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Poesía objeto

Virgilio López Lemus, 06 de enero de 2016

Si durante una etapa de la vida de Rainer Maria Rilke la poesía pudiera ser objetal (poema-objeto) como quería el autor de los Nuevos poemas (1907-1908), tendríamos que definir por completo la presencia de los objetos materiales dentro de un texto, claro que siempre como evocación nominal, nombre por medio. El estilo en que fuese escrito, la musicalidad implícita, las vibraciones que las palabras puedan traer consigo, las ideas que el arrastre mental traiga a sus versos, no ha de pasar de ningún modo a «otro plano». El poema se complace en «nombrar las cosas», adánicamente, como decía Eliseo Diego. En el nombrar, en la lista de los objetos materiales o del mundo objetivo en torno, se cuela la subjetividad, el ensueño que pueda envolver a la realidad, el misterio que el poeta cree ver o visionar tejido en las mallas de lo real.

Si la poesía fuese objeto, debería ser esférico. El poeta trataría de darle vueltas a los infinitos círculos conformantes, y ese trazo creativo habría de tener un centro: la imagen, o incluso la imaginación. El poema-objeto de la poesía visual contemporánea, post vanguardista o de la época de la «postmodernidad» también prefigura un centro, su carga semiótica apela a la imagen, y de nuevo la imagen, que puede o no ser palabra, atina a dejar girar desde su centro a las circunferencias que conforman el poema visual, la esfera de lo visual.

En una teoría de la poesía, el hecho poético en sí (la aprehensión poética del mundo) pasa por referentes culturales muy diversos, desde los escalones de las lingüísticas, de la semiótica o las ciencias de la cultura, hasta la mera información del sujeto creador. José Lezama Lima pedía al poeta lecturas para enriquecer a la poesía, o sea, una «cultura para la poesía». No tiene ello (solo) que dar lugar al culturalismo, tan rico en un Gastón Baquero, sino que el poeta ha de informarse y procesar la información según su sensibilidad. El poeta debe hallar más que lo objetal, la sustancia expresiva, o lo sustancial de lo expresivo.

Digamos: lo que escribo no existía, porque no estaba escrito. Y eso que escribo debe contener un grano de novedad, pues la mera repetición no es sustancial. La nueva mirada sobre el entorno ilumina lo expresable. El acto de escribir recrea la realidad, da vida diferente al dictado de los objetos, de las sensaciones que ellos nos producen, en el ahondamiento sentimental, sensorial o intelectivo de nuestro modo de expresarlos. Puede entenderse el suceso de las relaciones intersociales como objeto para la poesía, porque de lo que se trata es justo de esto: los objetos de la poesía, para lo cual no hay otro diseño que el que cada poeta, en su diversidad, entrañe. Visto así, lo objetal es el mundo de los objetos más el devenir. Las acciones son materia poética. ¿Qué no lo es? Pablo Neruda nos mostró que puede ser poético el alambre de púas, los calcetines… El poeta legítimo toca la realidad con el poder de una suerte de Rey Midas dado a convertirlo todo en expresión, en poesía.

Si toda escritura no es creación por la imagen, ella puede contener el grano de poesía que, al decir de Martí, sazona a un siglo. Siempre que el ojo que mire se enfrente a la aprehensión estética del mundo, y no exactamente a las definibles práctica o técnica, a la científica y a la religiosa. La escritura a que me refiero es intencional, estética en cuanto aprehende la realidad desde tal perfil comprensivo, cognoscente. Si toda escritura no es creación (poiesis), tampoco todo lo que literariamente entendemos por poema contiene el quid de la poesía. ¿Qué es ello? No hay respuesta, no porque sea incognoscible, sino porque la poesía se define desde cada poeta, desde su don de transformar la aprehensión del mundo en arte de la palabra. O arte de las imágenes, si estas son solo signos, semiótica por medio.

La materia se agrupa en el Universo como las palabras en un texto poético. Esta idea tiene un trasfondo teleológico. El texto ha de tener sentido, como lo tendría el cosmos. Pero la «finalidad», ¿cuál puede ser? ¿Hay una finalidad en el Universo? El poema allí difiere quizás no de modo antagónico: el poema tiene finalidad, la primera, el goce estético. Y luego puede tener otras: conocimiento del mundo, de aquello que llamamos Dios, del propio Universo. Pero no puede dejarse a la poesía como acto cognoscitivo solamente, porque la igualaría a la filosofía, y a cientos de ciencias. La poesía tiene finalidades diferentes, expresión del ser, de identidad del ser, con modos peculiares y profundamente subjetivos.

El poema lucha contra la muerte, que es el olvido. Guerra inútil, que diría Jorge Luis Borges, porque esa es la meta. Pero el poema trae un jalón de eternidad, tanta como pueda aspirar a tenerla la especie de donde surge. O sea, una «eternidad» relativa, relacionada con la especie capaz de captar, sentir y expresar la poesía que subyace en los objetos, en la realidad material y en la propia circunstancia subjetiva del ser. Para Rilke había una correspondencia entre lo «visible» y lo «invisible», y encontraba al hombre y al ángel como vehículos de esas dos «realidades» para la poesía. Antes que una concepción religiosa del mundo, el poeta forjó una concepción intuitiva de él, intuición por la poesía, el poeta como visionario más que como profeta.

Pero hay poetas/profetas, suerte de anticipadores del porvenir, porque otean con sensibilidad aguzada las señales de su tiempo, ocultas a otros. Y  existen los poetas/visionarios, quienes ven iluminaciones, destellos, relámpagos de realidad, fogonazos que pueden traer acompañadas imágenes, onirismo, fantasmas de la realidad, suerte de súcubos e íncubos a la manera de los elementales de Paracelso. Son reflejos del mundo real pasados por el complejo cerebro humano, por sus a veces engañosos sentidos, o por sus propias telas de ideas que también han de conformar idearios, estéticos o religiosos. La poesía está relacionada con todo ello, porque la poesía es omnia, relación con todo. Por eso para algunos poetas ella es una fe. E incluso esa fe es salvífica. La fe de la poesía.
 

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