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Recreos para la contemporaneidad
 

Marilyn Bobes  , 24 de noviembre de 2016

Con un lenguaje que explota la oralidad del cubano y que se acerca a los recursos del coloquialismo sin ser excesivamente conversacional, Ariel se convierte en un testigo excepcional de su tiempo al mirar con agudeza y sarcasmo lo que sucede a su alrededor en poemas donde lo anecdótico no sobrepasa nunca a lo esencialmente poético.
    
Ritmos musicales, citas intertextuales y una sonoridad peculiar en el momento de partir los versos y dinamitar los tópicos caracterizadores de lo cubano, son utilizados con precisión y economía de medios para dar como resultado poemas exactos, limpios y carentes de ese andamiaje artificial que muchas veces se perciben en la obra de otros poetas de su generación.
       
Según reza la ilegible, por el puntaje de sus letras, nota de contracubierta, Recreos para la burocracia es una libre asociación de construcciones poéticas escritas fundamentalmente en trenes y autobuses, retazos de recuerdos, historias de aquí y allá, con versos que narran y describen hechos vividos, vistos o que le fueron contados con el lenguaje más espontáneo y directo de la realidad.
     
Más que los viajes espaciales de Ariel, lo que encontramos en este libro es un autoexamen profundo y una rigurosa denuncia de la deshumanización y los desastres que convierten al hombre de nuestro tiempo en un ser nostálgico para quien el futuro es solo el tiempo inmediato.
    
Los males que afectan a la construcción de una nueva sociedad en Cuba así como el conflicto de la emigración son denunciados con sutil ironía que encubre un feroz desgarramiento por alguien que se ve separado de su propio contexto y de sus amigos por coyunturas que rebasan las atribuciones del poeta para cambiarlas por algo mejor.
    
Así el texto que da título al libro es una larga enumeración y una crítica a las actuaciones de los burócratas que en su provecho personal dañan al hombre de a pie insistiendo en permanecer como un grupo social que, para decirlo con palabras del autor, existe alguna posibilidad de que no sea, precisamente, eterno.
    
La capacidad de emoción que suscitan las observaciones del sujeto lírico no se manifiestan en esa hipersensibilidad que según él ha conseguido eliminar de su ser más recóndito.
    
Ella (la capacidad de emoción) se manifiesta a través de ese humor caústico con el que el poeta se protege de un dolor que más que individual aspira a ser colectivo como resultado de ese saber apresar las preocupaciones e insatisfacciones de las personas que lo rodean, personas marginadas a pesar del carácter inclusivo de la sociedad en la que habitan.
     
Pero no es solo en Cuba donde el poeta encuentra grietas que dificultan la vida de los hombres.
      
Textos como La Indignación reflejan las inconformidades de esa España que Sigfredo Ariel tan bien conoce y desde donde añora su Habana por intermedio, digamos, de un rumano que canta en el metro La Paloma (cuando salí de La Habana/válgame Dios).
    
Uno de los aspectos más interesantes de esta poesía es que no se apoya en ninguna corriente estética de moda.
    
Se pasea con desenfado por los vericuetos de un lenguaje muy cubano, muy asequible y al mismo tiempo muy bien elaborado e interpolado en la sobriedad de unos textos siempre profundos y prestos a lanzar sus tiernas pedradas al lector.
   
Todos los rincones del mundo donde Ariel escribe estos textos lo llevan irremediablemente a sus raíces.
     
Es a través de estas ultimas que se expresa su delicadísima sensibilidad adiestrada para evadir la nostalgia a golpe de rumba o de bambú aun frente a sucesos que transcurrieron en su época de juventud de las que guarda afectos que sostiene a pesar de maledicencias y habladurías.
       
Las incontables referencias a sus amores dispersos por el mundo están siempre entrelazadas por el devenir externo y las complicaciones que suelen presentarse en las relaciones de pareja, difíciles al mismo tiempo que necesarias.
       
Y para terminar, otra vez con las palabras de contracubierta del volumen, coincido en destacar que no faltan en él pasajes dedicados a los amigos, a figuras de la historia, la cultura y a amores grandes y perdidos.
     
“El autor—se concluye—recurre a la saludable fuerza del humor y la música, del divertimento, de la broma como antídoto, como orgullosa y digna resistencia ante realidades aun indescifrables y fuera de nuestro control”.

 

Editado por Heidy Bolaños