Las eras imaginarias
José Lezama Lima hablaba de las «eras imaginarias», no como lapsos que nos pudiéramos imaginar, ni como sitios ficcionales o utópicos como una Jerusalén Celestial, sino como «eras de las imágenes», y estas como imago, fundamento de la poiesis. O sea, «eras» en que la creación poética florecía de diferentes maneras. Por ejemplo: en el gran entramado imaginativo del medioevo; sub ejemplo: el camino de Santiago y la profusión de iglesias románicas en su ruta. La era de las grandes catedrales, en que la poesía no se escribía sino en su arquitectura, en la roca, en las imágenes de santos o de demonios, en la belleza decorativa o la fealdad infernal, conforma para Lezama una «era imaginaria» en que la poesía se expresa por medio de las construcciones humanas.
Lezama también se refería a la poesía de los hechos, no tenidas por novotestamentarias, los Hechos de los Apóstoles, sino en que lo ingente creativo es el movimiento social: las revoluciones. La poesía de la praxis social es sumamente épica. Lezama podría advertir incluso, de proponérselo, poesía en la «lucha de clases». Las eras imaginarias se decantarían en el lapso francés de la finisecularidad del XIX hasta las vanguardias del XX. La coincidencia temporal con el Modernismo americano no es una casualidad, sino una causalidad, un resultado del «espíritu de época».
La poesía, como enorme propiedad espiritual heredada de la especie humana, acepta todas las teorías, todas las definiciones, se regodea en las más barrocas y se expande en la sencillez de solo un concepto limitado de ella que no trasciende las formas y los contenidos elegidos por el poeta para su expresión. Entonces, puede tener eras grandiosas, como las de los profetas bíblicos o la «emanación» del Corán, o puede tener momentos de recámara, de intimidad transida por el amor de contenidos más sexual o más espiritual. De Safo a San Pablo, de un cantor egipcio a un recitador maya, la poesía halla «funciones», y estas están relacionadas con las aprehensiones humanas del mundo: científica, prácticas, religiosas o estéticas. Una bella especulación científica puede contener tanta poesía como Los elementales, de Paracelso. Una maquinación técnica, de sentido práctico, puede ser tan poética como las Centurias de Nostradamus. Un ritual católico, protestante, rosacruz, o de la santería… contendría tantísima poesía como el estudio de Da Vinci sobre el cuerpo humano. El centro de ello radica en la aprehensión estética, poética. La poesía resulta una esencia que pude fragmentarse y no perder su esencialidad. Su imagen podría ser «lo uno múltiple». La supuesta carrera humana de lo visible (real) a lo invisible (irreal) contiene la poesía de la vida, del trayecto vital, de cada travesía, caminos que se bifurcan pero que van todos al mismo lugar. «Se hace camino al andar», decía el gran Antonio Machado, pero uno se pregunta cómo puede ser «camino» el que solo los pasos de un solo ser recorre. Son los senderos de la poesía.
En los caminos humanos ha habido hasta divinización de la luz (solar). Apolo luminoso (apolíneo), y su contraparte: las sombras, Dionisos en el reino de la oscuridad (dionisíaco), tinieblas demoníacas y luz celestial. El hombre explica poéticamente la creación: sacó Dios la luz de las sombras y vio que era bueno. Hay poesía de las sombras (nocturnos, elegías) y poesía de la luz (odas, himnos). Pero la poesía no es una fuerza cósmica que polarice al mundo, como querría ciertos caminos de la patrística. Ella es una totalidad y el asunto compartimentador es humano, somos una especie que dividimos para comprender, para vencer sobre las sombras. La luz y las tinieblas conforman el cosmos. No es posible que una exista sin la otra.
No habría el concepto de una sin la otra. Parece que los humanos somos capaces de vivir en las dos. Nuestro viaje por el cosmos, con nuestra nave terrestre, acuática, en torno al fuego del sol y al viento solar, es el mayor poema épico que conozcamos: el poema de la historia.
En La agonía de Europa, la vidente (poeta), más que filósofa, María Zambrano, dejó escrito:
El arte comenzó por ser un modo de ocultamiento y de contraste con lo humano, con lo temible sagrado, adorno y máscara; máscara con sentido mágico. El hombre no se atrevía ni podía seguir a la luz; buscaba conjugarse por medio del arte, aliarse con otros poderes y elementos; iba en busca de matrimonio. Es lo que significan los adornos. Todo adorno tiene un sentido nupcial.
En ese sentido, la poesía también busca el matrimonio entre lo visible y lo invisible, entre la realidad conocida y lo que aún es misterio, entre lo racional y lo irracional, entre el Todo y la Nada, o mejor sea dicho entre el todo y la parte, lo infinito y lo finito, la vida y la muerte. La poesía usa la máscara de la expresión, no es que se oculte ella, sino que no dice la realidad monda y lironda, sin afeites, sino que la embellece o la pasa por el perfil estético, que no es solo embellecer. Lo desconocido puede infundir temor. La poesía entra al mundo de lo incógnito con una fuerza diferente a la que posee el bisturí de la ciencia. Y le da a la ciencia espíritu, inquietud. Ángel de la jiribilla. Vuelvo a Lezama, quien ve en este don angélico de la búsqueda y la inquietud un eros creativo, creador de esperma de grado poético.
Hemos dado humanamente una dimensión ética a la poesía: ella está en el Bien, en lo Bueno. Es bello, poético, el acto de amor. No lo es el asesinato. Curiosamente, se halla poesía épica en la guerra, la gran asesina. La relatividad no solo forma parte de una teoría del siglo XX. En la «eras imaginarias» Lezama comprendía a la cruzadas. Santiago Matamoros podría, sin embargo, corresponderse con la «guerra santa» del Islam.
Lo relativo forma parte de la poesía, no lo repele. Aquello que es poético en una era, puede no serlo en otra por necesidad estética. Las eras de la imago también serían relativas. El pensamiento humano las hace depender de la conformación cultural. El ser, no lo es solo para la muerte de los existencialistas, o para la resurrección, de los cristianos. El ser también lo es para la poesía. Así vista, la poesía no es una frivolidad, un divertissement, un equívoco no fundamental de la especie. Es esencial, conformadora de identidad. Una manera de sentirnos realmente humanos.
Su grado de aprehensión humaniza cada vez más. En los caminos que se bifurcan la poesía puede ser una de las finalidades del recorrido. Si no, hay caminos, sino solo «senderos sobre la mar», también en ello, en lo efímero y circunstancial, hay poesía.