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Juan de Mairena y la poética machadiana

Virgilio López Lemus, 23 de junio de 2016

Entre las lecturas que ofrecen riquezas se halla Juan de Mairena, libro en prosa de Antonio Machado (1875-1939). Una excelente edición fascimilar de la Universidad de Andalucía, en Baena y en 2014, devuelve el magnífico libro de horas, de buen y bien pensar del gran poeta. Heterónimo inevitable, Mairena opina de tan diversas cosas que pareciera una enciclopedia humana. La prima edición (Madrid, Espasa Calpe, S. A., 1936) se ve aumentada en la nueva publicación por una presentación de Eugenio Domínguez Vilches y una introducción de Ian Gibson, de modo que las «Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo» están calzadas con lujo. Valor añadido, las reflexiones en torno al libro machadiano ayudan a leerlo con mayor profundidad de miras.

Bellas reflexiones, el espíritu humano se desdobla así en la poesía de la reflexión, en la especulación o la opinión libre de ataduras académicas, como conversando en la esquina, mientras hacemos labores del día. Machado usa una prosa clara, de comunicador eficiente, de profesor a veces erudito y otras directo como un lanza de palabras. Allí el enfoque poético se ve circuido de opiniones políticas, anécdotas con jugo, vida en torno. Uno se sorprende con algo así: «En política como en arte, los novedosos apedrean a los originales» (p. 22), porque «La vida es lucha, antes que diálogo amoroso. Y hay que vivir» (p. 43).

En ese sentido de la praxis crece para Machado la poesía, que fue su mejor razón de vida, a la que Mairena entiende como «diálogo del hombre con el tiempo» (p. 48). No se ha de esperar rectas de construcción de textos para «talleristas» alucinados. Por lo que el poeta solo reitera: "La poesía es  --decía Mairena-- el diálogo de un hombre con su tiempo. Eso es lo que el poeta pretende enternizar, sacándolo fuera del tiempo, labor difícil y que requiere mucho tiempo, casi todo el tiempo de que el poeta dispone». (p. 60) Y si se lee bien, se observa el valor de diálogo, de conversación, de coloquio que se le da al hecho poético, en tanto la palabra se prefigura y luego se convierte en poema, obra de arte que «pretender» eternizar, hacer eterno a lo efímero, al «instante raro», un platicar solo, que es como querer «hablar con Dios un día», según verso machadiano en otra obra suya.

Y Mairena recuerda con sutileza a los alquimistas, en busca del oro filosofal, cuando dice que «lo poético, en el poeta mismo, no es la sal, sino el oro que, según se dice, también contiene el agua del mar» (p. 94). La búsqueda de ese «oro de letras», de esa «piedra» expresiva esencial, palabra mágica, Verbo de la creación, resulta ser el oro de que habla, en tanto el poeta se topa con la sal, doble lectura sobre lo salado de la circunstancia o la sazón de la existencia, quizás lo primero, porque lo que se busca es el oro, el arte disuelto en un mar del tiempo y del espacio donde se fija el desarrollo vital. 

Recuerda a Fernando Pessoa sin recordarlo exactamente, cuando dice y cuestiona que: «Pero, además, ¿pensáis --añadía Mairena--  que un hombre no puede llevar dentro de sí más de un poeta? Lo difícil sería lo contrario, que llevase más que uno» (p. 139). Nos da en pensar en el múltiple Pablo Neruda, que jamás armó heterónimo alguno, pero en sus libros se descubren varios poetas. Machado mismo reflexionó al respecto en versos, y busco alter ego en apócrifos que no llegan a ser exactos heterónimos como los del genio portugués creador de una legión de poetas que fueron todos él mismo. Al «yo soy otro» de Arturd Rimbaud algunos han respondido: «yo soy los otros», o «somos nosotros». Multitud fueron Walt Whitman, Rubén Darío, Nicolás Guillén, Rainer María Rilke, quien, además, se refería a los ángeles (que prefiguró también Rafael Alberti) como entidades que asumían interés para la palabra lírica. Machado habla de esas «mayorías» que hay en el alma del poeta, como representante de una especie compleja, depredadora y capaz de mirar hacia las estrellas.

Por eso mismo Mairena reflexiona sobre concurrencia de temas, porque todos están enlazados con la poesía, constituyen base de la poética, se aproximan hasta, en algunos casos, convertirse en poema. No hay que extrañarse, pues, de una reflexión como la siguiente: «No os asustéis. El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas» (p. 9) Así el daimon de la poesía.

Juan de Mairena personaje y libro conforman una unidad de pensamiento que no puede soslayarse a la hora de querer entender mejor al mayor de los hermanos Machado, al pueblo español, a la especie humana. No escribe un filósofo o un maestro de sabiduría. Tan solo nos habla el poeta. Aplica el sentido cognoscente del hecho poético, en el que se debate todo, desde la existencia cotidiana de la compra de víveres, hasta los sueños que se tornan pesadillas o sublimaciones. Juan de Mairena no es un anexo de la obra machadiana, sino un pilar.  

 

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