Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 7 de diciembre de 2019; 4:07 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 99 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

En cierta ocasión...

Emilio Comas Paret, 16 de septiembre de 2015

El título de este trabajo me hace recordar un personaje del programa Aventuras de la TV cubana, cuando yo todavía jugaba bolas y bailaba trompos. Era Jano Momo, interpretado genialmente por Severino Puente, algo así como un reflexivo sabio árabe, que hablaba usando parábolas como Cristo. Habría que decir que este personaje, que empezó teniendo un carácter secundario en el televisivo, se convirtió en protagónico por el afán del público.

Y como Jano Momo siempre comenzaba sus acertadas historias con la frase “En cierta ocasión…” ahora se me ocurre iniciar con esa misma frase estas dos historias.

En cierta ocasión, cuando tenía un poderoso Mosckvich color amarillo pollito, en mi centro de trabajo se dio un fiesta por no sé que onomástico, no recuerdo si muerte o nacimiento, porque para nosotros los cubanos, cualquier cuestión se nos hace buena para organizar una fiesta. El caso es que desde que tengo más o menos 17 años, me hice amigo de Baco, aunque no esclavo, pero cuando tengo la oportunidad de “fajarme con la candela”, me fajo. Y esa noche los elíxires etílicos andaban corriendo profusamente por las salas donde se desarrollaba la fiesta, y bebí con profusión. Al finalizar la “actividad”, como buen caballero y compañero, puse el Mosckvich a disposición de las féminas, a quienes acerqué a su casa, porque ya eran altas las horas de la noche. Nunca sabré cuántos viajes di, se que cuando venía de vuelta del último viaje  a recoger a un socio que vivía en mi barrio, al Mosckvich le dio la perreta y no quiso andar más. Nunca he sabido nada de mecánica, además, no me interesa, y para colmo no me gusta embarrarme de grasa. No obstante arrimé el auto a una acera, levanté el capó y traté de trastear algo para ver si como el burro, tocaba la flauta por casualidad. Y cuando bajé la cabeza, los vapores etílicos subieron al cerebro, y sufrí un vahído tal que hube de aguantarme para no caer. Por desgracia no me había percatado que frente a mi y al amparo de la oscuridad, estaba una patulla de Tránsito, cuyos tripulantes, al verme trastrabillar, se acercaron. Uno de ellos me dijo circunspecto: Compañero, usted está manejando borracho. Y yo le contesté: Yo no estoy manejando borracho, yo estoy “mecaniqueando” borracho, que no es lo mismo, y a nadie se lo han llevado preso por “mecaniquear” borracho.

¡Vete al carajo!, fue lo último que oí cuando se alejaba la patrulla.

Pero hay otra historia también con la Patrulla de Tránsito, y en la que, por supuesto, estuvo implicado Baco.

En cierta ocasión se celebraba no sé qué premiación de algún concurso literario, del cual era jurado. Fue la presentación, la lectura del acta, le entrega de diplomas, la actividad musical, y luego, ya con dos tragos entre pecho y espalda, nos fuimos al Pico Blanco, que entonces era el Rincón de Feeling de verdad, y te encontrabas noche a noche con César Portillo de la Luz y con José Antonio Méndez, el King. Era la gloria, y con veinte pesos CUP hacíamos la noche.

El jolgorio estaba en su punto cuando se me acerca una hermosa mujer con un kimono japonés, una geisha, dije para mis adentros, y sonreí a su llegada. Aquello fue un “ligue”, nada “a primera vista”, ya habían ocurrido otros escarceos, pero en verdad con un solo objetivo: divertirnos y ser felices, porque éramos muy jóvenes y nos lo merecíamos.

La noche transcurrió feliz de bailes y besos furtivos, carantoñas y quereres propios de la alta noche, y al finalizar, resulta que mi japonesa furtiva vivía cerca, en mi barrio, y no lo sabía, Pero ahí estaba mi poderoso Mosckvich para apoyar el movimiento por toda la Verona habanera.

Arrancamos uno cerca del otro, yo en el mastelero, guiando la “viatura” y hablando de nuestras cosas lindas y felices, y en eso se paró el Mosckvich, y se paró nada menos que en el puente que hay cuando la calle G se acaba, y no está todavía la Avenida Boyeros, en un paso de nivel que queda frente al mismo Comité Central del Partido,

Cuando el aparato se detuvo ni me bajé, había aprendido del otro espectáculo. Me recosté al asiento y empecé a besar a mi geisha como si estuviéramos en el Castillo del Morro, que entonces no tenía la afluencia de turistas de hoy, y era algo triste, solitario, olvidado, pero no para nosotros, que hacíamos malabares entre sus añejas construcciones, En eso andares andaba cuando veo que se parquea junto a nosotros un auto patrulla de Tránsito. Un oficial se baja, y muy circunspecto, como siempre son ellos, me dice: Compañero, usted no puede estar parqueado aquí, tiene que seguir avanzando,

Y le digo: No puedo, porque no tengo gasolina.
Y me dice; Pues le mando la grúa.
Y muy festinado y estimulado le digo: ¡Qué venga la grúa!

Y sigo con mis besos y caricias.

A los diez minutos vuelve otra vez el hombre, digo, el patrullero, y me dice:
¿Tiene usted una manguera y un cubo?
Y le digo: No tengo nada de eso, y no puedo aspirar gasolina porque soy asmático.

El policía, realmente más sorprendido que enfadado, me dice: Compadre, usted es único.

Siempre he pensado que tendría que decirle que yo era un escritor de la UNEAC, pero a veces pienso que fue mejor no hacerlo.

Al final, el guardia sacó gasolina de la perseguidora, se agenció una manguera y me la echó en el Mosckvich, que suspiraba adormilado.

Arranqué el tareco, y mientras le daba un beso a mi geisha oí a lo lejos: ¡Vete al carajo!