La risa no tiene cura
I Radiografía de un padecimiento crónico
En octubre del año 2008 se terminó por Ediciones La Memoria, del Centro Pablo de la Torriente Brau, un libro mío titulado El Ungüento de la Magdalena (humor en la medicina popular cubana), del cual había adelantado yo fragmentos en el número 48/2003 de esta revista. Aquel libro contenía 219 relatos donde el hilo conductor, más que la terapéutica, era el humor que aflora en las prácticas de la curación lega, de tanto arraigo en Cuba. Constituía también el fruto de una investigación iniciada en 1977, a petición de Samuel Feijóo, circunscrita en sus inicios al batey del Central Carmita y sus zonas aledañas. La profusión con que empezaron a aparecer los «tratamientos» –lo saben quienes leyeron esa primera edición– me obligó a extender la pesquisa, rápidamente, hacia una geografía un poco más amplia.
Tuvo el libro muy buena receptividad en su debut, al extremo de que la tirada, de 2000 ejemplares, se agotó en un santiamén. Gracias a esa circunstancia y a otra característica, que más adelante detallaré, de este tipo de investigación, en el año 2011 la Editorial Oriente publicó una segunda edición, corregida y aumentada, no solo en el número de relatos, pues la tirada se concretó con 5000 ejemplares. Hasta donde sé, de esa edición, resulta raro encontrarse hoy un ejemplar disponible en alguna librería.
Aquella primera edición tuvo también una versión teatral, que montó Ramón Silverio con el grupo Mejunje, de Santa Clara, lo cual amplió notablemente su impacto público. Y precisamente, en el centro de promoción cultural Mejunje se hizo la presentación del libro durante la feria de 2009 en Santa Clara, después de haber pasado sin muchas glorias por la Feria Internacional del Libro de La Habana y, con más destaque, por la UNEAC provincial y por el festival de trovadores Longina, siempre en Santa Clara. El texto de presentación para la feria lo preparó Yamil Díaz Gómez, y posteriormente se publicó en el sitio Librínsula, la Isla de los Libros, de la Biblioteca Nacional José Martí.
Una de las cosas que dijo Yamil en aquella presentación resultó profética. La reproduzco: «Obra abierta, infinita, condenada a crecer hasta el delirio, destinada a aportar en el ajiaco de Ortiz lo iatrogénico, lo escatológico, lo totalmente surrealista». Así ha venido siendo y así es desde entonces; una vez cerrada la investigación y puesta en circulación la edición príncipe, comenzaron a llegarme, desde los más insospechados sitios, nuevos relatos. Ello me obligó a escribir –y a reír– nuevamente, cada vez con más energía mientras escribía (o simplemente transcribía) lo que me contaban. Ya, contrario a lo que le sucedió a Mahoma, no tendría yo que ir a la montaña, pues esta venía a mí desde personas que me buscaban y localizaban para regalarme sus anécdotas. De esa forma llegué a sumar 29 nuevas, total de las incorporadas a la segunda edición.
Entre 2010 y 2013 estuve trabajando fuera de Cuba y el magnetismo del libro se dispersó un tanto. En virtud de ello llegué a pensar que quizás podía declarar completamente cerrado el proceso investigativo. Supuse también que estaba curado de la condena a reír a perpetuidad con el arribo de nuevos y cada vez más insólitos cuentos. Pero me equivocaba, porque poco después de regresar a Cuba, a mediados de 2013, volvieron a asediarme las anécdotas, ya no a través de personas que venían en busca de su lugar en el libro, sino por puro azar, como parte de la cotidianeidad. Tal vez dentro de mí se había despertado una sensibilidad especial que me orientaba inconscientemente hacia los sitios donde esas joyas podían surgir. Es de esa forma que entre esa fecha y el día de hoy, ya sumo un buen número de relatos más que, evidentemente, me obligan a soñar con una posible tercera edición, nuevamente ampliada, algún día.
Como mismo hice cuando aún no existía la primera edición, me alegra dar un anticipo de estos nuevos relatos. De esa forma dejo temprana constancia de la persistencia, en mi hoja clínica vital, de estos fenómenos gracias a los cuales descubro que, definitivamente, cuando la risa nace de las más auténticas raíces populares, acaba estableciéndose como un mal (más bien un bien) crónico. Bien sea como regalo o como destino fatal, cuando se convoca a la risa para que forme parte de la vida, ya no hay dios que nos cure.
II Relatos
La que era mi suegra se murió por demasiadas batas blancas. Parece que toda esa familia, menos el que era mi marido que ese sí no cree ni en los santos sacramentos, pensaba que con mirar a la vieja la curaban, porque padecía de un asma perra y, como son una familia muy unida, todo el mundo se ponía siempre al lado de la cama a velarle la respiración, hasta que se aliviaba. Todos ahí, a su lado, como debe ser. Y la verdad es que nunca le faltó de nada a la pobre, que Dios la tenga en la gloria, porque esa gente nunca se paró ante las dificultades y largaba los calcañales buscándole lo que fuera: la güira cimarrona, el anamú, un perro chino, una lechuza, y lo más importante: la fibra… Vaya, lo que hiciera falta para que se mantuviera paradita, porque con sus 86 años y aquellas congestiones, si no la alimentaban bien, se iba del parque. Lo más difícil, que era la carne de res, la leche y las galleticas de chocolate (que a la vieja la arrebataban, igual que los peyis) se las compraban con el dinero que los parientes de afuera le mandaban por «La vuelta al yunior». Pero de nada valieron todos aquellos desvelos, porque una noche de esas en que el frío rechina, a la vieja le da un ataque de asma que no podía ni resollar; se le inflaba el pecho y lo que uno oía era un jipío parecido al de un acordeón desinflándose. Cogen entonces y la llevan para el hospital; la ingresan, y la familia completa, como eran muy unidos y no los paraba ni un tanque de guerra, consiguieron prestadas unas cuantas batas blancas (creo que como seis) para entrar sin problemas al hospital, porque los CVP son unos cuadrados que no creen ni en su madre y no dejan entrar a nadie si no es a la hora de la visita. Entonces todos ellos, con sus batas blancas de enfermeros y médicos, andaban por aquel hospital como Pedro por su casa, y se pasaron la noche y la mañana siguiente alrededor de la cama velándole la fatiga a la viejita. Claro, tampoco es que estuvieran ahí, parados como una estaca, pues conversaban y discutían asuntos delicados de la familia, sobre todo un tema que por esos días era la comidilla de la parentela completa, porque la mujer del sobrino de Armandito (el que era mi marido), que había ido de visita al norte por tres meses a ver una hija que tenía de otro matrimonio, le mandó al pobre hombre un aviso de que no regresaba, porque quería «luchar» y, además, la hija y los nietos la necesitaban. Todos ellos estaban muy encabronados con la descarada esa, porque también tenía hijos aquí, y no le importaron. Y así, en esa conversadera no se dieron cuenta de que la vieja se estaba poniendo azul. Ellos, con tanta discutidera, ni la miraban, y los médicos, al pasar por allí y ver tantas batas blancas alrededor de la cama pensaban que todos ellos eran médicos y personal de la salud y que la señora estaba bien atendida, porque uno de los parientes hasta andaba con un estetoscopio que se había colgado al pescuezo para engañar mejor al CVP… Bueno, para no cansarlo, la vieja se fue poniendo cada vez más azul y ellos discutiendo sobre Arminda y su poca vergüenza, hasta que Robertico, el que traía el esteto, mira y se da cuenta de que ya la vieja no tenía el jipío, aunque estaba prieta como un tizón. Pensó que era mejoría y hasta llamaron a un médico que pasaba por allí para ver si le daban el alta, porque en la casa seguro iba a estar mejor. Llegó el médico y cuando le cogió el pulso y quiso oírle la frecuencia cardiaca a la señora se dio cuenta de que había hecho así: ñámpiti gorrión. Esa gente no se lo creía, se arrebataron y luego se pusieron a criticar al hospital con aquello de que se había muerto sin asistencia médica. Fueron muchas las quejas, las cartas y las protestas, pero por gusto: en Salud Pública sabían lo que había pasado y nada más que sancionaron al CVP a estar un mes en el depósito de cadáveres. Nadie se lo puede decir a la familia esa, pero yo sé que la pobre mujer se murió por demasiadas batas blancas, que de eso, que yo sepa, es la primera persona que estira la pata en el mundo. DAYANKA MOYA, ALIAS MACUNDONA, MILLER, 44 AÑOS.
Le pregunté a la doctora de mi consultorio y me dijo que lo de Henry se llama bulimia (o gulimia, qué sé yo). La cosa es que él trabaja de ayudante con mi esposo, que es guarandinguero entre Encrucijada y Santa Clara. Ellos hacen así y a las cinco de la mañana ya están cargando en la terminal de Santa Clara. Con la prima parten para Encrucijada y ya a las 11 de la mañana están de regreso, con sus buenos billetes en el bolsillo; entonces se van para un pedazo de tierra que mi esposo tiene frente la clínica de los locos (la de los locos más locos, la que le dicen «Díaz Guzmán»). Allí el pobre Raulito sembró como cien matas de guayaba, ya que está tratando de levantar una buena cosecha, a ver si nivelamos y podemos enchapar la meseta, terminar el garaje y ponerle una tasa nueva al inodoro. Yo les preparo el almuerzo, con tremenda disposición, sin que me pese, pero empezamos a tener problemas, porque Henry nos avisó: «Yo, mientras veo comida, estoy comiendo». Y así, si una olla de frijoles, otra de arroz, más una fuente de bisteces, otra de yuca, y además ensalada de lo que sea pongo yo a la mesa, ¡fuácate! Henry se las manda como si aquello fuera una merienda. Lo otro que más le gusta –dice– es el requetón. Se pone a comer y a cantar: «Me encanta la gasolina, / me encanta la gasolina» ¡Muchacho! Eso me tenía mal; me lo hizo como seis o siete veces, y es ahí cuando yo le digo a Raulito que teníamos que ver qué hacíamos con Henry, porque es un tragante, además de que no soporto la guanajera esa del requetón. Y para colmo, después de que pasa un rato de haberse dado la jartera, el muy cabrón coge y vomita. Como Raulito no quiere deshacerse del muchacho, que no tiene cerebro (me dice) pero es muy bueno de trabajo, lo primero que decidimos fue buscar unas bandejas de esas de las becas, y ahí le servíamos a Henry: «Vaya, eso es lo que te toca», le decíamos. Pero como su problema era que si veía comida no se podía aguantar, no sirvió de nada, porque se ponía a mirar para las ollas con una cara de carnero degollado que partía el alma. Entonces ideamos una terapia que nos pareció radical y resolvió por un tiempo: que no viera la comida. A la hora del almuerzo cogíamos y le vendábamos los ojos con una estola de cuando mi abuela era señorita, para que así, sin ver, se conformara con lo que yo le sirvo. Él, sin problemas, comía sin mirar, y eso dio resultado un tiempo… Pero no fue remedio santo, ¡qué va! porque como a la semana la cosa se fastidió otra vez. El hombrín encontró una manera de jodernos; esa bulimia es una de las peores enfermedades del mundo. Henry terminaba el primer plato (que yo le servía un buque), se arrepochaba para atrás y con tono lastimero nos decía: «¿Y no hay otro poquito para el pobre cieguito?». ¡Qué tipo el Henry ese! Y eso que no tenía cerebro… Yo creo que Raulito va a tener que darle el pasaporte. MARÍA CARIDAD SÁNCHEZ, 54 AÑOS, LA MOVIDA.
La verdad la verdad es que yo no sé qué coño le pasaba a Monguito Romay, que por cualquier bobería que se sintiera, ¡bangán! se enganchaba un supositorio, de lo que fuera: Glicerina, Piroxicam, Euparín, Aminofilina… Una vez me dijo que el problema es que él le tiene pánico a las inyecciones, y que como estas curan por atrás, el supositorio es menos doloroso y es por atrás también, por lo que seguro tiene las mismas propiedades curativas. Cogió mala fama, aunque nunca le han podido comprobar nada. Pero… ¡Asere, Monguito, será por atrás y todo, pero no es lo mismo! Luego, con el tiempo y los adelantos científicos que vinieron, Monguito cambió la terapéutica y empezó a tratarse con ozono, que a los médicos les dio por mandarlo hasta para la alteración de los nervios. Se le inflamó la próstata y le mandaron ozono tres veces por semana. Se pasaba todo el tiempo hablando bien del ozono: que aquello es una maravilla, que te refresca completo por dentro, que uno sale del gabinete campana, como si fuera a volar… Y yo, que no sabía cómo era de verdad el tratamiento ese, comentaba con la gente lo que había mejorado Monguito, lo bueno que es el ozono que, fíjate, hasta perdió el vicio de los supositorios… Hasta que Menelio Pollo’e granja, me dijo: «¿Tú eres comemierda, chico?» y me aclaró que ese tratamiento consiste en que te meten una manguera por el culo y durante equis minutos te echan aire con un compresor (bueno, aire no: ozono). Entonces comprendí que Monguito lo que está es enviciado a meterse cosas por la retaguardia. ¡Y vaya usted a saber cuántas más, además de los supositorios y la manguera del ozono, el tipo se ha disparado! Parece que lo de la mala fama no es por gusto. Y yo de comemierda, haciéndole caso y hasta cogiendo mala fama también. RAMÓN BEDOYA BROCHE, ALIAS EL DOCTOR MIERDITA, CAMAJUANÍ, 41 AÑOS.
En el bateicito de la cooperativa Amistad Cuba-China le tienen un gran respeto a la vieja Justa, porque sabe un mundo sobre mujeres paridas y las curas de los puerperios. Una vez le dio bejuco de boniato hervido a la hija de Chumbo porque no le bajaba la leche, el muchacho no aumentaba ni una onza y se pasaba el día en un grito. Aquello fue la maravilla. La vieja Justa tenía muchos recursos para esas cosas, porque otra vez, cuando a Liliana le pasó lo mismo y lo del bejuco no dio resultado enseguida, aplicó otro tratamiento, que consiste en ponerle a la mujer el sombrero de trabajo del marido y pegarse el muchacho a la teta así, con ese estalaje; ah, y también tenía que tomarse el cocimiento. Son cosas que uno no se explica, pero a la vieja le funcionan. Fíjese en lo fuñía que está la niña de Columba, esa de ahí enfrente, pues eso obedece a que nunca le bajó la leche; ella no, pero el marido se negó a hacer lo que le mandó Justa, que consistía en que ella se tomara el cocimiento, se pusiera el sombrero y él durmiera sin camisa, pero con un blúmer de ella como calzoncillo. DONATO FIGUEIRAS, 51 AÑOS, CPA OVIDIO RIVERO.
Decía Ñonga: «Pa’l catarro: Guambín y Guambán». Todo el mundo sabe que esos son dos poetas pesadísimos, uno negro y otro blanco, que salen en el programa Palmas y Cañas. Yo a la verdad no sabía cómo uno se podía curar el catarro viendo y oyendo los pujos de esa yunta. Entonces hice así y me puse a pensar y saqué en cuenta que debe ser alguno de los disparates de Ñonga (que nunca he sabido su nombre), pues él no pone una. Fíjese que una vez estaba vendiendo un caballo y pedía 100 pesos por él (de esto hace mucho tiempo) y si uno le decía: «Ñonga, te doy 99 pesos por la bestia», él te respondía: «No, son 100». Pero igual si le decías que le dabas 101, respondía: «No, son 100». Otra de las suyas fue cuando el papá se le murió, que Rangel Bolufer le dio el pésame y de paso le preguntó dónde lo iban a enterrar. Ñonga le respondió: «El viejo está medio embullado que lo llevemos para Santa Clara, pero no, lo vamos a dejar en Cifuentes». ¡Tremendo, ¿verdad?! Sabiendo eso me puse a pensar y creo que Ñonga lo que quería decir es que el catarro se cura con cocimiento de hojas de guabán, que eso sí tiene lógica. BENIGNO ROQUE MANSO, 77 AÑOS, COMUNIDAD PICADORA.
Cuando aquello de los independientes de color, dos personas de esa raza, residentes en la zona de La Margarita, se fueron a Oriente y por allá estuvieron peleando ni sé cuánto tiempo. Eso me lo contó mi papá, que murió hace poco, con 98 años. El caso es que todo el mundo sabe que ese alzamiento terminó con una ahorcadera de negros del carajo, porque no triunfaron y lo que les cayó arriba fue candela. Pero esas dos personas que mi padre conocía, y que se llamaban Orosmán Abreu y Salustiano Bordieux, la libraron y con mucho trabajo pudieron llegar, clandestinos, a la zona. Pero tuvieron que mantenerse ocultos en los montes y cuevas que había por allí. Les mandaron recado a los familiares, con Matías Quiñones, otro negro, recogedor de yaguas y amigo de ellos, que pasó casualmente por donde se escondían. Los parientes empezaron a llevarles sus cosas de comer, y sobre todo, el agua potable para que no estuvieran tomando la de los lagunatos, todos sopeteados por el ganado vacuno que en él abrevaba la sed y aliviaba la calor. Pero que resulta que un día a Orosmán le avisan que su mujer estaba muy enferma, que se había quedado como tiesa y con mucha fiebre, y no sabían si era pasmo o tifus. Le comenta Orosmán eso a Salustiano y este le dice que él tiene un remedio radical para esa malestía, que se lo de a tomar a su mujer. El maldito remedio consistía en tomar cocimiento de guao (¡Pa’ su escopeta! ¡Su madre que se lo tome! –le hubiera dicho yo). Le advirtió que no tuviera preocupación, porque al principio aquello la iba a poner peor, pero después vendría el alivio, hasta la sanación completa. Orosmán no era un hombre de mucha cultura, y así, sabiendo que corría mucho peligro debido a que sobre ellos pesaba orden de captura, se mandó para el pueblo de Encrucijada, donde tenían a su mujer en casa de una sobrina. Pasaron cinco o seis días y finalmente regresó a la cueva donde tenían campamento él y Salustiano. Este último, al ver llegar tan triste a su compañero le preguntó: «Bueno, Orosmán, ¿y la mujer qué?». Y este le respondió «Se murió. Le di el cocimiento y todo lo que me dijeron, pero se murió». Al oír aquello Salustiano murmuró –bajito, como hablando para él mismo–: «Bueno, ya sé que el guao no sirve pa’cocimiento». ERIDANIO SACRAMENTO RAMOS, 50 AÑOS. SAN GIL.
Chano Torres y Vivo Aguilera se fajaron, a piñazo limpio, como se hacía antes, cuando los hombres eran caballeros. El asunto es que los dos tenían más de setenta años, pero cuando las personas se faltan el respeto, la edad no cuenta. Cuando yo te digo…estaban en un juego de pelota entre las novenas de Maguaraya y el central Braulio y la discusión empezó porque un hombre al que le decían Eusebio Benavides, el quétcher y manager de Maguaraya, se ponchó y al otro quétcher se le fue la bola. La primera estaba ocupada y el umpire cantó ao por regla. Pero como había dos aos Chano y Vivo empezaron la discusión porque, según Vivo, cuando hay dos aos eso del ao por regla no vale; hay que tirar. Y Chano, que le iba a la novena de Braulio decía que no hay que tirar ni un carajo. Tanto porfiaron que Chano, bastante encabronado ya, le dijo a Vivo: «Si no fuera porque yo ya estoy viejo y no tengo piernas nos íbamos a dar una mano de piñazos del carajo». Y Vivo le respondió: «Bueno, yo estoy tan jodido de las piernas como tú, así que vamos a hincarnos de rodillas y nos fajamos hasta que nos desaparten o uno se rinda». Y empezaron a darse tremendos gaznatones, arrodillados. Aquello era grimoso, aquel par de viejos arrodillados y dándose unos soplamocos de madre. Muchacho, pero que Vivo pega a ponerse pálido y a ablandarse; entonces hizo así: pidió ten y pío, sacó una bolsita con azúcar que siempre traía en el bolsillo de la camisa, se metió un puñado en la boca y se prendieron otra vez. En esas estuvieron hasta que un señor al que le dicen Gaudencio los desapartó. Yo, muy intrigado, le pregunté a Gaudencio qué le había pasado a Vivo y me aclaró que él es diabético y por eso, cada vez que le daba la polisemia la única manera de recuperarse era comiendo azúcar. Mire usted qué viejo más relambío el Vivo Aguilera ese, diabético y, pa’ remachar, guapo. BENIGNO ROQUE MANSO, 77 AÑOS, COMUNIDAD PICADORA.
Pito Infiesta le sabía un mundo a las curas con bejucos y esas cosas. Él siempre me dijo que el guabán (que es la misma yamagua) tiene tres poderes: dos buenos y uno malo. Los buenos son: para el catarro, en cocimiento, y para los sangramientos, poniéndose uno a la sombra de la mata. Eso último yo lo pude comprobar, pues cuando en mi casa se capaba un puerco o un caballo (mayormente un caballo) que se formaba tremendo atolladero de sangre, se le ponía a la sombra del guabán y enseguida se trancaba la hemorragia. Lo del catarro también, aunque el bejuco ubí con aguardiente es mejor, comprobado. Lo malo del guabán, según Infiesta, es que su madera no sirve para cabo de guataca, porque afloja al hombre. Y eso también lo comprobamos cuando una vez, nada más que por probar, le dimos una guataca con cabo de guabán a Filingo y el muchacho se desmollejó como una pelota ponchada. Lo reanimamos y le dimos otra guataca, con otro cabo, se espabiló y sacó la tarea del día sin problemas. BENIGNO ROQUE MANSO, 77 AÑOS, COMUNIDAD PICADORA.
Hay cosas que… Bueno, yo creía que le estaba contando una película del oeste, porque yendo yo para la bodega a buscar la leche de dieta, les paso por el lado y oigo que le dice: «El sheriff Chicoli», y me dije: «Mira para este par de viejas contándose películas del oeste a esta hora de la mañana, en vez de estar ablandando los frijoles». El caso es que seguí mi camino, pero como tuve que regresar enseguida, a buscar la libreta de abastecimientos que se me había quedado, cuando les paso otra vez por el lado oigo que Justa le responde a Milagros: «Por eso tienes cistitis». Entonces le receta que para eso lo mejor del mundo es hacer un cocimiento de nitro blanco, enfriarlo y tomárselo después como agua común en el transcurso del día. Entonces me pongo a pensar y caigo: «¡Coño, ella quiere decir Escherichia coli!». Hay cosas del carajo, que si uno se las cuenta a alguien hasta piensan que es un bonche. Aquella mujer, ya cuarentona, le puso una estrella en el pecho y un par de pistolas a la cintura al puñetero bicho. LORENZO PERDOMO, 55 AÑOS. FINCA FUSTÉ.
Santa Clara, 2 de junio de 2015.