Puntos de lo diverso. I
Blas Pascal mira al cielo nocturno y exclama: «la noche se serena y viste una hermosura y luces que me aterran»; con lo que va más allá de las miradas bellas de los nocturnos de fray Luis y san Juan, Pascal ve el vacío-lleno, la soledad de la inteligencia. Cada ser resulta una posibilidad en una «programación» que es infinita. Los astros o la cantidad de materia, incontables de hecho, no son los que piensan, pero todo el cosmos habla ante el poeta. Blas Pascal era más bien matemático y filósofo, pero él observaba las luminarias con el terror de la belleza muy anti-Narciso: no reflexionaba frente a su propio rostro sino ante la inmensidad sin límites. No obstante, ¿todo aquello era «imagen y semejanza» al modo del mito eterno?
La belleza «en bruto» no sabe que existe, diamante sin pulir, cosmos sin aventar por el halo maravilloso de la poesía inteligente. La belleza en el cosmos «vive» sin vanidad, pero sin conciencia de sí, ¿o somos nosotros esa «conciencia»? así vive la flor, ella no sabe que es bella. Su atributo de belleza y de poesía solo parece ser captable por las especies más que inteligentes, racionales.
Pascal reflexionaba al compás de una llamita que alumbraba los rasgos de su escritura. Estaba abrumado por tanto misterio, que sigue siendo inmenso siglos después. La certeza de la muerte lo aterraba también al contemplar tanta eternidad. Estaba apurado por conocer, y por eso su nombre se asocia a la búsqueda de procesos rápidos de cálculos, a ciertas fórmulas y luego a las computadoras. Él debería ser el santo patrono de la computación nacida en el siglo XX, avanzando en su evolución durante siglo XXI. Pascal sería el patrono de la cibernética, un santo laico con mirada lanzada al tiempo.
Mientras tanto, no dejo mi ventana demasiado abierta en la noche para no aterrarme, como le sucedió a Pascal, y para impedir que Nicolás Flamel, atento a esos descuidos, penetre sin saber qué hacer con su inmortalidad. Para mejor sobrevivir, este último hombre imaginativo se tornó invisible, cohabita en halo aleve con prostitutas y lesbianas, alcanza a tener íncubos y súcubos que, por suerte, nosotros no vemos. Pero no hay que inquietarse, hace mucho que Flamel no viene por la Tierra. El espacio cósmico es tan enorme y diverso que no tiene tiempo para recorrer mundos nuevos debajo de todos los soles.
También Nostradamus gustaba con felina intensidad de lo oscuro en la noche y de lo oculto. Sus profecías encantan a damas y caballeros crédulas y crédulos, cuando en verdad él escribió poesía oscura, nocturnal, llena de señales y signos y claves, hermética, dable a cualquier interpretación.Y esa es su gracia. No se aterró como Pascal ni se convirtió en muerto-vivo errante como Flamel, él se depositó en un poema que llamó "Centurias". Como buen poeta-mago, engaña: lanza el miedo a los sucesos por venir como un apocalipsis de los detalles de la Historia. ¿Cuál es el final de los tiempos? No hay ese final, solo existe cuando concluye algo, por ejemplo, la muerte personal. El final del mundo se manifiesta cuando una persona muere: finalizó su mundo, su tiempo. Cada fragmento del tiempo sella algo. Cada final entraña un nacimiento.
Así ocurrió con Salvador Dalí, quien se muere mientras gotea su reloj. Él escuchó el fuego líquido de la muerte y pensó que era el último cromatismo de su vida. Quiso hacer una jugarreta: siendo más inmortal que Flamel, fingió que se moría como cualquiera. Gala lo bajó de la cruz, selló sus heridas, y ahora se pasea por los más bellos planetas de cualquier galaxia: aprendió a dominar su infinitud. Como todo gran artista está vivo en su arte lo cual es quizás una de las mejores formas halladas por el ser humano para la supervivencia, siempre atada a la temporalidad.
¿Dónde está la casa natal de Kafka», preguntó un viajero en Praga, y un beodo lo condujo en la noche a una mansión. ¿Sería en verdad el sitio donde vio la luz Rilke y no el sito kafikiano que se buscaba? La noche era oscura y allá arriba, sobre el famoso Puente Carlos, los astros nada decían: no era cosa de aterrarse. Pero andar con un borracho praguense en la casi madrugada buscando la casa de un poeta rebasaba la naturalidad vital, era dimensión de la poesía. Kafka quedó oculto para el viajero, ¿creyó acaso que a un inmortal se le conjura sin cita previa?
Madame Blavastki interrogó al cristal y ante sus ojos apareció París ardiendo. Es la ardiente París, la de la noche incansable de luces tan eternas como las del espacio superior. La gran iluminación debe de haberla confundido, y a Nostradamus, para hacerles creer que la ciudad ardía en las llamas de un Armagedón. Nerval sonreiría ante la conclusión no poética, apocalíptica, de la dama. Pero ella no se inmutó: tomó un martillo, quebró el cristal y confirmó la profecía solo en imagen. La «Ciudad Luz» se tornó Roma, la «Ciudad Eterna», hacia la cual todos los caminos conducen, incluso el de Francisco, otrora llamado en Buenos Aires «padrecito» antes de que lo consagraran como Papa, un papa casi gaucho, para gracia de la poesía de la fe. Esto es lo poético incondicionado, lo que surge en medio del asombro y hasta podemos llamar surrealismo.
Mientras, Paracelso se oprimía las sienes porque tenía dolor de pensamientos. Se reclinó con un libro entre las piernas y leyó todo el saber acumulado hasta su tiempo. Estaba a punto de definir la unión entre la luz y un íncubo (nacido quizás del sobrevuelo de Flamel), y descubrió cuánto poco sabía: ¿cómo relacionar a un ángel con los ojos de un perro?, ¿cómo describir la fundación de Nueva York sentado en la Alemania de su tiempo? Él no supo cómo celebrar un ascenso militar, cómo viajar en segundos a las cúspides del Tibet. No supo mucho Paracelso y por eso escribió Los elementales. No es un libro de parapsicología ni de magia, es una obra poética.
Desafortunadamente, casi todas las predicciones de los «iluminados» son apocalípticas. Santos varones y no menos puras damas han dado sus opiniones sobre la volubilidad del futuro. Para explicar el mundo y predecirlo se pintaron animales en las cavernas, se escribieron libros de losmuertos en Egipto, se embriagaron las pitonisas griegas, se iluminaron las ilustraciones medievales, subió el hombre a la Luna y dejó una bandera.
¿Dónde están las predicciones sobre la felicidad? Quizás se hallan en las tesis de la existencia, el hallazgo o la fundación del Paraíso. Pero según las religiones oficiales, este es un sitio vivo que hay que ganar muertos, o sea, obtener sin vida el infinito del Bien y la Belleza en la infinitud rocambolesca del olvido a que nos conduce la muerte. Sesenta u ochenta años vivos, ¿será suficiente para ganar esa diáfana inmortalidad?
La poesía del mundo se enfrenta a la existencia efímera en la búsqueda de comprensión y de saber. La poesía es eterna, pero quien la descubre, no.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas