La novela cubana 27 años después
El viernes 1 de julio de 1988, el periódico Granma publicó un trabajo titulado: “La novela de los 80: Los temas del 70 con los lectores del 90” que, con la firma de la destacada investigadora de narrativa cubana, Madeline Cámara, abordaba impresiones de un Coloquio sobre la novelística de los ochenta, celebrado en Guantánamo los días 17 y 18 de junio de ese mismo año.
En uno de sus primeros párrafos la autora decía: “Todo quedó claro luego de pasarnos una mañana oyendo a críticos, investigadores y escritores de distintos lugares del país quejándose de las limitaciones de índole material (léase editorial) y de índole subjetiva (y aquí cada cual se imagina lo que quiera) que habían impedido y seguían impidiendo la creación de una auténtica novelística nacional…Todo parecía indicar que habíamos volado cientos de kilómetros para hablar de un fenómeno inexistente, a pesar de que Ambrosio Fornet consignara en unas listas que de 1980 a 1988 se habían publicado en Cuba 112 novelas, ¿novelas?”.
Más adelante Madeline apuntaba: “automáticamente noto que no he dado ninguna información objetiva y trato de resumir en puntos los temas debatidos y las opiniones que prevalecieron".
1. Que la novela cubana seguía atada a la necesidad ¿verdadera o falsa? de registrar las experiencias históricas (algunos pensaban que para bien, otros que para mal).
2. Que lo contemporáneo tiene un reflejo pálido e insuficientemente crítico en estas obras (juicio unánime).
3. Que los héroes de nuestra novelística deben encarnarse en personajes de carne y hueso, acosados por las preocupaciones y esperanzas que comparten los cubanos con los demás habitantes del planeta.
Luego se pregunta más adelante: “cómo se juzgaría entonces a ese conjunto de escritores que no escriben ni sobre el pasado ni sobre el presente de la historia de Cuba, sino que urden sus temas en un plano eminentemente imaginativo o que buscan referencias en asuntos que se desarrollan en otras latitudes y épocas”.
Apuntaba también la autora en otro párrafo del trabajo que no se discutió sobre aspectos formales de esta novelística, quizás “por la urgencia con que se impusieron otros temas de índole extraliteraria" que paso e enumerar:
1. Censura por parte de funcionarios X (la X no logramos despejarla en el transcurso del evento).
2. Autocensura por parte de los creadores (¿hasta cuándo, Catilina, hasta cuándo?).
3. Falta de información respecto a lo que se publica en el género mundialmente (muy cierto, aunque son pocos los que van a las bibliotecas o leen otros idiomas).
4. Demora del proceso de publicación de nuestras editoriales (parcialmente justificada con argumentos y con elocuencia por Heras León).
5. Pésima distribución de los libros en la red de librerías nacionales (¿y esto quién lo justifica?).
Al final la autora emite un juicio calificativo y contundente sobre lo acontecido cuando dice: “he comenzado a reconciliarme con la idea de haber participado en el encuentro tan solo por ser testigo de los planteamientos que allí se formularon. Si era el lugar y el momento para estas “descargas”, si podían ser eficaces, no me atrevo a afirmarlo.
Siempre he temido a este tipo de discursos que son como catarsis descontinuadas. Una vez que hemos dicho delante del micrófono un par de amargas verdades, olvidamos el deber de combatir, día a día, desde el anonimato, los males que con tanto fervor denunciamos. Son mis dudas y quiero compartirlas.
No sé si me estoy “metiendo en camisa de once varas” como decía mi abuela, pero quisiera dar mi punto de vista particular, muy particular, y a partir de mi experiencia de 46 años escribiendo y diez títulos publicados, ya que no soy crítico literario, ni investigador, ni filólogo, ni aún graduado de letras, solo un simple pedagogo que escribe, pero que, como diría Neruda: ”confieso que he vivido”; y valorar qué ha cambiado y qué no desde la publicación de este trabajo, ahora 27 años después.
Primero me referiré a la reflexión de que todos los escritores deben registrar en sus novelas la experiencia histórica pasada y reciente, es decir escribir textos coherentes con la historia oficial reconocida. Y considero que este es un tramo ya vencido, porque soy del criterio de que la novela cubana de hoy que aborda la historia, no lo hace como en el 88, donde los héroes eran inmaculados, y los episodios históricos verdaderas epopeyas. Hoy se ven textos muy contemporáneos y conocidos donde igual se aborda la historia pasada y la reciente con un sentido más humano, más crítico. Donde también se trabaja una historia recreada, ficcionada, es decir, existe un nuevo realismo, y los hombres son seres humanos con virtudes y defectos. Creo que sobran ejemplos sobre este tema.
De la misma manera sucede con los escritores que asumen lo contemporáneo, no escriben ni sobre el pasado ni sobre el presente de la historia de Cuba, y tienen, según el trabajo, un reflejo pálido en el entorno y son insuficientemente críticos. Como percibo ya esto también es “agua pasada”, se han publicado y publican textos intimistas, introvertidos, que suceden en otras latitudes y están dentro de la corriente del posmodernismo, textos que incluso ganan premios y son considerados parte sustantiva de la novelística cubana actual, porque también considero como muchos que ya se puede hablar de una novelística cubana.
Otro aspecto tratado tiene que ver con la censura por razones extraliterarias, y la existencia de funcionarios X. Pero ya no hay funcionarios X, y son las editoriales y sus consejos de redacción quienes deciden qué libros se han de publicar. De todas maneras soy también del criterio que, aunque se ha avanzado en la lucha contra el dogmatismo y las conductas rígidas, todavía esto es una asignatura pendiente para los cubanos, por ello no soy absoluto en lo que antes he dicho, pero es evidente que la situación ha mejorado ostensiblemente.
De la misma manera la autocensura del autor va de capa caída, y ya no es el problema de estar a favor o en contra, el asunto es cómo hacer mejor las cosas y cómo podemos influir con nuestra literatura para que la sociedad funcione mejor, el cubano sea una mejor persona y convirtamos al país en una sociedad “próspera y sustentable”.
La demora de las editoriales en el proceso de producción del libro sigue siendo otra asignatura pendiente y esto daría para otro trabajo reflexivo. Nuestros libros son cobrados a muy alto precio por lo poligráficos y a veces salen con muy mala calidad, pésimamente impresos, lo que demuestra descuido de la fábrica y otras veces con errores imperdonables. Tampoco quiero poner ejemplos, que los hay y muchos, solo decirles que según investigaciones hechas por mí entre algunos jefes de producción editorial, un libro nuestro hecho en Colombia y puesto en aeropuerto cubano, sale más barato que el hecho en Cuba y con muchísima mejor calidad.
Ni hablar del problema de la distribución de los libros, ahora tanto en librerías como en bibliotecas, (de estas últimas la mayoría de las existentes en los municipios del país están en plena crisis).
Un asunto importante que el trabajo no recoge es la falta de promoción de la literatura en general por parte de los grandes medios de difusión. Los escritores, muy mal pagados, por cierto, y sus obras, sufren un doble bloqueo, la no divulgación en el país y por supuesto el desconocimiento allende los mares.
Creo como Madeline Cámara que nuestros coloquios debieran dedicarse a los aspectos formales de la novelística cubana y a que todos ganáramos más en cultura para ser cada día mejores, pero considero que ese día aún no ha llegado, y no se si la vida me lo deje ver, mientras tanto debemos seguir con la catarsis.
Tratando de no ser absoluto y que solo se oiga mi voz, les quiero apuntar una serie de reflexiones sobre la narrativa, y en particular sobre la novela cubana, hechas en distintos tiempos por algunos de nuestros más importantes narradores y de escritores de otras latitudes pero también con reconocimiento:
Pepe Rodríguez Feo en el prólogo del libro Aquí 11 cubanos cuentan, publicado en enero de 1966 por la editorial ARCA, de Montevideo, Uruguay. (Quizás por acá anda el inicio de muchos de los problemas comentados anteriormente).
Los argumentos esbozados en nuestra narrativa, por lo tanto, no siempre han aludido a aspectos sociales y políticos del momento. Algunos cuentistas han preferido también ocuparse de temas más universales sin salirse del contexto revolucionario: el amor, la muerte, la soledad, lo absurdo de la existencia humana, los recuerdos de la niñez, etc. Muchos están tratando de asimilar las nuevas técnicas literarias y han caído en una narrativa bastante desvinculada del diario acontecer. La literatura fantástica y la ciencia ficción también tienen sus seguidores. El realismo socialista no parece haber sido del agrado de la mayoría de nuestros escritores. Tampoco hay que olvidar que Fidel Castro en su esclarecedor discurso “Palabras a los intelectuales” sentó las bases para una literatura y un arte en los cuales cada artista podía ejercer plena libertad en cuanto al tema y al estilo a emplear. Esta libertad de expresión impulsó a nuestros creadores a experimentar con todo tipo de método con el cual enfocar la realidad.”
(...)
Una de las preocupaciones de muchos de nuestros escritores ha sido presentar la realidad revolucionaria con la mayor franqueza. Esto implica describir realísticamente la forma en que se comporta y habla nuestro pueblo… Como el cubano tiene una tendencia a emplear muchas malas palabras, estos cuentos han resultado chocantes a ciertos funcionarios culturales que quisieran que en Cuba solo se escriba una literatura edificante. Un falso moralismo ha impedido a veces la publicación de estos cuentos “atrevidos” en nuestras revistas literarias… Cuando Jesús Díaz ganó el Premio de Cuento en el Concurso de la Casa de las Américas el año pasado (se refiere a “Los años duros”) la literatura cubana sintió un gran alivio.
… La cuentística cubana, por lo tanto, no va a cohibirse en el futuro y abordará de seguro los temas más conflictivos de la Revolución.
… La cuentística revolucionaria será obra de aquellos que crecieron y se formaron en los años posteriores a 1959. Ellos tendrán que volver algún día a la historia y la obra de sus mayores para documentarse sobre un pasado que ellos no conocieron y no podrán hablarnos en sus cuentos de cosas muertas. Y quizás todos los cubanos nos alegraremos cuando ese día llegue para nuestra literatura.
Daniel Chavarría en entrevista publicada por La Gaceta en el año 2003.
Y en el plano de la literatura, no era concebible que un latinoamericano escribiera novelas de espionaje. Ese fue el filón que yo vi. El espionaje era un género exclusivo de los EE.UU., el Occidente Europeo, y desde luego, de la URSS y otros países del campo socialista.
En los años 50, Jan Fleming creó su James Bond y luego surgen muchos escritores del género, atraídos por las perspectivas de una literatura cosmopolita, grandes intrigas, temas políticos del momento, etc.
Pero ningún escritor argentino, mexicano, colombiano, brasileño de los años 70, podía pensar en escribir espionaje a nivel de gobiernos, donde se involucrara a su país. Un James Bond uruguayo, colombiano, solo era concebible con propósitos paródicos, humorísticos.
Sin embargo, Cuba ofrecía la posibilidad de crear tramas donde un agente de la inteligencia cubana, trigueño, mulato, negro, perfectamente identificable con cualquier ciudadano de este continente, se enredara en una intriga en Bangkok, el Cairo, París, usara técnicas de micropuntos, la posibilidad de imbricarse, a través del género de espionaje en la gran épica de nuestro tiempo, en intrigas exóticas, en la gran escena cosmopolita que hasta entonces fuera monopolio de las grandes potencias; y todo ello sin incurrir en utopías ni cantinfladas.
Y permíteme ahora decirte, que sin esa circunstancia única en AL que ofrecía Cuba, quizá yo nunca habría sido novelista. La vocación la tengo desde niño. Cuando terminé de leer las Aventuras de Huckleberry Fynn, a los 9 años, quise ser escritor, y me puse a escribir una novela que duró dos días. Lo juro. Así fue. Pero no encontré nada interesante sobre qué escribir y la abandoné. Luego me pasé unos 35 años queriendo ser escritor pero sin encontrar qué escribir.
Y cuando he dicho que mis preferencias como lector de novelas, está por las situaciones excepcionales con personajes excepcionales, te darás cuenta que me estoy refiriendo al Quijote, a Shakespeare a Homero, a Horacio Quiroga, a Jorge Amado, y a la obra de muchos excelentes escritores policiacos norteamericanos y europeos.
Decididamente, no me interesa el minimalismo, la literatura de la cotidianidad (con la cotidianidad que vivo, me sobra), no me interesa la poesía en la novela (cuando quiero leer poesía busco poemarios, no novelas) no me interesa el ensayo en las novelas que pretenden ser sesudas, de reflexión filosófica, tipo Milán Kundera, aunque reconozco que tanto con el minimalismo, la cotidianidad, la poesía o la masturbación filosófica, se pueden hacer buenas novelas, pero no son las que a mí me gustan, y sobre todo, no son las que yo puedo escribir.
Por eso, al hallarme de sopetón en Cuba este filón de la novela de espionaje, me consideré un escritor afortunado; y como era un comunista bastante utópico en aquellos años, hice del género de espionaje mi propia barricada, y escribí algunas novelas fuertemente políticas, de gran éxito en los países del Este, pero que pasaron completamente ignoradas en el Occidente capitalista.
El policiaco de la variante inglesa, la novela enigma que viene de Poe, Wilkie Collins, Conan Doyle hasta Agatha Christie sólo me hace bostezar. Nunca me interesó. Ni tampoco me interesó la novela estrictamente criminalística, excepto las de los escritores de la novela dura norteamericana, y por supuesto el gran Simenon. Y en mi evolución como novelista durante la década del ochenta, fui mezclando la novela de espionaje con novela histórica, y a veces con la comedia, una picaresca cubana con mucho sexo, humor, lenguaje popular, pero donde casi siempre está presente el trasfondo político.
Miguel Mejides en entrevista publicada en La Gaceta en el año 2004.
"No duermas más, Macbeth ha asesinado el sueño, el inocente sueño...", nos dice Shakespeare, y por eso es nuestro deber, —si algún deber tiene el escritor— enfrentarnos a los que quieren censurar lo imaginario. Bien sabemos que el tránsito entre lo real y lo imaginario, entre el espejo con las hermanas Liddell y Alicia, entre la lente de la Kodak de Pietro Romano y mi fiesta de cumpleaños, entre mis sueños de Alejandría y Manresa, no está exento de riesgos. La política, los partidos que simplifican la política, la economía y la globalización neoliberal de hoy, el pensamiento «científico», las viejas y caducas morales, la privatización de la censura, las iglesias y fundamentalismos, han hecho y harán lo indecible por detener la imaginación. Aún está vivo el proceso contra Flaubert; contra el Ulises de Joyce en Estados Unidos, un Solzhenitzin que fue mucho más allá que un día de Ivan Denisovich; el propio proceso artístico cubano en los años setenta; el mismo Valéry, que llevó a un esquema sus teorías, para convertirse en un ferviente crítico de la novela, a la que tildó de una achacosa tontería.
Todos estamos en la obligación de defender nuestras fiestas, nuestros convites divinos o los bailes con los diablos, pero festejos que hacen que la vida no sea una historia oficiosa y sí la historia de los sentimientos de las criaturas humanas. Estamos obligados —si es que deseamos ser sinceros y veraces— a explorar una realidad mucho más vasta que el mundo de los dogmas, de la decadencia y la simplificación de la cultura en este inicio del milenio, dogmas que trasmutan todo con esa manía de las sustituciones. Escribir es instalar la visión de lo imaginario, la visión onírica, es revelar nuestra ignorancia, socavar nuestros conocimientos, actualizar los inventarios de los misterios, acentuar la perplejidad, la duda, burlarnos de nuestro saber fragmentario, de nuestras certezas parciales con la totalidad vibrante de la existencia”.
Eduardo Heras León, en un trabajo titulado “La narrativa posmoderna” publicado por La Jiribilla en el año 2008.
En todo caso, el nuevo siglo ha comenzado con el conocimiento por parte de los narradores más jóvenes, de algunos autores, casi desconocidos para el mundo de habla hispana y que pueden calificarse como "escritores posmodernistas", que han recogido de un lado la tradición de los padres fundadores de esta tendencia: Borges, John Barth y Nabokov, y han desarrollado una obra que significa una ruptura con la tradición de la novela realista: las referencias ideológicas o al mundo real y objetivo desaparecen. Se abandona la mímesis para crear una epistemología nueva, unos mundos alternativos, ficticios, a base de referentes exclusivamente literarios. Si hay una frase que resume esta estética es: "Hacer el amor con las palabras", como afirma William Gaddis, uno de estos autores. Entre este grupo se ubican Kurt Vonnegut (publicado recientemente en Cuba), Jerzy Kosinsky, Donald Barthelme, Thomas Pynchon y Hawks, entre otros.
Lisandro Otero hablando sobre su texto Temporada de ángeles.
La dificultad mayor de la novela histórica reside en olvidar la masa de información investigada y dejar que fluya la imaginación. Mientras escribía algunas de mis narraciones tuve la impresión momentánea de que estaba realizando un texto histórico, un ensayo, un vehículo doctrinario y no una pieza quimérica. En muchas ocasiones he reescrito capítulos, mutilando gran parte de los hechos auténticos para permitir que la fantasía asumiese su espacio propio. He dedicado mucho tiempo a la investigación en bibliotecas y archivos antes de escribir algunas de mis obras. La situación fue incubada en la Biblioteca Nacional "José Martí" y Temporada de ángeles no habría podido existir sin la Biblioteca Británica, en Londres. También he investigado y leído mucho en mi biblioteca personal; tengo una buena cantera de materiales en mi casa. Pero una de las reglas principales, como dice George Lukacs en su ensayo sobre la novela histórica, consiste en no moldear como personajes de ficción a los protagonistas reales de los sucesos políticos. Éstos deben aparecer como decorados de fondo y pasar subrepticiamente sin monopolizar la atención. Hay que recordar que en una novela histórica no deben dominar los acontecimientos que uno pueda leer en los periódicos de la época. La novela histórica es como un diario privado de una etapa, no es una crónica pública de lo que todos vivieron. Los anales tienen su ubicación en otro contexto. Decía Marguerite Yourcenar que el novelista debe escribir desde adentro lo que el historiador ha escrito desde afuera. Siempre he tenido como meta principal realizar una obra de arte, no una interpretación de la epopeya.”
Cira Romero sobre la narrativa cubana actual.
Advierto desde hace bastante tiempo que nuestras letras de ficción, en particular la narrativa, va alejándose cada vez más de la literatura en lo que el término encierra en su más prístino sentido y que cualquier diccionario, el peor que consultemos, define como arte de la palabra, a lo cual me atrevería a añadir: arte de decir algo, de expresar algo sin demasiadas complejidades o pirotecnias que, en lugar de atraer al lector, del más común al más exigente, lo que hace es alejarlo del acto de la lectura. Es de lamentar que, cada vez con mayor fuerza, nuestros narradores se olviden de eso. Por suerte, aún contamos con varios (no muchos) que al momento de ejercer su oficio lo hacen, entre otras razones, para “llegar” a un público”.
Enrique Cirules sobre la novela testimonial
“Es que a partir de 1993, con la llegada de la corriente posmoderna y las concepciones de Fukiyama del “fin de la historia”, comenzó a surgir otra novela, donde lo testimonial fue desplazado por el más absoluto delirio de la imaginación y ello ha hecho que este tipo de obra “deje de estar de moda”. Pero ya le llegará su vuelta a la vida, porque lo que no puede negarse es que un libro como este, que aborda una buena historia recreada, tiene la recepción del público garantizada”.
Leonardo Padura y la novela policiaca cubana contemporánea.
Han sido todos escritores de una tendencia de la que yo creo que participo y para nada como el más destacado, porque he aprendido mucho de ellos, sobre todo de Vásquez Montalbán, de utilizar la novela policíaca, no escribir simplemente por contar una historia en la cual hay un asesinato, se comente un delito, sino escribir una historia que tenga un componente social, una connotación social.
Un escritor norteamericano cuando se enfrenta a la novela policíaca sabe que tiene que haber muchos tiros, muchos muertos y una velocidad en la acción. Sin embargo los escritores en lengua castellana, la mayoría asumimos la novela policíaca como una necesidad y como un género que nos sirve para comunicar al lector una situación mucho más compleja que un hombre tirando tiros y matando gente.
Vargas Llosa en entrevista del periódico El País el 15 de abril del 2012.
… su propia obra es una excepción. ¿No es un ejemplo de que la capacidad de autocrítica sobrevive? ¿Que no todo es autocomplacencia y frivolidad? Sí, pero es siempre preocupante que el mayor vigor, la mayor riqueza, esté ahora en el pasado más que en el presente; que no sea algo de actualidad, sino que hay que volver la vista atrás… Y hay otro aspecto. Junto a la frivolización hay un oscurantismo embustero que identifica la profundidad con la oscuridad y que ha llevado, por ejemplo, a la crítica a unos extremos de especialización que la pone totalmente al margen del ciudadano común y corriente, del hombre medianamente culto al que antes la crítica servía para orientarse en la oferta tan enorme.
Pero lo que plantea es volver a los patrones culturales. ¿Es eso posible? ¿Existe legitimidad para hacerlo? ¿No hay un cierto aristocratismo en todo ello? Aristocratismo es una palabra que provoca mucho rechazo, pero por otra parte el rechazo de la élite en bloque es una gran ingenuidad. No todos pueden ser cultos de la misma manera, no todos quieren ser cultos de la misma manera y no todos tendrían que ser cultos de la misma manera, ni muchísimo menos.
Hay niveles de especialización que son perfectamente explicables, a condición de que la especialización no termine por dar la espalda al resto de la sociedad, porque entonces la cultura deja ya de impregnar al conjunto de la sociedad, desaparecen esos consensos, esos denominadores comunes que te permiten discriminar entre lo que es auténtico y lo que es postizo, entre lo que es bueno y lo que es malo, entre lo que es bello y lo que es feo. Parece mentira que se haya llegado a un mundo donde ya no se pueden hacer este tipo de discriminaciones. Porque eso sí, si desaparecen esas categorías es el reino del embuste, de la picardía… La publicidad reemplaza al talento, lo fabrica, lo inventa.
Santiago Gamboa, narrador colombiano, en su novela Vida feliz de un hombre llamado Esteban.
Conocer a fondo la literatura, puede servir, pero no asegura ningún resultado y conlleva un grave peligro: en las Facultades de Letras – en las que conozco, al menos --, lo que comúnmente se hace es una disección de los libros para extraer de su interior las estructuras que los sostienen, el mundo que proyectan, las soterradas críticas que disparan y las ideas en torno a las cuales gravitan. El problema para el estudiante, es la tentación de considerar que esas ideas son la literatura y que sin tenerlas claras de antemano no podrá escribir su ansiado libro, desconociendo que para la mayoría de los escritores – Kafka o Cervantes, por ejemplo --, esas estructuras fueron totalmente inconscientes. En la facultad tuve varios compañeros con talento que sucumbieron ante este dilema, pues antes de sentarse a escribir se devanaban los sesos estableciendo el marco conceptual de su libro, qué querían decir con él y por qué. El resultado era, por lo general, catastrófico, pues se trataba de manuscritos herméticos que solo podrían ser comprendidos por eruditos. Así fue como en Madrid, tras, muchas dudas, decidí arriesgar viniendo a París, siempre con la idea de convertirme en escritor, convencido de que este paso, bastante osado, llenaría mi vida de experiencias que debían ser preciosas, pues ya había comprendido que para escribir era necesario vivir.
No quiero terminar este intento sin apoyarme en breves sentencias que sobre el tema, algunas figuras de la cultura universal han expresado:
“No hay hechos, solo interpretaciones interesadas” Nietzsche.
“La vida no es la que uno vivió, si no la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. García Márquez.
“La literatura no documenta la realidad, la transforma y adultera para completarla”. Vargas Llosa.
“Pero cuando estoy escribiendo una historia, entonces creo en todo lo que mi historia puede ofrecerme, desde lo más cotidiano a lo más increíble”. Murukami.
“Pasan tantas cosas en nuestra mente que muchas veces no sabes si las pensabas o si sucedieron… llega un momento en que desear y pensar que debiera ser así hace que se confundan las imágenes con la realidad”. Haydee Santamaría.
“Quizás la realidad que crea la literatura sea la verdadera realidad”. María Fernanda Espinosa, poeta y ministra de defensa de Ecuador.