Una vuelta a la métrica II
Sería bueno que apreciemos las diferencias conceptuales entre métrica y versología. Si ambas se ocupan de la tecné, una métrica tradicional, como estudio de sus procesos, tiende mucho más a la preceptiva, en tanto que la versología remite al estudio del verso desde puntos de vistas científicos. La versología trajo consigo líneas de estudios más recientes, desde el triunfo de los formalismos y la lingüística en la segunda mitad del siglo XX.
Los análisis métricos son mucho más antiguos, vienen desde los albores mismos del crisol creativo lírico, que en lengua española podría fijarse entre los siglos XV y XVI.
El punto común de referencia debe ser la técnica constructiva del verso. La métrica se detiene en las leyes, normas, estructuras estróficas o de los conjuntos versales no estróficos, las denominaciones dentro de la normativa propuesta, y cada normativa se considera como una tipología.
En la tecné versal y poética en sentido general hay leyes como la del acento obligatorio, y normas como las licencias métricas. Los versos terminan por ser clasificados y estudiados en detalles, para lo cual hay que ponerles un nombre. Diversas tipologías proponen diferentes denominaciones tanto para los versos métricos como para los libres. Y muchas veces el poeta debe estar al tanto del conteo silábico, de la sílaba donde coloca el o los acentos rítmicos, la existencia de hemistiquios no solo en el alejandrino, y dominar el arte de rimar y rimar bien.
Los poetas que no usan esos procedimientos, porque apelan a versos muy libres de todo énfasis métrico tradicional, harían bien con conocer en detalles esa tecné, la usen o no, como un violinista conoce incluso profundamente la historia del instrumento que toca, o un científico matemático domina las «tablas» aritméticas. Sería una pena que un buen poeta no conozca a fondo su oficio, lo cual incluye, claro está, su propio idioma. José Lezama Lima hablaba de un «saber para la poesía», que es lo mismo que decir alcanzar el conocimiento cimentado del oficio y de la cultura de su propia lengua para ponerlo en función del hecho creativo. Todo poeta sabe bien que no basta con tener talento, e incluso imaginación, si no se adopta una técnica de escritura depurada y propia, un sistema creativo que implica su estilo personal dentro de los modelos de comprensión existentes. La métrica ayuda a ello, y bien sabemos que si un poeta inventase un lenguaje independiente y propio para expresar poesía, sería muy difícil que se le comprendiese y que tuviese lectores que lo reconocieran como creador dentro de sus imprescindibles orbes expresivos referenciales.
Puede parecer demodé conocer métrica. Algunas universidades saltan esa disciplina, con lo cual crean un vacío de estudio, de comprensión de la mejor poesía escrita en el idioma antes del surgimiento y triunfo, e incluso después, del verso libre, de la prosa poética, o de su combinación en el poema. Un filólogo que desconozca métrica en detalles, está en situación de ineptitud para una comprensión cabal del género literario llamado poesía. Abogo por un conocimiento claro de los resortes métricos de la lengua que hablan los poetas. Y no solo ellos deben conocerlos muy bien, sino, sobre todo, sus críticos, sus estudiosos, los profesores, instructores, decantadores del hecho literario. Si se omite o desprecia tal estudio, el defecto no está en las disciplinas métricas, sino en quien la requiera y la obvie. La métrica noes «material del pasado». Muchas veces ha tenido resurgimientos y nadie puede predecir si la poesía del futuro volverá por sus fueros métricos, con nuevas tipologías que la fijen y den esplendor.
Son menos frecuentes las tipologías del verso libre, como la de Antonio López Prieto o la singular de Isabel Paraíso, o lo que el propio Oldřich Bĕlič más bien bosquejó sobre el versolibrismo. Pero el verso libre ya a fines del siglo XX no era el mismo del principio de esa secularidad. Se acercó mucho más a la prosa picada, a renglón tipográfico, que López Estrada llamó línea versal. Si para Isabel Paraíso el verso libre es verso, para otros versólogos no lo es, en medio de la enorme diversidad de procedimientos versales que cada poeta ha asumido como la parte formal de su entrega lírica. Si el versolibrismo resulta imposible de agrupar en tipologías, tampoco él es prosa per se. La conjunción de técnicas constructivas del poema en el siglo XXI se ha complejizado mucho, debido al fuerte experimentalismo nacido en la secularidad anterior, que pasa al campo de la semiótica al signo junto a la palabra o sin ella.
La poesía halla nuevos derroteros para expresarse y es natural que así sea, no podemos escribir poemas de la misma manera como los hombres y mujeres lo hicieron, con belleza, en el Siglo de Oro, y aun leyéndoles sus letras y gozándolas en su maravilla formal y de contenidos, el tiempo nuestro requiere maneras nuevas de trasmitir esa indefinible fuerza del cosmos que llamamos poesía.
Ello no resulta un criterio de descrédito para la métrica. Es necesario conocerla. Si queremos innovar, sepamos qué se ha hecho, pero si queremos leer lo que está escrito mediante los procedimientos métricos, mejor será que la conozcamos, para no despreciar la forma que contiene la poesía que pueda agradarnos o no. Creación prístina del alma humana, la poesía como género literario necesita ser apreciada con gozo y también con seriedad, estudiada sin improvisación, con conocimientos de causa, antecedentes y consecuentes. No es ella una arbitraria expresión de gente sensible, sino expresión creativa del mundo, del cosmos y mucho más.
¿Cómo mover un vehículo automotor por una autopista sin saber la técnica de conducción, las normas y leyes del tránsito, y la prudencia que todo ello implica? ¿Por qué leer poesía sin saber sus leyes y normas y sus desarrollos formales? La poesía es tan respetable, y quizás más, que un vehículo automotor, que una nave cósmica, que una bicicleta.
Quienes se ocupen de la literatura, sean profesores, sean críticos, instructores, asesores, hacen en verdad muy mal con ignorar cómo se arma un verso, cuáles son sus cualidades, qué técnicas usó el artista (el poeta) para concebirlo y luego plasmarlo. La tecné está pura en los libros que estudian la métrica. No hay que ser especialista, pero no hay que ser tampoco un ignorante en la materia que queremos estudiar, transmitir o gozar de ella. La poesía no es un revulsivo que de pronto arroja el torbellino del alma, mala poesía es aquella que se queda en lo emotivo elemental.
Buena poesía será la que nos ilumina de inmensidad, nos ayuda a vivir, a comprender mejor al mundo donde estamos inmersos. La poesía requiere el cuidado del jardín. Sin sabiduría, la flor no trae la semilla apetecida, solo brilla y escapa, no deja huella, le resulta muy rápida la llegada al olvido. Con el buen conocimiento de los resortes que hacen de un poema una obra de arte y no un revulsivo, el goce estético no solo se refuerza, sino que también abre caminos de la sabiduría.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas