Idea de la poesía por Francisco de Oraá
En el mismo año en que comenzaba el siglo XXI, cambié de casa y me fui a vivir en la vecindad del poeta Francisco de Oraá. Había terminado yo mi libro Narciso, las aguas y el espejo, y le ofrecí al vecino la posibilidad de la lectura del texto digitalizado. Me lo devolvió entusiasmado, raro en él, pero sin ninguna observación, y me dijo que escribiría sobre este volumen. Y lo hizo, lo he descubierto seis años tras la muerte del amigo cuando compré en la mitad de 2016 su libro de prosa reflexiva Persona, lugar y tiempo (Ediciones Unión, 2011). Incluyó en él «Algunas frases sobre el hacer poesía», un artículo dividido en diez partes breves, de la cuales la décima y más extensa está claramente inspirada en mi aludido libro.
Pancho, como le decíamos algunos, había colocado una nota al pie al final del primero de sus segmentos expositivos, en la que dejó dicho que: «Las frases de María Zambrano y Melville las proveyó el original, entonces inédito, de Narciso, las aguas y el espejo, de Virgilio López Lemus, a cuya lectura debo mis reflexiones sobre el mito». En verdad, advierto que las diez partes están inspiradas en la obra a que se refiere. Me aventuro a pensar que quizás no lo hubiera escrito sin esa lectura previa, de modo que mi aporte al amigo estuvo más allá de sus solas reflexiones sobre el mito. Pero yo hubiese agradecido personalmente al poeta su uso de mi libro, pues me place que haya arrancado de él una cavilación tan hermosa acerca del arte de la poesía.
Un poco desde ideas del «nombrar las cosas», de Eliseo Diego, que Oraá cita, comienza con lo que pudiera ser una conclusión: «Atender: que las cosas nos hablen, mirarlas afuera limpiamente, sin los estorbos de sí propio; no escribir desde las limitaciones que dan carácter a nuestra individualidad e impiden trascender y restan verdad (unidad, universalidad) a la esencia de la poesía…» Con esta idea, puede advertirse cuán cercano estaba el poeta del mundo de Orígenes, de Lezama, Eliseo, Vitier, pero también de un tipo de poética que viene de Rilke, Mallarmé, Valéry o Claudel, no siempre cultivada por el propio Oraá; en esos grandes poetas hay cierto sentido aséptico frente a los sentimientos y las circunstancias inmediatas, que alejan a la poesía de la vibración emotiva. Oraá recomienda al final de la parte «1» de su escrito: «mirarnos hacia dentro», que «sería aproximarnos a lo que nos hace uno con el mundo».
En «2» y en «3» se refiere a las poéticas de Goethe, Whitman y Samuel Feijóo (a quien llama, con justicia, «gran poeta»), y llega a una conclusión brillante: «podemos definir la poesía como una tentativa de recuperación del Paraíso». Al final de esa parte «3», vuelve en convergencia evidente con mi aludido libro, al preguntarse Oraá: «¿Es la poesía, acaso, un modo de salvación?» Tal indagación es esencial en Narciso, las aguas y el espejo. Las respuestas de Oraá están en «4», aludiendo a Hölderlin (escribe Hoelderlin, para preferir la pronunciación en español a la grafía alemana) y al Antiguo Testamento, y alcanza a definir: «De ello es fácil inferir que cada gran poeta, cada vez, funda la esencia de la poesía. Y que la poesía, que no es, siempre la misma y siempre nueva, se hace esencial porque funda cada vez la esencia del mundo». Pasa en «5» a Scheler y la «fundación del ser», con lo que el autor nos da un sentido poético trascendentalista, llevando el asunto a las cuentas de la ontología.
A mi propia trilogía: «materia, energía e inteligencia», que además expongo en otro librito mío en poder de Oraá: La Eterna Edad (2005), él añade: «materia, intelecto y oficio», y allí mismo, ya en la parte «6», nos habla del «enemigo jurado del arte: el sentimentalismo». Y cito por completo la breve parte «7», por reveladora sobre las lecturas que a la sazón hacía Oraá:
¿Plagio? ¿Intertextualidad? Pamplinas. Se trata, como dijo Kafka, de que las «ideas» están allí, en el aire, para todos, y alguien tiene la suerte, pero mejor la vista, de apropiarse de alguna, y sin derecho. Porque las cosas importantes han sido hechas por todos, por el Pueblo --son comunes--, y nadie puede apropiarse de, digamos, el lenguaje, las formas acumuladas en el vacío o los mitos ganados al tiempo.
Este singular párrafo lo explicita en la parte «8» y luego, en la «9», retoma el ritmo teórico aludiendo a Rilke y a Martí, bien asimilados por Oraá, para discutir brevemente entre «trabajo» e «inspiración».
Ya dije que la parte «10» es la más larga, y es muy evidente que tiene a mano mis propios puntos de vista en Narciso, las aguas y el espejo. Cuánto agradezco a Oraá su lectura inteligente, sus reflexiones que no tienen por qué citar de manera directa las fuentes, basta con compararlas o aludirlas.
Tercia por el mito de Narciso de una manera muy objetiva, sin reclamos del psicoanálisis: «Dios creó el mundo, se dice, para contemplarse. El hombre busca su imagen para conocerse. Narciso se mira en la naturaleza, que es un espejo (es femenina). El mundo toma la forma de su individualidad, actitud sumamente romántica: proyección del yo en lo externo». Pocos han visto en mis tesis tanta claridad como así las expone, sin cita innecesaria, Oraá.
Creo que esta parte «10» es la más rica del artículo. Este se torna ensayo por la diversidad y riqueza de ideas que expone y que conduce a una tesis central: mirarnos hacia dentro y, desde ese interior, dejar que brote la poesía que es suma de exteriores, a donde regresa. Francisco de Oraá logró con este texto hablar de la poesía, que es también definirnos sus intereses creativos, ofrecer una reflexión que va más allá del «concepto de la poesía», que todos poeta posee. No por gusto muchos saben que fue él un puente entre la generación de Orígenes y la llamada «del Cincuenta», de la que, por cierto, reflexiona a página seguida en otro ensayo: «Poetas de los 50: señas de identidad», que vale leer, por cuánto de testimonial y de manejo de ideas contiene. También cita mis opiniones allí, esta vez de Palabras del trasfondo (1988), mi libro sobre la poesía coloquialista cubana.
En Persona, lugar y tiempo, Francisco de Oraá mostró su amor por José Martí y su gran poesía, y llenó sus textos de ideas del Maestro y de sí mismo sobre el quehacer poético. Es un buen índice para luego penetrar mejor en la notable obra lírica del propio Oraá. El 8 de octubre del 2000 me dedicó su brevísimo A la nada que actúa: «Para Virgilio López Lemus, vecino en la poesía y ahora en el espacio. Su Francisco Oraá». En este cuaderno de quince poemas casi todos de arte menor, o sea, de versos inferiores a nueve sílabas, incluye un primer texto que complementa sus ensayos. Dice en la primera estrofa de «Poesía»: «Eres tú quien me busca / para pedirme un cuerpo / donde vaciar tu nada». Y cierra el poema con «Mundo: nuestro poema. / El mundo es cuando eres. / El mundo, el otro y él mismo».
Aquí plasmo mi relación creativa con un concepto de la poesía, el de Francisco de Oraá, que no se nos convirtió en una poderosa exposición teórica de poética personal. El poeta escribió sobre lo que creía y lo hizo con claridad. Es un camino franco para entender su magnífica poesía y la de muchos poetas afines. Gana el hecho poético.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas