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Eliseo Diego: el tiempo, todo el tiempo

Marilyn Bobes, 28 de octubre de 2015

Este año Eliseo Diego habría cumplido noventa y cinco años. Me cuesta trabajo imaginarlo frente al paso del tiempo, categoría que nos dejó en herencia y que fue la obsesión fundamental de sus poemas, tan valorados por la generación de poetas de la que formo parte y tan poco frecuentado por los escritores más jóvenes.   

Considerado por García Márquez como uno de los más grandes poetas de la lengua hispana, Eliseo Diego no ha sido lo suficientemente reconocido después de su muerte, ocurrida en Ciudad de México en 1994, unos meses después de que le fuera otorgado el Premio Latinoamericano Juan Rulfo, uno de los más prestigiosos de nuestro continente, por su obra monumental.       

Fundamentalmente poeta, Eliseo fue además un singular prosista y un espléndido traductor. Es quizás la poesía inglesa la que más influyó en su modo de expresión sobrio y elegante y donde los silencios y la limpieza expositiva no son superados, en mi opinión, por ningún otro de los poetas cubanos que le precedieron y que le suceden.   

Y es que Eliseo no tiene epígonos porque resulta difícil imitar a quien llevó la expresión poética al sumum de la armonía prodigiosa entre la forma y el contenido. Cada uno de sus libros es un manual de perfección en el que resulta inútil buscar una palabra que sobre o una que falte.     

La fugacidad de nuestras vidas y la pérdida de esa inocencia que fue la infancia están presentes en toda su obra, en ese insuperable “Testamento” en el que nos legó lo más preciado que tenía y tenemos: “el tiempo, todo el tiempo”.      

A Eliseo Diego debo mi relativo conocimiento de la poesía de lengua inglesa. Él dominaba ese idioma tanto como el español y puso en mis manos libros que todavía conservo como la poesía de Edna Sant Vincent Milay, la de Edith Sitwell y la de Walter de La Mare.  

En Aquí he vivido, un cuadernillo singular compilado por su hija Josefina Diego y publicado en Ediciones Especiales del Instituto Cubano del Libro en 2000, podemos disfrutar de las traducciones al inglés de sus propios poemas hechas por el autor de En la Calzada de Jesús del Monte.   

Quien conozca el inglés disfrutará de la falta de literalidad de estas versiones, porque para Eliseo la misión del traductor era conservar el aroma, el sentimiento primigenio del autor, aun cuando ello significara alguna infidelidad al texto original.       

Como expresara Aramís Quintero en su prólogo a las Prosas Escogidas de Diego, escribiendo sobre otros, siempre afines a él, este autor continuó haciendo su propia obra y estableciendo entre esos textos y su propia ficción una continuidad admirable.      

Su hija Josefina realiza en estos momentos la minuciosa labor de escarbar en la biblioteca de su padre. Y este trabajo que pudiera parecer una curiosidad creo que nos arrojará mucha luz sobre la esencia de la obra de quien entendió la intertextualidad de un modo muy diferente al de los posmodernos.    

Hablar de influencias en la obra de este autor resultaría ocioso. Yo preferiría utilizar la palabra asimilación. Una asimilación que, por cierto, dio lugar a una de las poéticas más personales de toda la historia de la literatura cubana.    

Me pregunto por qué esta poesía sutil, delicada, profunda, que nos ofrece una visión ligeramente metafísica de la realidad y absolutamente seductora no goza de la preferencia de los más jóvenes que hallan en otros poetas como Lezama Lima, por ejemplo, un referente más cercano.    

Eliseo Diego nos legó una obra magistral, y si de magisterio se trata nadie mejor que él para enseñarnos que “un poema es una conversación en la penumbra” y no un alarido irreverente al que falta la misteriosa cualidad de una materia donde mientras menos se dice más se sugiere y alcanza.  

Todavía me parece escuchar su voz, casi un susurro en el que se conjugaban la ternura y la humildad de quien no se siente más que un mortal pasajero de la vida que dejó su huella en la escritura para prevenirnos de lo efímero de nuestro paso por la Tierra.  

Llevo a Eliseo Diego en mi memoria y me siento privilegiada de haberlo conocido, de haber seguido sus consejos y, sobre todo, de haberlo leido y releido como a uno de los grandes autores de la poesía no solo cubana ni hispanoamericana sino universal.     

Estas líneas, además de un homenaje personal, tienen la intención de alentar a su vuelta a nuestro canon. Porque tarde o temprano la obra de Eliseo Diego tendrá que ser considerada como una de las más importantes de la historia de la literatura cubana.     

Ahora que cumpliría  noventa y cinco años no está de más recordarlo y venerarlo como un padre que nos legó este tiempo, todo el tiempo en el que permanece y permanecerá como el inmortal que es.