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La escritura desautomatizada de Legna Rodríguez

Marilyn Bobes, 24 de mayo de 2016

No sé cuántos lectores podrá tener el libro No sabe/no contesta de Legna Rodríguez Iglesias publicado recientemente por la Colección G de la editorial Cajachina, sello del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso.

Como dijera Gilberto Padilla en la presentación de este volumen en la Sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC, a la joven autora, recientemente galardonada en el Concurso Casa de las Américas en el género de teatro, se le ama o se le detesta.

Y es que su escritura intergenérica, casi esquizofrénica en su afán de desautomatizar no ofrece ningún tipo de comunicación con el receptor que no sea el desafío de enfrentarse a un nuevo modo de decir de absoluta ruptura con los esquemas tradicionales.

Sin argumentos, repitiendo constantemente oraciones y hasta párrafos completos, inventando palabras y recurriendo a lo escatológico como recurso desinhidor, el volumen es el resultado de una búsqueda en las esencias del lenguaje donde los sugnificantes parecen más importante que los significados.

Estos últimos no obedecen a la utilización de la palabra como un medio sino como un fin en sí misma hasta el punto que la autora inventa vocablos para expresar aquello que aparentemente no puede hacer con los ya existentes.

Estas invenciones aportan niveles de sugerencia en los que la lógica no puede penetrar y nos convocan a una nueva manera de leer, angustiosa y, por momentos exasperante pues no hay argumentos: solo estados emocionales, confrontación con la realidad y reflexiones inesperadas en uno u otro momento de un texto siempre encabezado por la autoficción.

No sabe/no contesta reune catorce relatos que son homenajes a escritores leídos y hasta no leídos por Legna Rodríguez.

Pero no se piense que en ellos se parodia o se imita la escritura de cada uno de sus referentes. Más bien se realiza una operación de interpretaciones muy personales en que la realidad circundante se introduce en contextos más bien abstractos, en los que la identidad es solamente personal.

Y en este intimismo nada lírico sino desarticulado y obstinado en la destrucción de los elementos convencionales del cuento o la poesía es donde debemos buscar las claves de una cosmovisión originalísima aun cuando su lectura solo nos deje preguntas y perplejidad.

En la nota que coloca el editor en una de las solapas del volumen se nos advierte que esta escritora “en vez de escribir cuentos, novelas o poemarios dice que no, que preferiría no hacerlo…y publica libros bastardos.

Pero no es, en mi opinión, la bastardía la característica más sobresaliente de la escritura de Legna Rodríguez sino lo que añade a continuación Gilberto Padilla, editor, además de cómo ya dijimos director de la Colección G.

“Sus historias—dice en referencia a Rodríguez.--- son el reino del desperfecto: nada funciona, secretos atroces revientan como pólvora, el amor disfraza el despotismo o la perversión”.

Al referirnos a este libro no podemos dejar de mencionar la novedad que también acompaña a su factura.

Diseño totalmente anticonvencional de Michelle Miyares Hollands, una contracubierta que atesora una obra de la joven artista de la plástica Mabel Poblet y que de acuerdo a las normas debió figurar en la portada y una tipografía creadora que resalta la intencionalidad de los textos desde el punto de vista del editor.

Hacer una valoración crítica de una escritura tan rara no resulta fácil.

Me temo que este libro, al menos en el presente, no tendrá una gran mayoría de receptores dispuestos a aceptar una estética que por momentos es demasiado agresiva, demasiado introvertida para que se produzca entre la autora y sus lectores algún tipo de comunicación.

Enajenada por el lenguaje, Legna Rodríguez se olvida de dirigir sus relatos a algún lector, por más culto e identificado con la escritura de vanguardia que este sea.

Me parece que es su libro más difícil. No obstante la gran originalidad de su modo de hacer puede deparar esas sorpresas que el futuro depara a los osados. Y no cabe duda que osadía es lo que le sobra a Legna Rodríguez, un nombre que ya se impone entre los más jóvenes y que los más viejos tenemos el deber de tomar en cuenta, aun cuando sus intenciones sean demasiado oscuras para las poéticas de los que la antecedemos.

Hay que leer este volumen desprejuiciadamente. Solamente de este modo podremos asimilar sus virtudes aun cuando todavía no tengamos la capacidad de comprender a su autora en todo lo que de revolucionario su escritura nos trae.

Editado por Heidy Bolaños