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Tormentas que nacen adentro

Emilio Comas Paret, 21 de octubre de 2016

En memoria de  mi amigo Mario Martínez Sobrino, recientemente desaparecido.


Por el texto Figuras de tormenta ese poeta excelente y a veces íntimo, aunque no intimista, que fue Mario Martínez Sobrino, recibió el Premio de Poesía Nicolás Guillén del año 2004, demostrando que los años transcurridos (Mario nació en el 31 en el barrio habanero de Belén) lejos de hacer mermar los sentimientos y las pasiones realmente los potencian hacia la discreción y la ternura, y también los mueven hasta la sabiduría y la paciencia, para poder extraer de ellas los más íntimos y sublimes efluvios. Porque sucede que Figuras de tormenta es un poemario erótico.

En él la naturaleza y sus manifestaciones trabajan en coincidencia con el devenir social del hombre, con sus anhelos y obsesiones, como demostrando que definitivamente el hombre, a pesar de su inteligencia y desarrollo, y quizás a consecuencias de ello, es parte indisoluble de ese palpitante devenir que nos rodea, y que es la propia Naturaleza, así con mayúsculas.

Los versos casi siempre cortos y armados con  lenguaje comprensible, logran una profundidad conceptual que a veces abisma y nos deja sin aliento, como cuando miramos una cima infinitamente lejana, como dicen que es el alma humana.

Las tormentas naturales se juntan con las tormentas humanas, y se confunden de tal manera que en algun momento el propio poeta se pregunta: “¿Cuál es el pino, quién es el viento?”

En  “Anadioméde” Mario le rinde culto, y será de las constantes del poemario, al cuerpo de la mujer, con una descripción muy llena de lirismo y sublimada, sugerente de misterios y códigos: “la insurgente forma, el cuerpo, el absoluto cuerpo”.

En la cima de una montaña negra el autor nos hace partícipes de un encuentro amoroso, matizado por un erotismo fino, sensitivo, sin desboques ni desfogues altisonantes, esto es, pone de manifiesto el erotismo que aparece después de los años, de la experiencia, de la agonía que es la propia vida si miramos agonía en su acepción prístina en donde es sinónimo de lucha. A veces es la rosa una flor, pero otra veces es la mujer, “salvaje rosa de ser”, o el sexo es “espeso bosque”.

Las estatuas emanan un erotismo diferente, nos apunta Mario, “ojos en los que no sacia el mirar, mas, aún reclaman” y después vienen las columnas, como un leit motiv que nos acercan a la seguridad pétrea de su fortaleza y la cierta similitud que guardan con la propia vida.

“Súyere” es una suerte de oración, una oración invocatoria al mar, a una Yemayá recóndita y sugerida, a la Oshún Yeye Cari que todo hombre aspira encontrar alguna vez en su vida, para luego olvidar con claros remordimientos.

Hay en el texto, de manera solapada y ambigua, una suerte de tenaz premura ante la cercanía del final, y luego ciertas dudas existenciales frente al después que significa la muerte. “Y se acaba la noche. ¡Calla inmensidad”. “No calles luz”, “efímera de la vida”, “crueldad de la memoria”.   
Nao mais que de repente” es un excergo que el poeta le roba a Vinicio de Morais.

El libro termina con un largo poema dedicado a La Habana, su “Habana inmortal” como luego le gustaba decir a Mario. Pero La Habana más que la ciudad de los sueños y las desesperanzas, es una mujer, no podría ser de otra manera, pero una mujer negra. “Prieta mujer que el amor del eclipse recibe”, “el aire de  La Habana no respira sin ti”, “mi tierna pantera”.

En fin, el texto se mueve en círculos concéntricos en torno a conceptos e ideas que se repiten y se rehacen: tormentas, agua, luz y sombras, palabras, cuerpos, estatuas, manos, noche, lluvia, la música, el caos.

A veces se siente una lejana referencia a la música propia del Cantar de los Cantares, libro escrito por el rey Salomón, pero decididamente funciona como una reminiscencia lúcida de la memoria más profunda.

Figuras de tormenta, amigos, es el poemario de un hombre que fue sabio y sensible, inteligente y reflexivo, que puso todo al fuego, sin miedo a las consecuencias, y que  buscó afanosamente el avivamiento de la llama por siempre.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas