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Ojos claros, serenos

Ricardo Riverón Rojas, 26 de octubre de 2016

Desde que aprendí a descifrar el sentido de las letras, más que leer, he digerido poesía como mismo digerí, en mis primeros días, la leche materna.

La proteína poética texturizó mis huesos; puso sangre en mis arterias, oxígeno en mi alma, pólvora en el corazón. Poco han importado desvelos, situaciones favorables o adversas, estados de ánimo o del clima; en casi todo este tiempo que puedo llamar vida consciente, me recuerdo a mí mismo, más que con cualquier otro objeto, con un poemario ante los ojos.

Puedo entonces, en un ligero ejercicio lúdico, apartarme momentáneamente de los grandes asuntos conceptuales y estructurales, y deleitarme en divagaciones de lector, en la glosa de tópicos. No lo hago por simple divertimento, sino porque siento que los detalles configuran, volumétricamente, la fuerza motriz de lo ontológico-poético.

Son los ojos –en un mayor porcentaje los claros– el detalle sobre el que más insisten los poetas de la tradición occidental en el afán por descifrar las excelencias, grandezas y pequeñeces de las personas. Constituyen asimismo el eficaz agente corporal que con más facilidad nos franquea el umbral del alma. Cuando hablamos de los ojos como motivo poético nunca podremos pasar por alto el añejo texto que Gutierre de Cetina le dedicó, en el nunca lejano Siglo de Oro español, a Laura Gonzaga:

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.

Como tampoco podremos pasar por alto aquella “pupila azul” que –poesía ella misma– le definió a Gustavo Adolfo Bécquer la esencia de lo lírico.

Incluyo entre los poetas a los compositores, aunque –bien lo sabemos– se trata de una disciplina que, aun con puntos de contacto con la poesía, se sirve de ella sin representarla plenamente en todo su rigor. No obstante, pese a las diferencias, la simple palabra poética, si recibe el beneficio de la música, y hasta de la declamación, consigue con más facilidad la llave que franquea la vigilancia de unos párpados desconfiados y a la vez ansiosos y receptivos.

Nilo Menéndez usufructuó con acierto la comparación de “aquellos ojos verdes” con la serenidad de un lago. El gran Sindo Garay convirtió en soles unos que, al cerrarse, precipitaban el crepúsculo. Manuel Corona debe haber entrado a lo más hondo de la espiritualidad de Longina cuando la hizo consciente de la sensibilidad visible “en el lenguaje misterioso de sus ojos”.

Por otra parte el chileno Pablo Ara Lucena confirma mi sospecha de que los de claro mirar son mejor valorados que los ojos oscuros, pues pregona, sin pruritos: “Yo vendo unos ojos negros,  / quién me los quiere comprar, / los vendo por hechiceros, / porque me han pagado mal”. El gran poeta Antonio Machado, por el contrario, pudiera erigirse –para mi pesar– en oponente de esa tesis, pues sale en defensa de las miradas oscuras cuando afirma:

Tus ojos me recuerdan
las noches de verano,
negras noches sin luna,
orilla al mar salado,
y el chispear de las estrellas
del cielo negro y bajo.


Estos pocos ejemplos van marcando actitudes, disímiles, pero elocuentes de ese lenguaje de sutilezas adonde nos conducen los ojos, las miradas, las segundas intenciones, las múltiples connotaciones de un gesto.

Por supuesto que el erotismo, como expresión también sublime del intercambio humano, no necesita mucho protocolo para entrar al cuerpo a través de unos ojos que en ocasiones –como en el caso descrito por Carilda Oliver– devienen brazos: “Muchacho loco: cuando me miras / con disimulo, de arriba abajo, / siento que arrancas tiras y tiras / de mi refajo”.

Claro, ya no hablamos de ojos, sino de miradas. Y con ello la dinámica poética rebasa el deslumbramiento descriptivo, la parálisis extática, para sumergirse en lo cualitativo. Una décima del cubano Renael González Batista, también devenida canción, nos llega como equivalente actualizado de aquellos ojos solares otrora cantados por Sindo Garay:

¿Tu mirada? Tu mirada
es el más perfecto modo
de decirlo todo, todo,
aunque no hayas dicho nada.
¿Qué magia tienes guardada,
qué poder bello y profundo?
Tu mirada en un segundo
me siembre un año de antojos,
y cuando cierras los ojos
se queda sin luz el mundo.


Pero, volviendo nuevamente al inmenso Antonio Machado, aprendemos que en una mirada puede resumirse todo el sentido de la comunicación, principalmente el reconocimiento de la alteridad. No recuerdo mirada más generosa y escrutadora que la de este poeta cuando afirmó: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve”.

Octavio Paz, quizá como pocos, supo leer en ciertos ojos, una singular cosmogonía telúrica:

Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
otoño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea,
páramo.


En los ojos amados Mario Benedetti halla la solidaridad, la esperanza, la participación cómplice:

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro.


Y también la búsqueda de la perfecta comunión:

Te propongo construir
un nuevo canal
si exclusas
ni excusas
que comunique por fin
tu mirada
atlántica
con mi natural
pacífico.


Para don Miguel de Unamuno, ese otro grande la Generación del 98 española, las bondades de unos ojos se reflejan como herencia inefable en otros. Por eso escribió este magistral soneto:

Tus ojos son los de tu madre, claros,
antes de concebirte, sin el fuego
de la ciencia del mal, en el sosiego
del virgíneo candor; ojos no avaros
de su luz dulce, dos mellizos faros
que nos regalan su mirar cual riego
de paz, y a los que el alma entrego
sin recelar tropiezo. Son ya raros
ojos en que malicia no escudriña
secreto alguno en la secreta vena,
claros y abiertos como la campiña
sin sierpe, abierta al sol, clara y serena;
guárdalos bien, son tu tesoro, niña,
esos ojos de virgen Magdalena.


Para los seguidores de la filosofía del zen, tan centrados en la contemplación meditativa, los ojos funcionan  poéticamente como herramientas para relacionar al ser humano con la perfección universal, que siempre hallan en la naturaleza. Todas las lógicas sucumben, se empequeñecen ante la simple magnificencia de lo creado. Solo dos breves ejemplos para dar testimonio de esa actitud: en mitad del siglo xiv el poeta coreano Hamhu Duktong, expresó:

Un sendero atraviesa bajo la montaña de Nueve Dragones.
El silencio primaveral envuelve el día y luce infinitamente.
Las flores blancas y rojas aquí y allá
llenan los ojos a la sombra de las montañas.

Camino y sigo caminando, mirando el cielo y la tierra.


Y más recientemente, a inicios del siglo xx el japonés Shinkichi Takahashi concluyó: “En el instante de abrir y cerrar los ojos / el género humano va y viene, / tan fácilmente, no hay fin del tiempo”.

Los ojos, la boca, las manos, el pelo, los dientes, toda esa maravilla que configura el cuerpo humano han sido, en su momento, motivos de alabanzas y celebraciones. Cada uno con la cuota de sensualidad o espiritualidad que desea destacar quien les canta, aporta contornos al mapa total. Pero si existiera la contabilidad poética (me deleito en la entelequia) tengo la certeza de que a los ojos deberíamos acreditarle las mayores rentabilidades en la captación de las sutilezas del alma.


Santa Clara, 26 de octubre de 2016

 


Editado por: Nora Lelyen Fernñandez