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María Elena Llana: una cuentista de altos quilates

Marilyn Bobes, 28 de julio de 2016

Apenas mediática, sin haber ganado todavía el Premio Nacional de Literatura que, en mi opinión merece, pero con una obra que ni los lectores ni la crítica pueden dejar de visibilizar en el actual panorama de las letras cubanas, María Elena Llana ha cumplido ochenta años y puede sentirse más que satisfecha de sus resultados como escritora.
   
La conocí hace mucho, cuando fue la jefa de mi redacción en la agencia latinoamericana de noticias Prensa Latina, y a ella debo no pocas lecciones de buen periodismo, porque además de una cuentista de altos quilates, María Elena es una profesional de la palabra, cualquiera sea la forma en que su escritura se manifieste, ya sea en la crónica o el reportaje o en los guiones de radio y televisión, donde sus aportes han sido también muy dignos de tener en cuenta incluso pese a la subestimación que se suele adoptar frente a estas difíciles y muy dignas disciplinas.
   
Hace unos días, hablando con el poeta Luis Lorente, este me dijo que en la obra de Llana hay algunas piezas que el mismísimo Julio Cortázar envidiaría. Y aunque la aseveración pudiera parecer exagerada para los que prefieren apostar por el reconocimiento canónico antes que descubrir por ellos mismos la excelencia no institucionalizada, puedo decir que yo también suscribo la afirmación de Lorente.
    
Por citar solo un ejemplo: “Nosotras”, ese cuento monumental, profusamente antologado en todas las latitudes y estudiado, sobre todo, por la academia norteamericana, es una certeza de que Lorente no exagera.
    
En “Nosotras”, su autora hace gala no solo de una desbordada imaginación, nunca gratuita sino afianzada en mensajes del inconsciente profundo, sino también de ese extraordinario dominio del idioma donde la palabra justa a la que aspiraba Flaubert es un valor añadido y fundamental a la dramaturgia del texto. Y no solo de este texto sino de todos los de la cuentista cubana.
    
María Elena Llana es una profunda conocedora del idioma español y su prosa pulida y exquisita recorre cada uno de los relatos magistrales que la convierten en una de las más notables cultivadoras de un género que goza en Cuba de una salud innegable.
     
Irónica, con un sentido del humor inteligente y con una sensibilidad hacia el mundo que la rodea que le ha permitido incursionar también en el realismo social, María Elena me confesó en una entrevista que esa corriente (el realismo) es para ella una praxis periodística que le permite subjetivizar los temas. De ello dio pruebas desde sus primeros intentos. Solo hace falta mencionar “La Reja” para saber hasta qué punto esta autora estuvo siempre identificada con el acontecer de su país.
      
Sin embargo, me confesó también en esa entrevista, lo fantástico recoge el guante de una idea que te tira fuera de lo común. En definitiva, me dijo, mis libros se vertebran más por el tono que por el tema.
      
Ese tono adquiere resonancias inusitadas en el que es considerado por muchos críticos el mejor de sus volúmenes: Casas del Vedado. No olvidemos el impacto que su publicación causó en los ochenta, cuando la cuentística cubana mantenía un aliento monocorde y chato. Casas del Vedado significó la posibilidad del escritor cubano de ser original y subversivo, desde el punto de vista formal, en un panorama signado por la falta de imaginación y lo reiterativo.
     
Lo más interesante es que lo fantástico siempre tiene en esta autora significados que sobrepasan el divertimento. Sus fantasmas, aparecidos y sus situaciones que limitan con el absurdo, llevan también mensajes subliminales, cargados de honduras sicológicas que sobrepasan el simple acto de fabular o la creación de metarrealidades.
    
Es por eso quizás que las diferenciaciones entre realista y fantástico opera en su cuentística solo como manifestación del tono. Ya lo dijo ella misma en la entrevista a la que hice alusión en párrafos anteriores.
    
Un cuento como “Añejo cinco siglos” demuestra esta vocación por confrontar dos visiones que parecen distantes y, sin embargo, se tocan en la memoria y su irrupción misteriosa en nuestro presente. Es como si mecanismos del subconsciente nos obligaran a asumir una verosimilitud que viene dada no solo por las estrategias discursivas sino por todo lo que hay de carnavalización en esta poética sui géneris.
     
Es cierto que hay momentos en los que María Elena Llana no vacila en prescindir de esos disfraces. Muestra de ello es su poco comentado e interesantísimo volumen Ronda en el Malecón. Tanto el relato que da título al libro como ese texto desgarrador que lleva el título de “Volver” nos muestran sin tapujos la dramaticidad del momento en que fueron escritos y en los que la autora trasmite una necesidad casi catártica de convertirse, más que en narradora de ficciones, en una testimoniante.
    
Pero ojo, porque aun esos testimonios mantienen la calidad literaria que los hace trascender más allá de sus motivaciones emocionales. Hay un super yo, siempre racional y atento a los requerimientos del lenguaje, que impiden a su autora llegar a lo pedestre y sensiblero que hubieran podido desencadenar esos argumentos.
        
Me niego a considerar a esta escritora como la autora de ese solo libro que la representa casi siempre ante la crítica y que es Casas del Vedado. Quizás el momento en que este libro se escribió y lo insuperable de sus propuestas hasta el momento actual, hayan opacado un poco libros posteriores y tan extraordinarios como Castillos de Naipes, el ya mencionado Ronda en el Malecón, Apenas murmullos y su más reciente La quinta puerta que tuve el privilegio de editar solo para convencerme de las inagotables facultades de Llana como narradora.
    
Fue un gran acierto de Ediciones Union publicar en 2006 la compilación Casi Todo donde el prólogo de Alberto Garrandés devela con inteligencia las claves de una obra  todavía en proceso y que sumó nuevos títulos posteriormente y, estoy segura, seguirá dándonos múltiples sorpresas.
        
Si bien es cierto que no hay antología del cuento cubano que se respete que no la incluya, creo—y ya lo he dicho muchas veces—que la producción de Llana merece mucho más reconocimiento del que ha tenido hasta ahora.
    
No es extraño que los contemporáneos de un creador se resistan a darle el lugar que verdaderamente tiene en los veleidosos cánones que suelen establecer la academia y los críticos.
     
Que María Elena no tenga el Premio Nacional de Literatura es algo que no concibo pero que tampoco me extraña. Ojalá que en un futuro no muy lejano le sea concedido. Pero el hecho no restará la importancia y la trascendencia que ya tiene en la historia de la literatura cubana de los siglos XX y XXI. Estoy segura que el tiempo me dará la razón.
    
Ahora solo me queda agradecer a María Elena por su obra magnífica que no solo es intresante para los especialistas porque ya ha conquistado, desde hace mucho, ese sitio importante que significa el agradecimiento de sus muchísimos lectores.

Editado por Heidy Bolaños