Rilke en Worpswede. Primera parte
Al final de 1900, Rainer Marie Rilke cumpliría veinticinco años. Hacía solo un mes que había arribado a veinticuatro cuando llegó a Worpswede, tan cerca de Bremen, donde desde 1989 un grupo de jóvenes pintores había fundado una comunidad de artistas. Muy poco antes el poeta tuvo dos experiencias viajeras esenciales: Italia y Rusia, de manera que su llegada a la hermosa llanura alemana de la Baja Sajonia, no lo hacía un advenedizo en nada: había publicado varios poemarios, cierto romanticismo paisajista se extendía en su naciente obra, y la experiencia entre pintores (uno de ellos a la larga también escritor) le iba a aportar mucho más que su libro de 1902 titulado precisamente con el mimo nombre de la localidad.
Un siglo después, atraído por el renombre del sitio, pedí que me llevase a Worpswede a un atento profesor de la Universidad de Hamburgo, donde estaba yo en una de fugaz visita de una semana en mayo de 2003. A la sazón, la localidad tendría ya unos nueve mil quinientos habitantes. Junto a la carretera principal había un simpático bar-cafetería que exhibía fuera una estatua, suerte de coloso testicular, y a partir de ese sitio comenzamos a caminar tierra adentro, entre frondosos árboles, algún lagunato de aguas muy oscuras y prados cargados de flores, dada la estación del año. Recorrer aquel paisaje, siquiera fuese cien años después de que Rilke se fue de allí para no regresar, me ofreció una visión in situ del fastuoso paisaje con árboles más que centenarios y trillos que sabe Dios de cuántas décadas de existencia. El lugar estaba lleno de senderos, así debió ser también en la época rilkeana, aunque por entonces la población fuese menor, pero se caminaría en una suerte de bosque entre prados, que bien aparece en la pintura de los amigos coetáneos del poeta.
Rilke parece que adoraba los senderos, caminó en Rusia por los de YásnayaPoliana (se sabe que significa «Claro del Bosque»), junto al gran Lev Tosltoi; en Duino anduvo a veces acompañado de su gran amiga y protectora la princesa Marie von Thurnund Taxis, caminando por el sendero que ahora lleva oficialmente su nombre, donde comenzaron a nacer las elegías. Y también fue un senderista en Ronda, sitio en que las bellas sierras blancas y los llanos sembrados de olivos ofrecerían placer al solitario del paisaje, al amoroso de las grandes extensiones vistas entre senderos.
Worpswede es un sitio muy hermoso, pero tiene ahora la aureola de la juventud que se dio cita allí al final del siglo XIX y principios del XX. En 1989 un grupo de coetáneos estudiantes de la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf decidió que para pintar la naturaleza había que mudarse a ella, entrar en relación viva con la belleza agreste, ir más allá de las enseñanzas académicas y mirar al paisaje con ojos nuevos. Si el impulso era romántico, buena parte de los paisajes pintados también. Pero algo ardiente se movía entre los jóvenes Fritz Mackersen (1866-1953), Otto Modersohn (1865-1943), Hans am Ende (1864-1918), FriztOverbeck (1869-1909), Heinrich Vogeler (1872-1942), a los que se iban a unir otras personas, entre ellas la pintora Paula Becker (1876-1907), quien luego de su matrimonio con Otto, asumiría el apellido de su esposo Modersohn-Becker, y la escultora Clara Westhoff (1978-1954).
Todos ellos y ellas iban a ser de valor biográfico para Rilke, quien les era perfectamente coetáneo. En 1900, cuando el poeta llegó entre ellos con sus veinticuatro años casi recién cumplidos, Ende tenía treinta y cinco, Modersohn treinta y cuatro, Mackensen treinta y tres y Vogeler uno más que Rilke. Paula y Clara eran menores que el poeta en uno y tres años, respectivamente. Estos datos son de valor para comprender que no solo la afinidad artística los unía, aunque fuera ella el impulsor esencial, sino también el espíritu generacional de jóvenes emprendedores que de muchos modos se proponían transformar las artes de su tiempo y hacer obra dadas por sus propios impulsos vitales.
Rilke asumía allí un reto superior al aprendizaje de la naturaleza. No es la naturaleza la principal ganancia que iba a obtener en Worpswede, porque allí su espíritu de artista trascendía al ser solitario que siempre se le ha atribuido, para vivir en comunidad, en la búsqueda diaria de un arte que les elevaba el espíritu. Quizás la tranquila vida agreste de Tolstoi lo influenció al respecto, así como las ideas de Lou Andreas Salomé, su confidente y amiga íntima, y también su afán de búsqueda constante de nos sabía bien qué, como no fuese su propia creatividad.
Hay que ver lo que pintaban estos jóvenes en 1900, cuando Rilke llegó a ellos. Quizás el más prolífico era Heinrich Vogeler, dada la cantidad de obras firmadas por él entre 1900 y 1902, mientras Rilke le hacía compañía: al menos once obras pictóricas, entre ellas el caballero casi quijotesco frente a un árbol titulado Am Heiderand, el franco artnouveau de Sommerabend, que muestra dos damas al igual que en el impresionante Verkündigung, o la bella Melusina de Melusinemarchen. Vogeler, quien luego sería también arquitecto, escultor, profesor y se iría a Rusia, era el único del grupo que además tendría vocación literaria, lo que ejercería con algunos textos publicados más adelante. Nacido en el mismo mes de diciembre, como Rilke, solo unos días después que el poeta pero tres años antes, seguramente tuvo una gran afinidad con él. Rilke le concedió un buen espacio crítico en su libro de Worpswede (1902).
Que no fue la naturaleza la única ganancia de Rilke en aquel sitio, lo demuestra este libro citado. No solo se afinó como poeta, sino que discutió sobre bellas artes, fue capaz de comentar las obras de sus amigos y de dejar testimonio riquísimo sobre la labor de aquella comunidad de jóvenes apartada de los ruidos de los grandes centros urbanos, a casi cien kilómetros de Hamburgo pero a unos veinte de Bremen. Vio nacer al menos tres obras de Mackensen: In der Hütte, dama dando de beber a una cabra en un establo, y dos paisajes marinos: Der Fischer (un pescador en su bote), y Doppelportrat, pareja de personas mayores frente al mar. Mackensen estaba en el dantesco medio camino de la vida, pero su pintura era serena, tranquila y ofrecía la visión de la espontaneidad de gestos humanos alejados de toda violencia.
A la sazón, Moderhson realizaba búsquedas emocionantes en las leyendas germanas, en los cuentos de hadas, visible en una bella Blancanieves (Die Waldfrau), que se estaría armando en presencia de Rilke en 1901, al igual que la singular pieza boscosa que es Armenhaus in Zeven, donde casa campestre y animales de corral acompañan a una mujer en plena faena. Rilke se detiene en su libro en referencias a obras de Fritz Overbeck, pero no parece que el pintor estuviese realizando ninguna de ellas en presencia del poeta. Es entre estos pintores al que menos espacio dedica, sin dejar de exaltarlo. Han am Ende sí debió impresionar a Rilke por su manera de captar el paisaje, visible en el nevado GehoftimSchnee, o en los estirados árboles de algunos otros cuadros que parecerían solo motivos unos de otros, partes de un cuadro mayor. Ende tenía una mirada especial sobre sitios con agua: lagos, corrientes, pantanos… Es seguro que él estaba sacando un partido profundo a las siluetas agrestes de Worpswede.
Rilke creo un libro precioso entre sus amigos, los exaltó, los hizo ya desde entonces memorables. Los tocó, rey Midas, con el oro de su mirada. Pero también él fue objeto de cuadro célebre, un retrato realizado por Paula Becker, que pareciera influido por el Autorretrato frente al bastidor, o mejor el Autorretrato de 1887, de Van Gogh. Y allí se casó con la juvenil Clara, entonces de veintitrés años, quien le daría casi en seguida a su hija Ruth Rilke-Westhoff, de quien el poeta no se ocupó mucho, pero ella aseguró su descendencia en al menos un nieto que él no conocería, llamado ChristophSieber-Rilke. Véase, pues, cuánto significó Worpswede en la vida del autor de las Elegías de Duino, lejanas por entonces de ser escritas. La relación matrimonial no duró más que un año, pues pareciera que Rilke tenía inestabilidad básica, no podía quedarse por mucho tiempo ni en un sitio, ni con alguien, pero fue también provechosa, porque Clara le abrió las puertas de los pintores y escultores de París, especialmente de Rodin.
El final introductorio de su libro Worspwede es muy explícito respecto a su relación con el entorno, vital, no solo con las enseñanzas del paisaje, pero lo que el poeta «salva» en su evocación no es la vida en comunidad sino el arte que observa y las gentes rodeadas de vida natural. Dice allí Rilke, con Traducción de Ibon Zubiaur:
Y ahí estaban, frente a la gente joven que había venido a encontrarse a sí misma, los numerosos enigmas de esta tierra. Los abedules, las chozas del cenagal, los terrenos de brezo, los seres humanos, las tardes y los días, de los que no hay dos iguales entre sí, y en los que no hay tampoco dos horas que puedan confundirse. Y entonces se pusieron a amar esos enigmas.
En lo que sigue se hablará mucho de estas personas, no en forma de una crítica, ni tampoco con la pretensión de aportar algo acabado. Eso no sería posible; pues se trata aquí de gente que está llegando a ser, que se transforma, que crece, y que quizá, en el momento en el que escribo estas palabras, está creando algo que desmiente todo lo que antecedió. Ya puedo haber hablado de un pasado; también eso tiene valor. Informo aquí sobre diez años de trabajo, diez años de trabajo serio, solitario, alemán. Por lo demás vale también aquí la acotación que ha de presuponerse siempre que uno intenta predecir la vida de alguna persona: «A menudo habremos de detenernos ante lo desconocido».