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Cuba entre cómicos

Luis Álvarez, 09 de septiembre de 2015

Acaba de aparecer un libro de particular interés a cargo de Manuel Villabella y Rosa Ileana Boudet. Cuba entre cómicos1 recorre la historia del teatro cubano en el siglo XIX, pero lo hace de una manera peculiar: el interés de ambos investigadores se centra en los actores y no en las obras ni en las instituciones teatrales en sí, que devienen contexto necesario, pero nunca centro exclusivo de la atención.

Se trata de una perspectiva innovadora, pero, ante todo, sumamente necesaria. Rine Leal desbrozó el primer camino hacia una historia orgánica del teatro nacional y obligadamente debió dedicarte atención particular a los dramaturgos y sus obras, aunque dejó atisbos de indudable interés sobre otros componentes. Quedaba pendiente una valoración de los actores que hicieron posible el desarrollo teatral insular: esta es la tarea ingente que emprenden Villabela y Boudet, quienes se engolfan en una revisión bibliográfica milimétrica para trazar el recorrido vital y creador de los actores y empresarios que fundaron el teatro nacional. Trozos de información, girones de noticias son convertidos en crónica viviente de ese difícil pasado:

Desde ¿1774? existe una compañía de cómicos de veintiún integrantes. Tiene un reglamento. Su estructura ofrece algunas variantes a la típica del XVIII, generalmente de veinticinco, y cuenta con responsables de funciones técnicas como la tramoya o la música. Gembero Ustárroz ha hallado documentación probatoria de que también tenía un maestro de música, encargado de adiestrar cómicos, ya que “contribuye mucho a tener gustoso al público y llamar la gente al Coliseo”.

La compañía posee un autor, un primer galán, dos segundos y dos terceros, un gracioso, un barba, un vejete, un sobresaliente, dos criados, dos apuntadores, una primera dama, una graciosa, dos segundas, dos terceras y el “derrotero”.

Peculiar motivación presenta el perfil del actor Santiago Candamo dibujado por Manuel Villabella. Interesante en sí mismo, por su personalidad escénica; sin embargo, lo que más atrae en el cuidadoso retrato de este actor es la perceptible tipicidad de su peripecia profesional en tanto cómico de la legua. Por otra parte, su estudio aporta un atractivo teatrológico adicional: se trata de estudiar una figura de larga permanencia en una de las ciudades del interior del país, Puerto Príncipe, cuya vida teatral ha sido detalladamente estudiada por Villabella:

Pensamos que Candamo tuvo una buena acogida [en Puerto Príncipe] y que también algunos vecinos prominentes de Puerto Príncipe estaban deseosos de que la villa exhibiera con orgullo su edifico para teatro […]. Los progresos que mostraba el Príncipe, entre ellos, el primero en lograr cementerios en la isla, poseer una imprenta y editar un periódico, El Espejo, entre otros “adelantos”, animaron a Candamo a elevar al Cabildo, el 11 de mayo, petición para que se le conceda permiso para el establecimiento de un Coliseo. La propuesta fue acogida con beneplácito por los componentes de esa junta. 

El trayecto profesional de Candamo no solo nos revela la importancia del actor y promotor teatral: es también testimonio cabal de la vida cultural criolla. Proyectos, afanes de construcción de edificios teatrales, polémicas: todo se agolpa en las páginas de este libro, apoyado en una catarata de referencias bibliográficas y documentales. Es una sociedad que resucita ante nuestros ojos. Es de gran valor que no se circunscriba este estudio a La Habana. Muy al contrario, Puerto Príncipe, Trinidad, Santiago de Cuba ocupan su espacio en esta verdadera historia nacional de los actores en las primeras décadas del s. XIX. Al mismo tiempo, se revelan oscuros vasos comunicantes que establecieron relaciones modestísimas entre el teatro y el popularísimo carnaval cubano. Villabella apunta:

En Puerto Príncipe vivía Joaquín González, que en sus brillantes años habaneros,fue coreógrafo y bailarín y luego incorporó el canto. Residía en la calle San Ramón (Enrique José Varona) en un angosto local muy próximo al teatro “El Fénix”. En el mes de junio, cuando los principeños celebraban el San Juan (carnaval camagüeyano), González alquilaba disfraces que seguramente provenían de su guardarropía teatral.2

Resultan fascinantes las referencias diversas al repertorio, que mezclaba tanto obras solo de valor comercial o de entretenimiento, con piezas de mayor envergadura, como El desdén con el desdén, de Moreto, o A Madrid me vuelvo, de Bretón de los Herreros. Del mismo modo, el ensayo va siendo jalonado por alusiones a maquinistas, pintores, guardarropistas: es todo el universo teatral de la época el que cobra vida. Resulta reveladora una noticia como la siguiente: “No se puede omitir que Candamo entrena en Puerto Rico, el 24 de octubre de 1825, El príncipe jardinero y fingido Cloridano, de Santiago Pita, nuestro primigenio teatral”.3 Ello significa que la obra aún vivía en la segunda década del XIX, casi un siglo después de su publicación. El examen de la vida teatral de Candamo urga en las más variadas facetas: sus vínculos con la música popular (las famosas tonadillas), sus polémicas con otros actores, sus luchar por lograr una estabilidad del arte dramático en la Isla, lo cual empezaba por la consolidación arquitectónica de los espacios escénicos. Pero también el libro tiene en cuenta el tránsito del gusto por el teatro a la fascinación por la ópera, que habría de llenar los escenarios cubanos hasta el estallido de la Guerra de los Diez Años: “La predilección del público capitalino por el género dramático se esfuma paulatinamente. Desde los años treinta, con el arribo de compañías líricas francesas a La Habana, el gusto por la ópera va opacando los repertorios de cómicos, tragedias, comedias, sainetes y tonadillas”.4

De semejante interés es la revisión de la vida profesional de otro español aplatanado, Andrés Prieto, quien en España había publicado una Teoría del arte dramático, lo cual evidencia que no se trataba de un actor espontáneo y sin formación ni pensamiento. Prieto trae a Cuba actores de determinado nivel, y contribuye fuertemente a elevar la calidad del arte escénico en la Isla.

Boudet, por su parte, emprende un estudio de Covarrubias, de lo más minucioso y ahondador. Hay que agradecer particularmente el énfasis de la investigadora en la relevancia de la tonadilla para el primer desarrollo del teatro cubano. En un momento determinado se apunta una cuestión de gran relevancia cultural: “España devuelve en su música la versión de los negros, festiva y caricaturizada como se cree fue el diálogo de negritos entre Covarrubias y Prieto”.5 Y más adelante se perfila esta idea en una afirmación de gran peso: “No es difícil establecer que las primeras imágenes de los negros que influyen a Covarrubias provienen de las tonadillas”.6 El proceso transculturador culmina:

El negrillo se transforma en negrito y la música traída de España se fusiona con la original de la isla. Cuando Alfredo Zayas precisa el origen de la palabra “guaracha”, cita la función de una compañía española, a beneficio de Covarrubias, en el Tacón, el 3 de agosto de 1840, en la cual María de Jesús Pérez y Tomás Villanueva, especializados en el zapateo de Cádiz y la cachucha gaditana, bailaron “las graciosas boleras de la guaracha” y el día 6 “las boleras y el jaleo de la guaracha”. Bachiller y Morales afirmó que nuestra veta cómica se basaba en la “sociedad europea a que estamos acostumbrados” ya que “pocas veces se ha introducido un negro en la escena sin alcanzar ningún silvo [sic], no obstante que Lope de Rueda no haya dejado de hacerlo en su arte”. Covarrubias, nunca silbado, sino seguido y admirado, no interpretó “negritos”, sino el singular gracioso, al parecer desafinado, pero ocurrente y oportuno.7

La vertiente teatral de Heredia, los avatares de la compañía de Alarcos, todo es examinado, ordenado y puesto en función de una visión panorámica. En este sentido, se trata de un libro que proporciona un muy respetable caudal de información, sobre el teatro y sobre su lugar en la cultura criolla de la época. Boudet expresa en el epílogo del libro una cuestión por completo reveladora:

De ahí mi entusiasmo por los cuatro boletos de entrada al Coliseo de La Habana, atesorados en el Archivo de Indias de Sevilla y publicaos en la portada de este libro. Datan del 28 de noviembre de 1810, tres años antes de los anuncios de Candamo. Han sobrevivido porque su poseedor, un soldado, trató de revenderlos para su lucro. Por ser soldado y “tener dudas sobre los mismos”, se le hizo un expediente. Cualquiera ajeno a la historia del Coliseo admiraría su caligrafía y su buen estado de conservación. Estampados y numerados, son como signos abstractos dibujados por un artesano y conjeturo deben consignar los asientos. Pero para el amante del teatro son algo más. Refractan el esplendor del hecho teatral ya que si su propietario pretendió especular con la reventa había un público entusiasmado por entrar. El 7 de enero de 1812 no ha variado demasiado la situación con los volatines ya que un lector narra al Diario de La Habana que observaba en la puerta de entrada “una multitud de personas, que entran sin papeleta y sin dar dinero”.8

Cuba entre cómicos no es, como he buscado subrayar, tan solo una historia de actores. Al situarlos en su contextos, al examinar las peculiaridades de sus recorridos profesionales, el modo en que eran acogidos o no, el vínculo de su labor artística con la realidad nacional, este ensayo se convierte en una pieza más —y en este caso invaluable— para el ahondamiento gradual en la todavía no concluida historia de Cuba en el siglo XIX. Villabella y Boudet rescatan para el lector contemporáneo un sector vital para el conocimiento de la sociedad colonial. Los cómicos del siglo, ubicados en las calles de la Cuba decimonónica, en sus hábitos, su mentalidad y sus terribles conflictos, insuflan nueva sangre y densidad a la imagen de la patria ancestral. Tanto como el valiosísimo aporte a los estudios teatrológicos de la época, importa la amplia contribución de los autores para iluminar el rostro imprescindible de la Isla en el siglo en que se condensó, para todos los tiempos, su atormentado perfil como nación.

 

1 Manuel Villabella y Rosa Ileana Boudet: Cuba entre cómicos, Ediciones de la Flecha, Santa Mónica, California, 2015.

2 Ibíd., p. 79.

3 Ibíd., p. 69.

4 Ibíd., p. 77.

5 Ibíd., p. 123.

6 Ibíd., p. 123.

7 Ibíd., pp. 124-125.

8 Ibíd., p. 187.

Editado por: Maytée García