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Llegar a la Poesía

Ricardo Riverón Rojas, 12 de agosto de 2016

Leerla y escribirla. He ahí los dos caminos más expeditos –aunque no sean los únicos– para disfrutar y sufrir la poesía. En mi caso ambas acciones se concretaron de manera casi simultánea, alrededor de los veinte años. Terminaba la enseñanza media y me deslumbraron, en un primer impacto estético, las irreverencias de la antipoesía y el coloquialismo.

Aquellos modos de asumir el hecho poético me instaron a mirar más intensamente hacia adentro (y hacia acá) para darme cuenta de que tenía almacenadas algunas vivencias y sueños relacionados con el comportamiento humano, con el devenir de las ideas, y que tal vez podría expresarlos de un modo similar. La memoria afectiva fue, desde aquellos primeros instantes, telón de fondo y molde, tal vez porque sentía a la infancia dejada atrás como si se tratara de una lectura interrumpida antes de tiempo.

Me había iniciado temprano como lector, desde los diez u once años, pero más de prosa que de poesía. Necesitaba la anécdota, el argumento, los personajes. Remitía la lectura a la vida, y también viceversa, por eso, cuando descubrí que la poesía, aun rimada,  podía contener el espíritu de la prosa, empecé a escribirla y remití, de igual manera, la escritura a la vida; más específicamente: a la cotidianeidad y la memoria. Pero aquella poesía del ingenio y el desenfado se le tornó arisca a mi corazón, que casi de inmediato fue llamado por temas más sutiles y subjetivos, quizás de arranque romántico, como lo era la relación entre los estados emocionales y el paisaje.

La colorida infancia en el batey de un central, halada por los zunchos de esa memoria afectiva, me rescató de una persistencia falaz en los códigos de una poesía más citadina que rural. Con la madurez que tal vez me ampare hoy, se ha modificado fuertemente aquella predilección, ahora inclinada hacia el verso no rimado y la prosa poética, aunque ya no entra en contradicción con la gracia retozona de la décima, y de otras formas métricas, con quienes convive en los libros que organizo, como no pasaba antes.

No me siento parte de una generación, promoción o grupos específicos, y creo que pertenecer a alguna tiene una importancia tremenda, al menos desde el punto de vista operativo. Y no solo en ese sentido, pues compartir proyectos, temas, esencias de una poética (o de muchas poéticas) que de alguna manera expresan la sensibilidad que flota en el aire de los días, es algo que fortalece notablemente los pilares estéticos sobre los cuales es posible elaborar, modificar, atemperar, pulir, ampliar nuestro discurso hasta que logremos inscribirlo, sin renunciar a sus singularidades, en una especie de coral subjetiva. Tener cómplices en la aventura de concretar una poética lo ayuda a uno a perfilar mejor sus límites y retos.

Si no pertenezco a ninguna agrupación lírica se lo atribuyo a que, por nacimiento, me tocaba integrar la que en los años setenta le correspondía emerger. Pero ese grupo etario nunca se estableció como tal, y debió validarse en las promociones siguientes, de manera trabajosa. Pero no tener compañeros de debut también posee sus ventajas: si logras concretar algún proyecto coherente, por mínimo que sea, tendrás asegurado el rótulo de “raro”.

Siempre he vivido en una provincia, y desde ese ámbito, en aquella época era radicalmente imposible acceder a esa plataforma crítica que le da nombre y apellidos a las generaciones. El único grupo con el que compartí trabajos y búsquedas tuvo un carácter regional limitado, pues radicaba en el municipio villareño de Camajuaní. Nunca se identificó con un nombre, pero yo, al pasar el tiempo, lo bauticé como grupo Hogaño, en atención a que en torno a la revista homónima intentó orientar sus coordenadas estéticas. Participé en una segunda etapa, cuando ya la revista no existía y hacíamos folletos, a los que acabé bautizando, también alegre, con el nombre de Ediciones Hogaño. Nuestras prioridades no estaban encaminadas tanto a estructurar un discurso poético que nos distinguiera, como a desplegar acciones de promoción, de manera priorizada en los espacios del municipio. La revista y los folletos se comenzaron a hacer en 1967; la revista se cerró en 1970 y los folletos se siguieron haciendo hasta 1999. Participé en aquella experiencia entre 1975 y 1979.

Aunque en 1990 fundé, junto a otros intelectuales, una editorial, no creo que en torno a ella se gestara un grupo poético, pues Ediciones Capiro nació con un carácter ecuménico y sirvió, más que todo, para poner al día a la promoción de los ochenta, que no había podido publicar muchas de sus obras; también para darle voz a la de los noventa, que era la emergente, y en alguna medida, a la luz de sus pautas inclusivas, actualizar también la bibliografía de poetas como Carlos Galindo Lena y Félix Luis Viera, provenientes de otras promociones. El rescate de los poetas sin promoción que éramos, también se concretó en alguna medida.

A Capiro (que nació en 1990) se le debe ver también como la que salvó del silencio público prolongado a un pujante movimiento literario regional (aunque no se atrincheró en esos límites), cuyo rostro se hubiera desdibujado por completo en el Período Especial si no hubiéramos hecho lo que hicimos.

Los grupos que he podido ver en los últimos años en Cuba se me alejan de lo que considero un buen algoritmo para organizar y proyectar poéticas; no conozco tan bien esas experiencias, pero la mayor parte de las que conozco trabajan en pos de ceñirse el cetro único; siento una negación de la diversidad, un afán reivindicativo y selectivo de supuestas desventajas sociales que se pretenden imponer como dogal estético.

Existen manifestaciones que no se podrían acoger a lo que, en rigor, llamamos grupos, pues expresan a grandes sectores; de esa forma hemos visto legitimarse de manera litigante amplios cantones, no solo en lo estético, sino también en lo social, como “la negritud”, “los jóvenes”, “lo gay”, “lo femenino”, “lo regional”, como si todas esas condiciones fueran categorías estéticas y no accidentes biológicos y sociales.

Para llegar a la poesía me fue necesario leer más que escribir. Son tantos los poetas que, de modo alternativo, me diseñaron el rostro de poéticas posibles. Antonio Machado fue un guía muy efectivo en mi búsqueda del verso musical y profundo. Darío lo ayudó en lo primero. Neruda hizo que me enamorara de la sensualidad torrencial, de lo telúrico. Vallejo me comunicó la hondura sentimental, el bichito ingenuo y amargo que desde todos sus textos denuncia los abusos del tiempo y el azar. Nicolás Guillén (no solo el de la poesía negrista) me ayudó a comprenderme como cubano. La generación española del 27 fue una eclosión metafórica con la cual aprendí el valor de lo irracional y lo isotópico.

Por alguna razón, acaso más humana que literaria, los “poetas truncos” como Javier Heraud y Otto René Castillo causaron hondo impacto en mi imaginario. Y algunas composiciones elegiacas en décimas, como “La fuga del ángel”, del Indio Naborí, o “Doña Martina” de Manuel Navarro Luna, me demostraron la flexibilidad de la estrofa.

No creo que haya ningún poeta en específico, ni tendencia poética que, en la compleja actualidad cubana, influya más que el resto. El que se asuma un paradigma se relaciona más con objetivos estéticos de carácter programáticos que con un credo, y en ese caso ya no hablamos de influencia sino de alineación. En determinados momentos, hace más de veinte años, José Lezama Lima y Gastón Baquero, ambos origenistas, fueron (aún son) cita frecuente, como también lo es Virgilio Piñera. Pero hay figuras o grupos con intereses específicos que esgrimen otros emblemas: Allen Gingsberg fue estandarte de una tendencia, y esos mismos revindicaron a aquel Ballagas de la “rosada caracola” tan vilipendiado por evaluadores de ocasión. T. S. Elliot y Saint John Perse, estremecieron a muchos que buscaban situarse a todo costo en las antípodas de un canon demasiado estrecho. Antes, en los setenta, Nazim Hikmet, Miguel Hernández o Atila Jószef hablaron con mucha fuerza, desde su poesía, del compromiso político. ¿Ahora mismo quién podría afirmar que Eliseo Diego, Federico García Lorca, Antonio Machado, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges u Octavio Paz, entre otros, no influyen? El péndulo viene de regreso de la cumbre que demarcan aquellos que antes cité, y aunque siento como una especie de “negación de las figuras tutelares” creo advertir el advenimiento de un aterrizaje de la poesía en temas cercanos, poco importa si con el disfraz de heterónimos, la intertextualidad o los metalenguajes. Ese volver a ubicar el infinito en el día de hoy seguramente elegirá (o ratificará) sus guías.

Creo que no se lee con suficiente atención a todos los que, de una forma u otra, han dejado algún rastro en nuestra poesía, que no se busca en ellos la línea que los une con una cosmogonía poética donde lo cubano le incorporó nuevos sentidos a tradiciones, heredadas o impuestas (como la lengua que hablamos) a la par que instituía otras más independientes. La vieja tradición del parricidio literario ha ido cobrando fuerza entre nosotros. Y por ello me espanto al ver que se les corta el paso a poetas que ya no son presencia física, y muchos otros que cuando más alcanzan un rincón en el estante de la librería, o en la vitrina académica. Una buena parte de los seguidores del devenir poético, hoy, se guían más de lo debido por lo inmediato, y en consecuencia, pasan al archivo pasivo con rapidez a los muertos y los ausentes.

Los premios no son más que una herramienta institucional, o grupal, para encauzar determinados objetivos de promoción literaria. En la Cuba revolucionaria tienen una historia interesante. El David de los primeros años fue, sin discusión, el espacio de debut por excelencia. El Uneac de entonces servía más para dirimir la validez de tendencias, para poner al día nuestra poesía, con nuestros poetas, y para ratificar (y a veces también revelar) figuras; se le sumarían otras virtudes, pero esas son las fundamentales. En los años ochenta identifico al período en que el repertorio de premios tuvo mayor coherencia: ganar uno de los premios ya citados, o el 26 de Julio, La Edad de Oro y el 13 de Marzo, entre otros, llamaba la atención sobre el autor de manera apreciable. Ese panorama fue degenerando, de los noventa a acá, como consecuencia del caos, que se manifestó en progresión geométrica. Hoy los premios han dejado de ser un medidor eficiente para dictaminar el ingreso legítimo, o la ratificación de una persona en la condición de escritor.

Un elemento económico contribuyó a la anarquía, pues al ser los escritores el sector de menores ingresos entre los profesionales del arte, los premios se erigieron medios legítimos para equilibrar, en parte, ese déficit. Pero los males que introdujo la falta de control acabaron siendo nocivos para la literatura y su desarrollo coherente. Considero que los premios deben recuperar su papel, y que los escritores debían disfrutar de mejores opciones para ganarse la vida.

Me preocupa cuánto los poetas nos desconocemos unos a otros, pues casi nadie lee a sus contemporáneos, a no ser que alguna razón extraliteraria lo obligue o atraiga. Hasta hace pocas décadas, todos nos leíamos, pero al parecer la proliferación de ediciones con invisibilidad mercantil, opacadas por la pérdida de prestigio de lo publicado como colofón indeseable de una masificación mal manejada, acabó por alejar a los poetas cubanos de la condición de lectores de poesía cubana.

Añado a lo anterior que la intensidad migratoria que ha vivido nuestro país en las últimas décadas ha venido generando también la existencia de dos grandes cantones de poesía hecha por cubanos, que se dan el lujo de negarse mutuamente, o en el mejor de los casos, ignorarse. Si en algo estamos desinformados muchos poetas cubanos es en esa otra poesía cubana que se concreta en la orilla opuesta a la que habitamos. Contrario a todo lo anterior, considero que ha crecido nuestro conocimiento sobre poéticas de otras tradiciones y latitudes: digamos la poesía zen, la árabe, la africana, el haikú, y las que nos llegan de las grandes tradiciones: europea, latino y norteamericana.

Hace mucho que, en la mayoría de los países, la literatura fue secuestrada por las reglas mercantiles y políticas que imponen las transnacionales de la edición. Los poetas cubanos deberíamos leernos más, insisto, porque tal vez estemos asistiendo, sin saberlo, a nuestro Siglo de Oro.

Lo valioso de la poesía lo distingo en su capacidad para establecer un diálogo con cada individuo; la capacidad de ver en zonas donde otras disciplinas han quedado ciegas. Creo que la poesía cubana, representativa de un elemento de la superestructura, se le ha ido muy delante al devenir utilitario de la sociedad, aunque en los últimos tiempos le ceda espacios en el discurso público. Sigue siendo un fenómeno de minorías, pero de minorías cada vez más numerosas. La poesía en nuestro país, en estos años, ha sembrado en quienes la han acogido como carta ética, o como doctrina, una especie de estoicismo sustentado en la conciencia histórica. Ni la enfática propaganda, ni el insultante mensaje simplón de los medios masivos obtendrán jamás resultados similares. La poesía ha irrigado a nuestra compleja y variopinta sociedad con una vibración que nos salva de lo fáctico.

Creo en ese caudal poético desalienante que hurga en los recodos de esperanza aún vivos de toda la humanidad. Son potencialidades no aprovechadas en el trabajo de dignificación humana que proclamamos como doctrina política. En la poesía de cualquier latitud, bien sea existencial, épica, religiosa o erótica, subyacen los códigos de la subsistencia de la especie a través del espíritu. Pero las búsquedas, para que lleguemos a un “estado de bienestar” poético, tienen que aceptar una pluralidad que le concede al ser humano el derecho de serlo a despecho de credos y doctrinas.

Para establecer, bien adentro de nuestra dinámica, las epifanías poéticas que como nación nos rondan deberíamos, primero que todo, abandonar esa actitud de “mitin de repudio” con que funciona la vida literaria nacional: quitar para poner, repudiar a unos para consagrar a otros. Por esos caminos no llegaremos nunca, ni por casualidad, a la Poesía.

Santa Clara, 9 de agosto de 2016

 

Editado por: Nora Lelyen Fdez