Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 7 de diciembre de 2019; 8:11 PM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 174 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Nada podrá contra la vida

Ricardo Riverón Rojas, 26 de abril de 2016

El 19 de marzo de 1967, el poeta guatemalteco Otto René Castillo murió con apenas treinta y un años, enrolado en una causa que consideró justa. Pero mucho más trascendente que su trágica dedicación al proyecto de lucha guerrillera, que asumió con plenas conciencia y consecuencia, me parece destacable que de manera tan auténtica se valiera de la poesía como brújula para su intenso y breve itinerario vital. El pasado 25 de abril se conmemoraron los 80 años de su natalicio.

Algunos con buena intención, otros quizás apartando la vista, han dicho que esa temprana muerte impidió que concretara una obra de madurez. Pero pasaron las décadas, miramos con otros ojos el hoy y el ayer, y la poesía de Otto René Castillo ha superado todas las pruebas. Además de la del tiempo (la más importante), remontó la de los malos augurios que le vaticinaron un colapso similar al que sufrió la tesis de la lucha armada en que creía. Y rebasó también –con prolífera cartera de lectores naturales– la de los apologistas a ultranza que valoran más su valentía y entrega a una causa política que la extraordinaria fuerza poética vigente en sus textos.

Que la trayectoria de cada ser humano merece ser evaluada a tenor con la máxima orteguiana de «yo soy yo y mi circunstancia» se lee, cada día más, como lugar común. Pero, del dicho al hecho –como del suelo al cielo– «el trecho es muy estrecho», y quizás por eso, para mal, son frecuentes las valoraciones sobre la vida de este poeta en las que se le juzga sin consignar la coyuntura histórica que le condicionó.

A la hora de valorar el fenómeno literario que fue Otto René Castillo, si se quiere potenciar la simbiosis vida-obra, no debe perderse de vista que le correspondió una época en que la izquierda latinoamericana, en clara vendimia de potencialidades, se guiaba por las coordenadas que trazaba la aún joven Revolución Cubana.
 
El modelo cubano se instituyó como referencia obligada para muchos jóvenes idealistas que asumieron de esa forma el reto de desmontar, a través del uso de las armas, la deformación estructural de nuestras sociedades post y neocoloniales. Y en el caso de Otto René Castillo, como vivió muy de cerca el fiasco intervencionista sufrido por su país tras las frustradas reformas del gobierno de Jacobo Arbenz, en 1954, no resulta sorprendente que aquellos ideales alimentaran, hasta el encandilamiento emocional, su ejecutoria lírica y revolucionaria.

Lo antes dicho tipifica también el caso de un buen número de poetas como Javier Heraud, Leonel Rugama, Rony Lescouflair, Ibero Gutiérrez, entre otros. De ellos da testimonio una antología titulada Poesía trunca, que preparó Mario Benedetti y publicó la Casa de las Américas en 1977 y 2007 (ampliada esta última).

Mucho se ha debatido desde entonces sobre la legitimidad de esos movimientos, en torno a su evolución, degeneración y también sobre la permanencia de las circunstancias que los hicieron nacer. No tomo parte en el diferendo, solo aspiro a «salvar» a los poetas de una muerte literaria políticamente condicionada por el fracaso de la guerrilla.
 
Pudiera parecer que me contradigo. Pero insisto en que, si malo me parece alejar la trayectoria vital del poeta de su circunstancia, no menos malo me resulta seguir atando, para el siempre jamás y como castigo divino, la trascendencia de su poesía a las coyunturas que alimentaron sus ideales. La poesía es un arte que se escribe para siempre: un siempre que ni es hoy, ni es ayer, ni es mañana, sino suma selectiva de lo acontecido y atesorado en la subjetividad. Y es en esa ecuación donde el poeta esparce, en dura lucha con el lenguaje, las esencias humanistas en las que cree. Por tal razón me gusta analizar (¿sentir?) también la obra de Otto René Castillo como si su vida no hubiera sido lo que fue en tanto revolucionario, sino como el libreto espontáneo que le dictó su hondo humanismo:



Nada
podrá
contra esta avalancha
del amor.
Contra este rearme del hombre
en sus más nobles estructuras.
Nada
podrá
contra la fe del pueblo
en la sola potencia de sus manos.
Nada
podrá
contra la vida.
Y nada
podrá
contra la vida,
porque nada
pudo
jamás
contra la vida.
1


Esa «avalancha del amor», ese «rearme del hombre en sus más nobles estructuras», esa «fe del pueblo en la sola potencia de sus manos» no son ideales privativos de una política u otra. Con ellos podríamos identificar a muchos otros poetas que integran, sin duda, el panteón universal. Pensemos si no –solo un caso– en Miguel Hernández; sobre todo en su poema «Vientos del pueblo».

Los temas que más claramente identifico en la poesía de Otto René Castillo, son, digamos: el dolor, la certeza de una temprana muerte, la disyuntiva amor-deber, el goce de degustar cada minuto, cada paisaje, como si cada primera vez que se parara frente a ellos fuera la última. Su premonitoria certeza del martirologio está, por ejemplo, en «Sabor a luto»:


 
Tú no sabes,
mi delicada bailarina,
el amargo sabor a luto
que tiene la tierra
donde mi corazón humea.
Si alguien toca a la puerta,
nunca sabes si es la vida
o la muerte
la que pide una limosna.
Si sales a la calle,
puede que nunca más
regresen los pasos
a cruzar el umbral
de la casa donde vives.
Si escribes un poema,
puede que mañana
te sirva de epitafio
[p. 334].



Y más claramente en estos otros de «Uno es así de extraño»:



Tal vez
cuando tú vuelvas,
ya me haya marchado
para siempre de la vida,
sin que tú lo comprendas,
ni yo lo haya querido [p. 325].



Su capacidad para hacer, de cada segundo, un fragmento atendible de la vida podemos hallarla a lo largo de toda su obra. Así, de su exilio berlinés nació el hermoso texto «En Berlín, la primavera llega»:



Todos los años
en Berlín,
cuando la primavera
se acerca de puntillas
a la espalda de la ciudad,
los jardineros
vienen con sus flores
a sembrar
la alegría en los jardines
[p. 74],



Afirma al inicio del texto, para un poco más adelante continuar con su inventario de deslumbramientos:



Ahora hasta podríamos
decir que todo canta.
Es la primavera alemana
en la ciudad Berlín,
la que lo cambia todo
con el aroma
de su juventud sonora
[p. 77].



Por otra parte, en el poema «Respuesta» deja claro su vínculo con la «gente sencilla» de su pueblo: un vínculo que, a mi modo de ver, no puede leerse solo –ni apartado de– su ruta política. No obstante hago abstracción de ambas prerrogativas y suscribo ese vínculo como el lazo visceral que configura algo tan abstracto, y a la vez tan innegable, como esa confluencia torrencial donde la identidad compartida cobra espesor humano:



Amo a la gente sencilla de mi pueblo,
porque son sangre que necesito
cuando sufro y me desangro;
hombres que me necesitan cuando sufren.
Porque nosotros somos los más fuertes,
pero también los más débiles. Somos la lágrima.
La sonrisa. Lo dolorosamente humano. La unidad
de lo mejor y de lo más deplorable. Lo que canta
sobre la tierra y lo que llora sobre ella
[pp. 256-257].



Son los suyos, en su mayoría, versos de aire entrecortado, que marcan a sus creaciones con un jadear de encabalgamiento angustioso, enlazado a una engañosa ligereza de arte menor que entra en feliz contrapunteo con la gravedad de lo que sentencia. Tal proceder estilístico da fe de su oficio, tempranamente maduro, y de su convencimiento de que la poesía es un arte connotativo por excelencia, que muestra más por lo que comunica con diversos signos (a veces el del silencio) que por lo que dice. Resulta evidente que este poeta sabía, y por tanto sentía, que el poema es más que las palabras con que se construye, convicción que supo usar con notable maestría:



Compañeros míos,
yo cumplo mi papel
luchando
con lo mejor que tengo.
Qué lástima que tuviera
vida tan pequeña,
para tragedia tan grande
y para tanto trabajo.
No me apena dejaros.
Con vosotros queda mi esperanza
[p. 378].



Resulta significativa una caracterización que de su vida y obra aportó Roque Dalton, otro poeta centroamericano también caído tras los mismos empeños, pero a manos –o frente a las armas– de sus propios «camaradas»:



Extrovertido, vital, de personalidad fuerte y simpática, no fue, sin embargo, una figura exenta de los errores y las debilidades de los jóvenes revolucionarios centroamericanos de su época. Su afán de vivir intensa y apasionadamente la vida, le cobró su precio frente a la severidad de sus camaradas mayores en edad y experiencia y le significó conflictos, desgarramientos, problemas. Sus camaradas jóvenes le aceptaron siempre, por el contrario, en su rica totalidad humana, necesariamente contradictoria con el medio. Quizás el motivo más importante de citar este aspecto de su personalidad sea el de salvarlo del riesgo, que puede propiciarle su muerte admirable, de pasar a la historia como un santón, como uno de esos personajes planos a que nos tiene acostumbrados el apologismo póstumo [p. 9].



No fue la de Otto René Castillo, por tanto, una vida que podamos analizar con tintes monocromos, como tampoco lo es su obra. Intacta permaneció –eso sí– en limpias magnitudes humana y literaria, su capacidad de hacer consecuentes y confluyentes vida y expresión poética. De ambas podemos decir que se fundieron en un tono optimista para convocar al futuro (utópico o secuestrado) y elegirlo como pira donde debían resplandecer y arder –en el sentido literal, si recordamos la forma en que murió– su manera de entender la permanencia de la poesía como un proceso que rebasa la extensión de una vida. Por eso, el tono premonitorio de quien sabe que su palabra le dará nueva vida a su vida, y a sus circunstancias, se torna tan auténtico y altruista cuando concluye:


 
Estoy seguro.
Mañana, otros poetas buscarán
el amor y las palabras dormidas
en la lluvia
[p. 145]. 



Nota

1-Otto René Castillo: «Comunicado», Poesía, prólogo de Roque Dalton, 378 pp., Casa de las Américas, col. La Honda, La Habana, 1989, sin ISBN, p. 281. Todas las citas proceden de este libro. En adelante solo se indicará los números de página.


Editado por: Dino Allende