas”.
Particularmente significativa me resultó la sección titulada “Variante negra de willendorf” en la que se dinamitan todos los lugares comunes de la relación amorosa. El poeta llega a afirmar que “el amor es muy superficial” y se contenta con reflexionar acerca de los encuentros con el objeto (¿deseado?) asumiendo que una mujer lo es solo ”cuando está en constante transición, cuando se pierde la feminidad”. Así prefiere a una desconocida o confiesa que su mayor distracción es “sentirme bien y después sentirme mal”, significando de este modo la fugacidad o hasta la falta de sentido del encuentro entre dos cuerpos que nunca llegan a comunicarse.
Si en todo el libro se advierte un excelente poder de síntesis que hace de los textos estructuras muy intensas y concentradas, en la recta final el autor condensa todavía más su verbalización para construir una suerte de haikus que, sin embargo, se apartan también de los tradicionales por acudir más a manifestaciones provenientes del cerebro que de la emotiva descripción sugerente a las que nos tiene acostumbrada esta estrofa. En definitiva que nos encontramos en presencia de un volumen novedoso, sui géneris y de difícil asimilación, pero que no deja de ser un producto muy bien elaborado, con sólidas preocupaciones acerca del acto mismo del pensamiento y sus innumerables variaciones. Tal parece que el autor rechazara toda emotividad para concentrarse en lo puramente intelectual, si es que ello fuera posible.
Tratado del no es un libro susceptible de ser interpretado de muchos modos. Antonio Armenteros en su prólogo señala que lleva el signo de la incomunicación. Yo diría que se trata de otra manera de comunicar, solo para quienes buscan no un estremecimiento sentimental sino conceptual. Porque pletórica de conceptos es esta poesía a veces inescrutable pero decididamente interesante.
Editado por: Yeni Rodríguez Valdés.