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La fuerza del perdón

Emilio Comas Paret, 15 de abril de 2016



                                               A mi tío, el reverendo Rogelio Paret

Hay un viejo haikú japonés que dice:
“El rencor es un arbusto ponzoñoso.
Aléjate hasta de su sombra”.

 

Acabo de leer un libro muy peculiar, y con un titulo sugestivo: Dios no entra en mi oficina. Su autor es el reverendo Alberto I. González Muñoz, pastor bautista desde hace cuatro décadas. El texto cuenta con siete ediciones, todas ellas de la Editorial de la Convención Bautista de Cuba Occidental, que reside en La Habana, y aborda un tema quizás poco conocido para las nuevas generaciones, que muestra uno de los momentos más complejos de la sociedad cubana de estos últimos cincuenta años. En noviembre de 1985 un equipo recién creado y conocido como “lacra social” comenzó a reclutar a miles de jóvenes considerados no aptos política y socialmente para ser llamados a las unidades militares regulares. Los mismos fueron enviados a las luego tristemente célebres Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), dedicadas, bajo una férrea y despiadada disciplina militar, a labores agrícolas. Decía Cicerón que  “el pueblo que olvida su historia está obligado a repetirla” y por eso se hacen necesarios textos como este, que saquen a flote delicados asuntos acaecidos que no deben repetirse nunca más.

En el propio prólogo a esta séptima edición el autor declara que: “…no deseaba que (la novela testimonio) fuera utilizada como un documento acusatorio en ningún sentido…” Y más adelante dice: “La organización donde esta historia se desarrolla fue disuelta al reconocerse que había desvirtuado sus propósitos y que ocurrieron en ella hechos lamentables y bochornosos”.

Entre los reclutados para integrar la UMAP se encontraban doce alumnos del Seminario Teológico Bautista de La Habana, y uno de ellos era el autor.
Las historias que se cuentan en este libro son terribles, primeramente no les permitieron despedirse de sus familiares, no les dijeron adonde iban, los subieron a un tren y cada vez que pasaban por un poblado tenían que subir las ventanillas. Cuando el tren se detenía para dar paso a otro vehículo no se les permitía moverse, ni aún ir al baño. Y todo esto arguyendo los oficiales que se trataba de un secreto militar.

Luego de un larguísimo viaje casi sin alimentos, llegaron a un lugar alejado de la civilización, los hicieron formar y uno de los oficiales a gritos les dijo: “ustedes están aquí por tener una conducta errada en la sociedad. Hoy han entrado en esta unidad, pero no se sabe cuando saldrán de aquí”. El oficial también les amenazó con que de no enmendar la conducta hacia el trabajo y la disciplina militar el tiempo de internación podría extenderse indefinidamente. Que el nombre y la dirección del lugar donde estaban era un secreto militar y que por el momento no tendrían comunicación con la familia. Incluso, a los campesinos del lugar se les orientó que no se acercaran ni hablaran con ninguno de ellos. ¿Era en Autswhich donde dicen que había un cartel a la entrada que decía “Perded toda esperanza”?

La conclusión de ese día fue que les dieron hamacas para que durmieran, pero no las sogas necesarias para colgarlas. Luego supieron que estaban en el batey Las Marías, en el municipio de Minas, a diecisiete kilómetros del Central Senado, en Camagüey.

Los métodos que usaron para obligar a los miembros de Los Testigos de Jehová a vestir el uniforme militar fueron propios de los campos de exterminio nazis, y lo increíble es que aquellos que los aplicaban eran tan cubanos como nosotros, y hasta creían en el sentido de la justicia. Es contundente la  sentencia de Unamuno de que el hombre es él y su circunstancia.

La primera visita oficial de la familia a los ¿reclusos? se realizó a los noventa días de estar cortando caña, con un régimen de trabajo que en las noches de luna llena comían en el campo y seguían trabajando “hasta que se viera”. Llegaron a trabajar 17 y 18 horas diarias.

A los reclutas que no obedecían o faltaban el respeto se les encerraba desnudos en unas letrinas pestilentes, y en la madrugada, uno de los sargentos del mando se especializaba en llenar un tanque vacío de 55 galones a cubos de agua durante el día, para en la madrugada, con un intenso frío, echarles agua encima a los prisioneros.

El título del libro nace durante un episodio sucedido en la Agrupación de Vertientes, y el autor lo cuenta con mucha acierto y buena factura, por eso voy a transcribirlo:

Cerca de las diez de la noche, mientras servía como ayudante del Oficial de Guardia, vi llegar a una mujer a la oficina. Era ya mayor, bien vestida, traía una pesada jaba que encorvaba su cuerpo al caminar. Salí al portal a ver qué quería. Me explicó que unos reclutas compañeros de su hijo le habían avisado que este había tenido un problema y lo habían trasladado. Cuando supo la noticia, muy preocupada, porque ignoraba específicamente qué problema había tenido su hijo, había viajado de La Habana, a Vertientes, desde el anochecer del día anterior. Llegó después de veintiséis horas de viaje muy angustiada y cansada.

Le avisé al jefe de personal que milagrosamente se dispuso a atenderla a esa hora… y el oficial se negó a darle cualquier informe.
Cuando terminaron la visita y ya en la puerta la mujer le suplicó llorando:
- Por favor, usted seguramente tiene hijos, solo quiero  saber dónde está y qué sucedió.
- Cuando su hijo le escriba él le dirá, ciudadana. No puedo informarle nada más.
- Pero yo he venido desde La Habana hasta aquí para saber.
- Pues váyase por donde vino, señora. Nadie la mandó a buscar. Regrese y espere carta de su hijo que él ya es un hombre.

- Ya Dios me hará saber de mi hijo, teniente, se lo aseguro.
- ¡No sé cómo! Dios no entra en mi oficina.

Concluyendo, este es un texto lleno de amor, donde no existe el rencor, ni el deseo de venganza, ni el odio, ni la amargura, en él se pone de manifiesto una cualidad que el hombre alcanza o no alcanza, pero cuando la posee lo hace enormemente fuerte, que es la posibilidad de perdonar. No obstante, existe el plausible deseo de dejar bien claro hasta donde puede llegar la inmundicia en un hombre ignorante, mediocre, fanático y con poder.

Es un testimonio novelado bien escrito, aunque el autor declara que no es un escritor profesional, tiene garra, emociona hasta las lágrimas, las descripciones están bien logradas, la ambientación es adecuada, y a veces la poesía se impone en el lenguaje testimonial sencillo y sin oropel.

El miércoles 1 de setiembre de 2010, el diario Granma publicó en su página 4 la segunda parte de le entrevista que Carmen Lira Saade, directora del diario La Jornada de México, le hiciera al comandante Fidel Castro. Hay un momento de la entrevista en que la periodista le pregunta a Fidel  sobre la creación de la UMAP:

Carmen: ¿Quién fue por tanto el responsable, directo o indirecto, de que no se pusiera un alto a lo que estaba sucediendo  en la sociedad cubana…?

Fidel: Si alguien es responsable soy yo… Es cierto que en esos momentos no me podía ocupar de ese asunto… Me encontraba inmerso en la Crisis de Octubre, en la guerra, en las cuestiones políticas.

Carmen: Pero esto se convirtió en un serio y grave problema, Comandante…

Fidel: Comprendo, comprendo – repito—nosotros no lo supimos valorar… sabotajes sistemáticos, ataques armados se sucedían todo el tiempo, teníamos tantos y tan terribles problemas de vida o muerte, ¿sabes?, que no le prestamos la suficiente atención.

El 29 de junio de 1968, a las cinco de la tarde, dieron la indicación de terminar el trabajo y salir del campo. Había llegado la orden de desmovilización total de la UMAP. Hasta los jefes disfrutaron de la alegría general, porque  de alguna manera ellos también estaban castigados.

Quiero terminar este trabajo con unas palabras finales del autor que ponen de manifiesto el objetivo que transversalmente recorre el libro: “Haber sido víctima de atropellos no me incapacitó para ver que allí todos no eran iguales. Conocí oficiales dignos, que desde su punto de vista intentaban realizar su trabajo lo mejor posible. Ellos se abrían cuando se presentaba la oportunidad a una relación de afecto, y ayudaban a los reclutas hasta donde podían. Del mismo modo conocí a otros cuyas vidas, costumbres y actitudes estaban lejos de manifestar humanidad”.

Definitivamente les recomiendo la lectura de este ameno y desgarrante texto, que realmente debiera ser del conocimiento de todos los cubanos amantes de la libertad y la justicia. No debemos asumir prácticas fallidas de otras latitudes, que puedan oscurecer el panorama luminoso que ganamos hace cincuenta y cinco años, y que hoy todavía lucha por hacerse definitivo.