María Inés Zaldívar en Santiago de Chile
Cuando conocí a Mané Zaldívar en Santiago de Chile no sabía yo que estaba en presencia de una señora poeta. La Fundación Pablo Neruda me había invitado en 2012 como miembro del Jurado Internacional del Premio de Poesía, que lleva ese nombre excelso del gran poeta chileno, y como parte de las actividades paralelas, tres de los cinco jurados fuimos invitados a ofrecer un recital en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tuvimos una gratísima recepción por parte del eminente decano, dr. José Luis Samaniego Aldazábal, también académico de la Academia Chilena de la Lengua, y pasamos al Teatro, donde nos esperaban estudiantes y profesores.
Al final de nuestras lecturas, los tres invitados (una joven argentina y un ex profesor de la misma Universidad, de origen inglés) desarrollamos un diálogo con la audiencia y, casi al final, una profesora me preguntó acerca del desarrollo de la poesía cubana coetánea. Era Mané. Al concluir, tuvimos un gracioso refrigerio con el propio decano, quien me pidió que me fuese un momento a la oficina de la profesora Zaldívar, a la sazón jefa de Cátedra de Literatura. Ella indagó un poco sobre mi currículo, pero advertí que ya conocía lo que se publica en internet, y mostró interés porque yo ofreciera al menos dos cursos en su Facultad. Traía yo el crédito de haber trabajado un año en universidades francesas, especialmente en la de Rouen, y una activa labor de conferencias en centros universitarios europeos y americanos, además de mi labor académica cubana.
En verdad, creí que se trataba de un asunto de extrema cortesía, de expresión de simpatía. Mané me obsequió dos libros de poemas suyos, yo no pude reciprocarla pues apenas tenía el ejemplar con que al día siguiente leería en la Asociación de Escritores, y el diálogo se interrumpió de pronto con la entrada a la oficina de uno de los amigos, también jurado.
No sabía yo que se sellaba una amistad. Al año siguiente estaba ya ofreciendo cursos en la Universidad, en su sede de San Joaquín, ante dos grupos de estudiantes cuya calidez e interés docente permanecen en mi memoria. Mané tuvo una delicadísima atención hacia mi persona desde mi llegada. Gracias a ella conocí a la familia chilena en cuya casa alquilé una habitación, los magníficos Illanes, cuya amistad aún conservo. Gracias a Mané me sentí acompañado en el lejano sur de América, y cualquier inquietud la solventaría con ella. Pero también leí su poesía con mayor detenimiento, o sea, penetré en las sutilezas de su obra lírica de abierta entrega, conversacional tantas veces, pero que está llena de detalles y hasta «trampas» de sentido para lectores demasiado apurados.
María Inés Zaldívar es una poeta de la llamada en Chile Generación de los Ochenta, pero es también una notable crítica, ensayista, estudiosa de la literatura, de modo que su personalidad se irradia poderosamente sobre las letras chilenas actuales. Conversar con ella tiene el sabroso sentido de no hallar a una mujer demasiado «intelectualizada», de honda cultura y diáfano diálogo, que no arroja su saber y hasta erudición sobre su interlocutor ni adopta poses de dama exquisita, aunque lo es. Su poesía a veces posee un raro tono llamémosle «viril» por la fuerza de su frase, siendo ella mujer de delicada entonación y de precisiones hogareño-femeninas. Es la suya una poesía inteligente, que apela a las entrelíneas, a lo dicho con sorna, a la imagen a veces irónica y con otras maneras directas de lo que quiere decir.
Creo que su libro capital es Década, compilación de tres poemarios (Artes y oficios, de 1996, Ojos que no ven, 2001, Naranjas de medianoche, 2006). Antes y después ha publicado otros, como sus excelentes La mirada erótica (1998), Luna en Capricornio (2010) y Bruma (2012), habiendo sido el primero Reiterándome, o la elevación frente a la negación (1994).
Mi relación con Mané fue florida, ella me invitó a tres días de grato retiro en la lejana playa donde su familia y ella misma tienen bellos recintos de placer en un pueblecito encantador. Claro que en aquella playa del Pacífico no metería yo más que la mano, para comprobar que estaba helada. Pasamos los días de la Semana Santa en compañía de una amiga, Isabel, de gratísimo trato, y con la cercanía del padre y otros miembros de la familia de Mané. A los hijos de ella, cuatro, tres hombres y una mujer, los conocí cuando en junio a Mané se le ocurrió volver a cumplir un año más de vida, como si ella no fuese inmortal. Recuerdo que le llevé a su fiesta hogareña un hermoso ramo de rosas que celebró con un chilenísimo «Virgilio, te pasaste», expresión que en Cuba connota otra cosa, una boutade, una exageración, pero que es de cortesía alegre en Santiago de Chile.
Y en esto de las frases chilenas, tengo una simpática anécdota ocurrida cuando vi en la ciudad de Concepción una frase pintada en una pared, que supuse fea, pero no sabía su significado. Llegué a la Católica con la anotada expresión y se la pregunté a boca de jarro. Resultó ser una de las palabrotas más vulgares y duras del argot local. Mané casi salta del asiento y me dice: «Virgilio, ni la repitas, sobre todo aquí». En verdad hay que tener mucho cuidado cuando en el exterior, y bajo el mismo idioma, usamos el vocabulario común de nuestro medio. Es mejor «cerrar el pico».
Dos años después me encontré con Mané Zaldívar y su compañero de vida en la Plaza de la Revolución, por supuesto en La Habana. Ambos estaban contentos de su estancia de una semana en la ciudad, los conduje bajo una lluvia pertinaz y fina a mi no lejana casa y les ofrecí un jugo de frutas y cuanta conversación nos fue dado desarrollar. Unos meses antes, en la revista de poesía Amnios, habíamos publicado en la capital cubana poemas de la chilena, cuya obra no era la primera vez que veía luz en Cuba, porque en una antología de poesía de Chile editada en Santiago, cuando a esa nación se le dedicó una Feria Internacional del Libro, figuraba un par de textos suyos. Yo creo que aún es necesario que la obra poética de esta mujer singular se conozca más fuera de su patria, y en especial entre los cubanos. Un día podremos realizar en conjunto una buena antología de su obra, que muestre sus registros líricos esenciales, su poesía ingeniosa y de fuerte expresividad.
Con la familia Illanes (madre ceramista, padre y tres hijos adultos), con José Luis Samaniego y un grupo de cuatro o cinco de mis alumnos chilenos (poetas casi todos), tengo en el tierra austral un tesoro de amistad. La joya de la corona es Mané, sensible y alegre, solidaria y no tan sencilla de carácter que se pueda pensar que es una panacea. Mané sabe defender lo suyo, es rica en expresión oral, conoce a fondo la realidad de su país y sabe del secreto de sostener la amistad. Pareciera ruda en la expresión de su amor, pero véase, léase bien en su breve poema «Certeza» cuánta delicadeza se teje en su contexto:
Desde antes de conocernos
y sin decirlo durante años,
tú y yo siempre supimos
que esta batalla sería
cuerpo a cuerpo
verso a verso
y a muerte.