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Pero el poeta ¡Ay! Siguió muriendo

Ricardo Riverón Rojas, 13 de abril de 2016

Frank Abel Dopico murió, tocado por una muerte con la que se dedicó a coquetear, a la que quiso provocar a veces en tono humorístico, a veces de manera grave, a veces como un suicida, últimamente de manera temeraria y dolorosamente irresponsable.
 
Lo conocí en 1983, cuando apenas había rebasado los 19 años. De la mano de Mariana Pérez apareció, chino (o medio indio), sonriente y melenudo, en el taller literario "Juan Oscar Alvarado" de Santa Clara. Traía en sus manos un poema de aires patrióticos, totalmente panfletario, como pensó adecuado para debutar en los predios oficiales. Derivado de aquellos énfasis falaces soportó aquel mismo día, con estoicismo, la paliza crítica que le dimos.

Claro, aquello era solo un paripé suyo, acaso una broma a las que era adicto, como supimos luego, porque a las pocas semanas llegó con nuevos bríos y ya en sus manos traía el poema "La casa a cuesta", con el cual ganaría el premio provincial de talleres literarios en ese año, posteriormente publicado en la revista Contacto (Número 3, 1985):



Era la irreal cuando la tarde
dejaba su rebuzno a las estrellas.
Fue carne y hueso.
La mataron.
Me la llevé a escondidas hasta el humo.
La dejé suplicando en mi camisa.
Era la irreal aun cuando
el viejo bajaba al invisible.
Y no pudieron velarla porque a besos
se la llevó mi alma para un día
en que hagan falta lluvias y pedradas.


 
Aquel rebuzno, primo hermano del "gran relincho" de León Felipe, nos desconcertó a los que pasábamos por ese mal momento que es ser jurado de cualquier cosa. Ya en fuga (o medio derrotado) el arrebato coloquial, ese poema donde una casa rebuzna a las estrellas nos devolvió, sin mucha transición, la ternura subsumida en lo estridente, la calidad espiritual de lo basto. Y así mismo se proyectó el poeta desde entonces, hasta el día final: tierno y destellante hasta la estridencia, pero siempre cálido, humano, solidario y sorprendente. Francisco de Oraá, Milagros Gutiérrez y yo votamos sin vacilación por el poema que como todo lo suyo –hoy lo sabemos– mostraba un extraño regodeo por lo fúnebre:



La casa se entierra por las noches
en un lugar de familias falsas
tapándose su rostro con el piso
y regalando monedas al espejo.
                      (...)
Hay un viejo dormido comiéndose la noche
dos butacas tuyas para un día
y sabores de alcohol pidiendo techo.



Esos sabores del alcohol marcaron (y mondaron) su vida cuando mucha vida debió quedarle. Sus días vividos al amparo del alcohol fueron, en un inicio, alegres, llenos de realizaciones, fuegos de artificio y amores que se hacían visibles solo con despeñar los aludes metafóricos que, como pocos, sabía convocar. Veamos sino una de las décimas de "La moneda se abre en dos" (revista Contacto, No 5, 1987):



Y yo en el borde desfilo
arriesgándome los pechos.
De mis luces quedan hechos,
de tu imán. Tienen el filo
para cortarme del hilo
donde me nutre la muerte.
Tus pechos salvan. Divierte
el saberse no mortal.
Y el equilibrio, al final.
Y yo en el borde, en la suerte.



Vivíamos los mejores días del poeta, la justa gloria que sus dos grandes libros le franquearon (me refiero a El correo de la noche y Expediente del asesino); pero ya su vida no transcurría de manera tan galante: el exceso cobraba tributos. Antes de que el poeta marchara para una larga estancia en España, que le reportaría entre otras ganancias un hijo, comenzó a alejarse de los espacios literarios, pese a que su impronta genial lo acompañaba a todas partes. Y de esos días datan tres de sus más asombrosos poemas, dos de ellos quizás perdidos definitivamente; me refiero a los dedicados a Lenin y a Fidel. Por suerte, también en la revista Contacto (Número 6, 1988), publicamos "Amor de los libres", el tercero de ellos, donde el caos de un discurso que simula neblina en los sentidos cobra una dimensión estética de proteica proyección connotativa:



De aquellas vocales, de aquellos techos miserables,
de tu cuerpo imprudente y desmedido como el amanecer,
queda un olor, no, un gusto por las figuras de bronce,
no, un sabor a piano, a dedos que tocaron el piano,
no, un pulóver rojo, mentira, azul, mentira,
la palabra cristal,
la sagrada misión de ser un ángel, tampoco,
quedan los crepúsculos, no,
los crepúsculos son obra y gracia de los suicidas,
queda polvo, tal vez, sí, no,
queda una risa, una risa que describe un círculo en el agua,
una burbuja, no, una bruja con sus golpes, zas, zas, zas,
no, un beso de treinta y seis minutos bajo la noche de piscis,
no, un animal moribundo en retirada por los sueños,
no, queda el mármol, mármol cantador, no.
Queda eso que los especialistas en literatura llaman recuerdo.
Y tampoco.



Lo que más me interesa destacar en este recuento es esa relación particular que tuvo siempre el poeta con la muerte, nombrándola, convocándola, ¿amándola?, como bien podemos comprobar en muchos de los versos ya citados. También en uno de sus poemas emblemáticos, "Una historia de humor anaranjado": Mi casa siempre se ha alimentado de los muertos. / En épocas de angustia padre los escondía en el trinar de los rincones / y los muertos se turnaban para dormir en el regazo de mi madre.


Si sabemos que su padre trabajó toda su vida de embalsamador de cadáveres en la funeraria Las Villas, y como orador en las despedidas de duelos; que el propio Frank trabajó de sepulturero en el cementerio de Santa Clara, y que una vez hasta hizo un intento de suicidio, advertimos cierto sustento en el impulso autodestructivo que, tras su regreso de España, lo condujo al prematuro y triste final que ahora lloramos.

La casa, la familia, la muerte, el sexo, y una marginalidad iluminada por destellos ontológicos que él supo desentrañar con sus vigorosas y alucinantes metáforas fueron sus temas preferidos, y no solo en sus dos primeros libros, aunque fuera en estos dos (y en el breve cuaderno Algunas elegías por Huck Finn) donde con más originalidad fluyeron. Una vida turbia en su plenitud, plena en su turbulencia puso marcas de excepcional fuerza en su expresión. Yo creo que en muchas de esas páginas se aprecian destellos geniales.

De la calidad de su poética no diré mucho más, si acaso que, como única bondad de la muerte, espero que esta sirva para que alguien ordene y ponga en manos de los lectores toda su poesía, incluyendo lo que en Cuba desconocemos: aquello que seguramente publicó en España entre 1994 y 2008, y también lo que dejó inédito en un libro que pensaba titular "Dinosaurios en flor".

Sus amigos y algunas instituciones de su ciudad, al verlo marchar apresuradamente hacia el abismo, logramos incorporarlo a varios planes de rehabilitación, que él asumió con dispar disposición. Y en sus inicios se apreciaron resultados alentadores, pues recuperó en buena medida la salud, la presencia, la actividad literaria, el empleo, la poesía. Hasta se le asignó un espacio (que no supo aprovechar) en lo que llamaban "la hotelera de Cultura". Mejoró a la vista de todos, ganó el premio de poesía en el concurso Ciudad del Che, escribió otros buenos poemas, dio recitales, conferencias, integró jurados, dirigió con eficiencia la sala literaria de la feria del libro de 2015, trabajó como especialista literario en la casa de Cultura "Juan Marinello", se alimentó bien, halló una compañera. Pero cuando todos veíamos ya como un hecho su total recuperación, volvió a las andadas, con la peregrina y temeraria tesis de que "podía tomar uno y controlarse". El final es este, duro y amargo, aunque no inesperado.

La última vez que lo vi sin que me viera, yo a bordo de un vehículo en marcha y él muy inflamado, le cedía el paso, con gesto galante de mano y rostro, a una señora de edad que venía de frente por su misma acera. Volví a ver en él, pese a la transfiguración patológica, al muchacho de 19 años que nos quiso tomar el pelo con un poema panfletario.

Siempre lo quisimos, y durante sus dos últimos años de vida, casi le suplicamos, con esperanza y desasosiego: "no mueras, te amo tanto". Pero el poeta, ¡ay! siguió muriendo...

Santa Clara, 13 de abril de 2016

 

Editado por: Dino Allende