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Un soplo de luz en la llanura

Ricardo Riverón Rojas, 14 de noviembre de 2016

Entre el 5 y el 7 de noviembre asistí, en Camagüey, a la XXII edición del Premio Emilio Ballagas. Invitado para integrar, junto a Juan Nicolás Padrón y Nelton Pérez el jurado que evaluó los veinticinco originales que optaban por el galardón, viví, como siempre me ocurre en esa ciudad, días de intenso fervor literario.

Con loable sabiduría los organizadores de la jornada no se limitaron a pedirnos solamente un acta con los premios y menciones del certamen, sino que nos involucraron en un delirante programa de actividades: lecturas de textos, talleres, conversatorios, presentaciones de libros, visitas a centros de trabajo, sin que ello impidiera –ni sé cómo– que leyéramos todos los originales y cumpliéramos con nuestra misión de juzgar la literatura, dudoso aunque imprescindible oficio de nuestra dinámica literaria.

Seleccionamos el que evaluamos como mejor conjunto, y otorgamos además una mención y una primera mención, pero si nos hubieran pedido que diéramos también un premio a la mejor actividad y a la mejor idea, estoy seguro de que los tres hubiéramos votado por la excursión al pueblo de Cascorro, con motivo de la presentación del pequeño volumen Un soplo de niebla en la llanura, ópera prima de Mariem Gómez Chacour.

En esas pequeñas locaciones de Cuba, donde la propia vida discurre de manera más apacible que en los grandes espacios urbanos, la literatura se escribe y se consume en toda su pureza primigenia. Pude constatarlo a lo largo del intercambio con los cerca de cien asistentes. Atentos y devotos ante le presentación de un volumen que les abría la discreta, pero significativa puerta de un invisible canon, los pobladores de Cascorro reafirmaron mi certeza sobre el vigor de las siempre preteridas identidades regionales.

Un soplo de niebla en la llanura no es solo un conjunto de textos que devela la nota al margen del gran relato histórico de la nación, pues también constituye un canto que por momentos recibimos como epopeya y no pocas veces adquiere tonalidades de réquiem, o de elegía.

Cualquiera sea el criterio con que se le juzgue, el de Mariem es un libro escrito con buena mano, donde el leitmotiv de la niebla en la inmensurable llanura sirve de fondo para develar momentos de intenso acento patriótico y rescatar personajes inolvidables. Mamá la Loca, Margarita la de armas tomar, Leonardo Torres Manresa, Juana de Cascorro, Andrés Pascual, y toda una galería de protagónicos y figurantes nos involucran en el coherente algoritmo de un relato que ubica en un mismo nivel simbólico historia y cotidianeidad. Se exponen, con la amenidad de los relatos orales, acontecimientos significativos en el trazado del mapa espiritual de un pueblo. El imaginario local se resiste a la invisibilidad histórica y reclama, con estos textos –poesía y rigor mediantes– su lugar en el discurso integrador de una nación que, no por homogénea, resulta menos diversa y pletórica de especificidades.

Un halo de magia recorre estos relatos: la llanura como escenario permanente resulta venerada por su capacidad para almacenar una niebla donde los escenarios y personajes aparecen y desaparecen en fantasmagórico fluir. Gracias a su fresco abrazo, nos apropiamos de un pequeño cosmos, inmenso en su pequeñez, que en buena medida reproduce la borrosa cualidad plástica de los documentos añejos. Sabia manera de lograr una confluencia visual entre historia y poesía. Uno de los efectos que produjo este libro en mí fue el estar hojeando un álbum de postales donde los personajes hablan, siempre desde un trabajoso y trabajado ayer que procura el mañana.

En consecuencia con lo dicho, considero que el mayor logro formal de Un soplo de niebla en la llanura es el de concretar una atmósfera poética visual que, sin tributarle al realismo mágico, nos traslada a la dimensión inefable del semisueño, a la evocación devota que transforma para embellecerlas, con las armas de la subjetividad, las vivencias.

Las palabras de presentación del libro, pronunciadas por la historiadora Elda Cento, sirvieron de excelente motivación para los asistentes, pues insistió en los dos detalles que más singularizan a la obra: su calidad literaria y el concretar el registro de la inmensidad de lo pequeño en aras de insertarlo en un discurso histórico no discriminante.

Celebro también el acierto de la editorial Ácana al publicar, quizás a contracorriente, un texto que expande a Cuba y la regresa a sus escenarios rurales. La Cuba constreñida a las ciudades es menos de la mitad de Cuba, pues le falta la sabiduría que, precariamente acaso, sobrevive en esas personas que aún rinden culto a lo vernáculo. Le falta también toda la historia que, con sangre e inteligencia, se forjó en los llanos y montañas, otrora promisorios escenarios de nuestra gran épica. Sé que en esa editorial, desde hace más de una década, le prestan esmerada atención a las historias locales.

De Cascorro partimos aquella tarde iluminados por la bondad, por la gracia y la inteligencia de sus pobladores, que en Mariem tienen ahora una nueva artífice de la palabra, una reivindicadora de su identidad, Ya antes un natural del asentamiento, nombrado Raúl González García sustituyó su segundo apellido por “de Cascorro”, para de esa forma crear una firma literaria que le aportó notoriedad al poblado. Uno solo de sus lauros, el Premio Casa de las Américas en 1962, con su conjunto de cuentos Gente de Playa Girón, hubiera bastado para inscribirlo, con legitimidad, en el registro de la historia literaria de la nación.

No hallo mejor manera de concluir este breve elogio que no sea con las propias palabras de Mariem, extraídas del texto “Balada de El Jacinto”, donde puede apreciarse la calidad poética de su prosa en la descripción de un sitio donde Ignacio Agramonte libró un enconado combate contra la Compañía de Voluntarios de Matanzas. Dicho combate lo reseña la autora también en otra crónica titulada “Combate en El Jacinto”, pero en la referida “balada”, su pluma pondera otras cualidades:

A la pequeña montaña que se divisa solitaria en la llanura, hacia el norte-noreste, se le denomina la sierrita de El Jacinto, porque tiene tres cúspides, la más alta tiene 247 metros sobre el nivel del mar. A doce kilómetros del pueblo la rodea un halo de leyendas.
Muchos lugareños aluden que parece tener la misma forma desde cualquier ángulo que se le observe a distancia. Se diría, además, que está colocada abruptamente, sin pendientes. Hay mañanas en las que se otea el horizonte y no se divisa la elevación, como si se hubiera borrado del paisaje. Travesuras de la niebla.


Santa Clara, 13 de noviembre de 2016


Editado por: Nora Lelyen Fernández