Poesía: la sombra y la luz
«Así como la sombra es necesaria para embellecer, así también lo sombrío es necesario para iluminar», dejó dicho Nietzsche en Humano, demasiado humano. Esta es una contradicción afín con la poesía: lo luminoso de las tinieblas. Quizás por ello el nocturno es un tono lírico que ha acompañado al género literario llamado poesía desde la antigüedad, junto con la elegía. De modo que los poetas pueden ver en las tinieblas, y si Dios fue poeta, esto fue lo que hizo: sacar de allí la luz que en las tinieblas mismas había. Y en la luz se puede apreciar la diversidad del mundo, del cosmos, de la existencia.
Claro que hay poesía de la luz, así puede enunciarse el Cantar de los Cantares atribuido a Salomón. Y hay poesía de las sombras, como se advierte en el egipcio Libro de los muertos. Solo debe llegar el poeta que desentrañe lo que de poesía haya allí. Cuando Dios-poeta la halló tanto en las tinieblas como en la luz, encontró que esto era «bueno». No se sabe bien si tal palabra implica sentido de eticidad o de belleza. Los poetas otean, presienten, visualizan, no todos son iguales, por supuesto. Grupos de ellos son como videntes, ven iluminaciones, relámpagos y esos relámpagos visualizan imágenes que se tornan poemas. Otros ni siquiera ven, solo intuyen, prefiguran, presienten. Algunos llegan a grados solo emotivos, expulsan poemas como latidos, como la respiración. Otros quieren comprender intelectivamente la realidad, pero no siempre saben bien para qué.
Casi todos miran entre sombras, ven lo que otras personas no, y lo que ven no son fantasmagorías, sino una realidad como verdad enriquecida. Algunos refinan los sentidos o se abren a la precognición. Todo en torno está oscuro, pero hay algo que quiere expresarse. El horno solar irradia en torno luz enceguecedora, pero esa luz se quiere expresar. Los poetas son como radares o, como un médium, captan y transmiten, pero lo hacen convirtiendo el «mensaje», si lo hay, en arte. En la oscuridad no todo se define con claridad y así como hay personas herméticas, también algunas son poetas. Hay poetas con ciertas dotes de profetas. Los elegíacos miran hacia el ayer, los profetas miran hacia el mañana. No es sencillo hallar poetas del presente absoluto, de lo instantáneo, del fogonazo de la realidad vivencial, de los sentidos abiertos a tenaces aquí y ahora. En Martí la luz es «la estrella que ilumina y mata», él no quería estar en lo oscuro, pero advirtió la densidad de las sombras y no en todas ellas entrevió el Mal.
Si un poema --supuesto recipiente de poesía-- toca la realidad y ve en ello la Verdad, no es una verdad definitiva lo que aprehende, sino una vibración del Universo. Por esto la poesía, que termina por ser una relatividad del cosmos, no es solo una cuestión de versos o de palabras. ¿No se aprecia en la química de los elementos, en las explosiones de supernovas, en el misterio inefable de los agujeros negros? Cuando Pascal miró hacia el cielo nocturno y se sintió aterrado, el poeta crujió ante una verdad que lo superaba, que lo convertía en filósofo: la soledad de los espacios infinitos sobresale por sobre cualquier pequeña e inmensa soledad humana. Las luminarias ofrecen el terror de la belleza. Es la belleza en bruto, que no sabe nada de su existencia ni de su «valor», como un diamante. Pascal reflexiona junto a una llamita que el viento mueve. Lo abrumó tantísimo misterio y su pluma era leve, falible para describir tanto. Es el junco que tiembla.
El misterio puede ser aquello que hasta ahora nos resulta desconocido, o mejor, inexplicable. Supongo que Nicolás Flamel, bajo el don de la eternidad, habrá llegado a otras conclusiones. El bueno de Nostradamus prefirió la noche para, con una varita, mover un líquido que le iba a revelar, espejo mágico, grandes tiradas de sucesos futuros, casi todos trágicos. La señora Blavastki interrogó al cristal, supongo que de noche. Cuando ella veía sucesos tan terribles como los de Nostradamus, tomaba un mazo y quebraba el cristal, así no ocurrirían nunca. La noche es la hora de las brujas, el aquelarre se llena de misterios dionisíacos, y lo que en el bosque es una rama en el día, en la noche figura una garra. Paracelso se oprime las sienes porque tiene dolor de presentimientos. Él no pudo hallar el punto de unión entre un íncubo y la luz, ni sabe cómo un ángel se relaciona con un perro. Inventó una línea recta que viaja hacia la luz. Tampoco Einstein pudo hallar la Ley de Leyes.
Todo ello pervive en las sombras. Las tinieblas guardan esos tiempos, esos misterios, los cosechados en el interior de una pirámide, los rudos sofismas de los vikingos. Esos misterios se cubren de luz y por eso no se pueden ver. Solo tiene que venir el poeta y develarlos. En ese sentido, la poesía es intemporal. Como los son los universos.
Julián del Casal lanzó un reguero de desolación en torno y avivó sin saberlo las fuentes negras de Baudelaire y Rimbaud. Él, sin embargo, adoraba a Verlaine, el músico, el que logró hacer cantar a las palabras. El dolor hizo germinar en lo oscuro la desolación de la poesía, aquella que Gabriela Mistral dejó sembrada para cosecha del llanto, el llanto que León Felipe llamó viril, quijotesco, perenne dolor humano, sed de la especie en su planeta. La poesía comprende como ninguna ciencia, ninguna técnica, ninguna religión estos desafueros de la realidad, estas oscuridades, estas tinieblas, esas luces cegadoras. Solo ella ve donde no se ve, incluso tras el relámpago que siega, el de la muerte.
Habría que decir que la Belleza suma sería la Gran Explosión, el Big Bang creador, la luz saliendo de las tinieblas. ¿Alguien puede imaginarlo? ¿Siquiera comprenderlo completamente? No existe «antes» y todo es «después», ¿algo puede ser más absurdo? No para la poesía. Ella sabe que esta piel mía de alguna manera estuvo allí, en el destello insólito, donde nacieron el espacio y el tiempo. Si ya existió «allí», seguirá existiendo tras yo disolverme en la eternidad. La poesía sabe que en la eternidad no hay muerte. La meta no es el olvido, es la eternidad. Se ha equivocado Borges.
Los pitagóricos ni soñaban que también las estrellas mueren, y nosotros sabemos que hasta las galaxias perecen, de las cuales ellos no tenían noticias. El poeta es una estrella, irradia luz en torno, gira. Vibra en su propia energía, la energía poética. Los pitagóricos y los poetas conocen sistemas parecidos, misterios en suma, una aritmética de lo misterioso, del numen, nombre, número, palabra mágica, poema. Pobre del ser que no vibre ante el misterio. Pobre de quien piense que el misterio no existe. Siempre existirá, porque es eterno, como los universos. Y la poesía yace en esos misterios. El ser no puede aspirar a otra eternidad que la del misterio cósmico y disolverse en él. En ello debe de radicar la esencia de lo que debiera de ser poesía. Goethe pedía más luz al morir, se hundía en el misterio, en las sombras de la disolución, en la parálisis de su vida. Luz, más luz, aún debe estar pidiendo el dios de la creación cósmica. ¿De dónde sacar más luz sino de las inmensidades de las tinieblas?