Un libro para leer y escribir
En 2004 yo aún dirigía la Editorial Capiro, y una de esas mañanas en que amanecemos con la premonición de que algo bueno nos sucederá, sencillamente sucedió. Desde muy temprano me había "embasado" en la imprenta (el uso del término beisbolero no es gratuito, sino alusivo al personaje célebre a quien, más que escamotear, presento). Adelantaba con el proceso de impresión de uno de los títulos del premio de la ciudad del año anterior, que en breve debíamos presentar, cuando me entró una llamada telefónica de alguien que se identificó como "el joven de Escriba y Lea". El muchacho me proponía una entrevista con el propósito de negociar una propuesta que traía en carpeta para Capiro. Quedamos en vernos en una hora, y a las 10.00 am, frente a la biblioteca Martí –donde radicaba nuestro local– ya estrechaba yo la mano de aquel joven de 32 años.
La propuesta que traía no era otra que el original de La letra en el diamante, titulo con el que Félix Julio Alfonso empezó a ser para Capiro algo más que un personaje posterior a la edad antigua, a la edad media y a la revolución francesa (como prefiere seguir llamándole Yamil) aunque, historiador al fin, tanto le guste sumergirse en esas nubes del pasado que a cada paso le revelan aguas de frescores inaugurales. Buena adquisición para ambos: para Capiro (léase yo mismo, que además gané un amigo entrañable) y para Félix Julio, que ganó lo mismo que yo y una plataforma donde socializar sus esencias villaclareñas, de pura e indoblegable raíz, hasta llegar a convertirlo –escrituras y lecturas aparte– en uno de los intelectuales de más popularidad en nuestro terruño. Y aunque esa popularidad se deba más que todo, además de la presencia en pantalla, a su pasión por el béisbol y el puntilloso estudio, devenido causa reivindicativa sobre la historia del equipo Los Leopardos de Santa Clara, es en nuestra editorial donde el muchacho de El Gigante ha decidido publicar algunos de sus cuidados libros de perfil histórico, entre ellos el que comento hoy: Archivos de cubanía.
Es este un volumen donde, a lo largo de tres secciones podemos deleitarnos, informándonos, con reflexiones de hondo calado sobre procesos históricos situados en la periferia del gran discurso historiográfico de la nación. Dividido en tres secciones: "Miradas antropológicas", "Un paseo por Cubanacán" y "Floresta de símbolos", cada una de ellas apuntando a un costado diferente, desde sus páginas cobran vida figuras y procesos que, de no recibir los rayos de este reflector, estarían condenados al archivo pasivo de una memoria que, en verdad, no siempre hace honor a la justicia. La redacción, que por momentos parece más de crónica que de ensayo, nos acerca los procesos o figuras descritos, nos los pone delante como si estuvieran ocurriendo, o hubieran ocurrido, apenas ayer. Por eso en el prólogo que para esta primera edición redacté, afirmé lo siguiente:
El buen historiador –y estamos ante uno– es un resucitador: alguien que nos enseña cómo, en buena medida, lo que ahora vivimos constituye un déjà-vu que subvierte las dinámicas sociales para regresar desde épocas distantes, con lecturas que a veces perpendicularmente y otras solo de manera tangencial repiten lo vivido, aunque los sentidos se bifurquen y lo que fue tragedia debamos asimilarlo, desde el rumiar neblinoso de los siglos, como comedia.
La receta del ajiaco, la presencia china, la polémicas sobre el famoso "Día de la raza" y la vitalidad de esa práctica cultural de tanto arraigo y valor: los lectores de tabaquería, nos van llevando, con fuertes brochazos de prosa llena de alusiones sensoriales, hasta un estado de lector extasiado y provocado. En mi caso, apenas leído el primer ensayo: "La sabrosa aventura del ajiaco cubano" la fuerza sugestiva del texto me llevó a probar la receta en un humeante paratexto elaborado por mí mismo en mi cocina. Por suerte, después de leer el que dedica a los lectores de tabaquería, aunque me sentí tentado, no me fumé un puro sino que me hice más lector, y hasta estuve a punto de pedirle a mi esposa, o a mi hija, que me leyeran mientras en la cocina hacía el ajiaco a lo don Fernando. Nunca antes, en mi ya larga vida, había sentido deseos de fumar.
Continúo autocitando mi prólogo:
Para el autor de estas páginas la historia no es solo una disciplina que acumula hechos e interpretaciones signadas por el sistema de ideas políticas o filosóficas con que decidió vertebrar su ideología, sino también la reescritura del posible guión con que expondremos la dramaturgia del devenir, extrayendo del caos cotidiano los acontecimientos que establecen, con vigor, ciertas líneas estructurales donde, una vez y otra, germinarán los fundamentos de una identidad profanada por falsas pautas globalizadoras. Por eso le concede su lugar protagónico a procesos que, medulares y subyacentes en los márgenes, podrían parecernos ancilares.
Y con esa cita doy mi validación a los sucesos de naturaleza regional con que Félix Julio expone en la segunda sección. Su vocación villaclareñófila se explaya en el rescate de acontecimientos y figuras olvidadas o no tan reconocidas en el reiterativo relato histórico nacional. Desde esas breve referencias insiste nuestro historiador en exaltar la verdadera y más importante dimensión de la figura de Marta Abreu, relata los umbrales de la universidad central y rescata de un prolongado olvido el himno universitario compuesto por Samuel Feijóo y Agustín Anido. Son páginas que, no por devotas dejan de ser objetivas y lúcidas.
Hacia el final, el que ya no se presentaría como "el joven de Escriba y Lea", sino como "el menos viejo de los tres", nos deja constancia de algunas de sus pasiones de consumidor de literatura y, sin echar a un lado su algoritmo unificador: la cubanía, nos pone ante intelectuales emblemáticos y ante obras que han tributado páginas irrepetibles a la formación del ideario simbólico de nuestra nación. Por eso los ensayos dedicados a Thelvia Marín, Caliban y la vocación bibliófila de Lezama, además de lo valorativo, que predomina, nos llega con un aire de homenaje que nos gana para la relectura.
Con Archivos de cubanía, una vez más nuestro coterráneo honra a la Editorial Capiro, y con su gracia de cronista analítico enriquece una bibliografía que, con apenas 25 años de vida, ya ha aportado textos imprescindibles para que nos comprendamos más desde todos los ángulos, y también para crecer e ingresar a un caprichoso canon que, de oficio, tiende a no mirar hacia los confines.
Editado por: Nora Lelyen Fdez