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Detalle de poética en Oscar Wilde

Virgilio López Lemus, 02 de junio de 2016

Una estatua se enamora de una golondrina, mientras el ave le sirve para los actos de piedad sobre la pobreza en torno. La estatua de un príncipe feliz se sensibiliza ante las conversaciones de los niños hambrientos de la ciudad donde ella muestra joyas en los ojos y en la empuñadura de su espada. Así el poeta ante la miseria ambiente. El poeta podría ser el príncipe, y el simbolismo de los ojos con joyas lo distingue en un medio donde se laza la impiedad. La golondrina, o la poesía, nunca viajaría a Egipto, presa ya de su amor por la estatua impoluta, y muere a los pies del príncipe. El simbolismo es evidente.

Oscar Wilde (1854-1900) tejió este cuento de «El príncipe feliz» para algo más que la belleza del relato: él miraba a su entorno londinense y veía la pobreza, el hambre de una infancia que lloraba su necesidad. El dandi era sensible a la desdicha ajena. El poeta desdobla la imagen de su mundo injusto sin buscar la causa de aquella penuria. Pero al menos la consignaba cuando otros desviaban la mirada hacia cualquier lugar. No era necesaria al artista hacer pieza de sociología. El creador que habló tan duramente de sí mismo en De profundis, cuando lo lanzaron al lodo de la prisión por su orientación sexual, alcanzó el brazo de la poesía en su relato del príncipe feliz y armó un poema-narrativo. Algo diferente del poema en prosa que inauguraron Baudelaire y Aloisus Bertrand.

El poema relato usa de las mismas figuras tropológicas que cualquier texto lírico, pero en él hay personajes y sucesos: una estatua, una golondrina, el medio ambiente londinense, la mirada hacia la miseria, el despojamiento de la riqueza inútil. La belleza de lo narrado tiene dos funciones: estética y ética. El poeta no hace una pancarta, no sale en manifestación, escribe con fuerza sobre la injusticia en torno de sí. No había que pedirle un «manifiesto», pues ya el cuento mismo lo es, y de altos quilates literarios.

La imposibilidad de que una estatua ame y que una golondrina muera de frío por ese amor se alzan en la dicha del relato. El artista capta y expresa y convierte en arte de la palabra al supuesto amor rodeado de piedad y de maravilla. Otro sentido del arte lleva a la estatua, por piedad, a desnudarse de sus abalorios, de sus piedras preciosas, del oro que la cubre, en función de mitigar el hambre de la infancia en torno. ¿Hay derecho de tanto lujo cuando los demás mueren de necesidad? El sentido franciscano que se cubre con este relato se impulsa sobre los poderes enriquecidos a costa de la pobreza de los demás. No es un atentado contra el gran arte que el hombre crea en su camino terrestre, sino a favor de que se reparta la riqueza y el arte continúe en democrático crecimiento. Wilde muestra otro tipo de riqueza: la espiritual, la estatua no deja de ser hermosa porque se desprenda de lo que no es sustancial en ella. Tampoco la poesía engalanada o demasiado recargada de abalorios perdería mucho con el impulso creativo de la sencillez y la expresión de lo que vale de veras en el alma humana.

El príncipe feliz aprende a expresarse mediante sus dádivas, por medio de su desnudez enriquecida por la bondad. El poeta se desnuda también, abre sus alas ante la belleza de la solidaridad, de la entrega textual. El poema es asimismo una joya, una entrega en favor del bien social. El poema no tiene que ser político o comprometido para darse. La poesía tiene una franca función social, porque nace de manera inevitable en el fragor de la vida. Quizás sea un tour de forcé ver en el príncipe al poeta, quizás sería mejor hallarlo en la golondrina, la que renuncia a todo (incluso el sueño) en favor del bien y la belleza ética.

Oscar Wilde luego se confundiría en medio de regaños «al otro», con cierto grado de soberbia nacida del dolor, cuando desde la cárcel de Reading debió de ver volar las golondrinas, mientras escribía De profundis. Ese es el libro en el que él, como la estatua del príncipe feliz, se desnudó ante el mundo. ¿Qué más tendría que ocultar? Poeta hasta en lo recóndito del lodo social, miró hacia su propia miseria y saldría de allí cambiado, sin los abalorios que le donaba su vida londinense anterior. Dejó de ser príncipe y sobre todo feliz, o quizás tan solo lo segundo.

Su tumba parisina en el famoso cementerio Père Lachaise, uno de los más visitados por el turismo mundial, ha sido protegida, su belleza escultural era manchada por besos con rouge de sus admiradores de todo el mundo, que pasaban por allí y querían dejarle testimonio a la estatua, a la desnuda, a la que se batía en forma de piedra contra la eternidad. El falso Sebastián Melmoth no fue estatua de nadie. Su relato «El príncipe feliz», de 1888, era su mejor alegoría.

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