Te doy una canción y hago un discurso
Soy un melómano irredimible. Desde los años infantiles, vitrola y tocadiscos mediante, degusté boleros, baladas, danzones, cha cha chá, canciones… En aquella época también me convertí en radioescucha a tiempo completo, ferviente seguidor de estrellas.
Aunque mi sangre siempre fluyó con el sabor de la música cubana, Los Cinco Latinos, Monna Bell, Luis Aguilé, Manolo Muñoz, Lucho Gatica y otras lumbreras latinoamericanas participaban por igual de mis taquicardias. Hoy me pregunto, ¿qué me atraía más de aquellas melodías, algunas melcochosas y lloronas? Y me respondo: las letras.
Del puente a la alameda / menudo pie la lleva / por la vereda que se estremece / al ritmo de sus caderas, una estrofa que, sin más aditivos, hubiera bastado para generar en mi alma sinapsis especiales en pos de lo poético. Igual Porque no engraso los ejes / me llaman abandonao; / si a mí me gusta que suenen / pa qué los quiero engrasaos. O Una noche tibia nos conocimos / junto al lago azul de Ypacaraí / tú cantabas triste por el camino / viejas melodías en guaraní. Gracias, Chabuca Granda. Gracias, Atahualpa Yupanqui. Gracias, Zulema de Mirkin. Gracias, Demetrio Ortiz.
Pero, claro, nada superaba a En la cadencia de tu voz tan cristalina / tan suave y argentada de ignota idealidad. Gracias, Manuel Corona. Tampoco a Es que te has convertido / en parte de mi alma, / ya nada me conforma / si no estás tú también. Gracias, César Portillo de la Luz. Ni a esta otra: Cuando la hallé en el hondo precipicio / del repugnante lodazal humano / la vi tan inconsciente de su oficio / que con mística unción besé su mano. Gracias, Graciano Gómez. Gracias, Gustavo Sánchez Galarraga. Y estos son solo ejemplos puntuales, que podría multiplicar por diez mil, sin que mi alma quede cansada o indispuesta para recomenzar después de oírlo todo.
Esas fueron las melodías de mi niñez y adolescencia, cuando aún los cubanos degustábamos lo nuestro con mayor fruición que lo foráneo. Pero crecí. Otras letras tocaron a mi puerta, con acordes de guitarra. Todo se me viró al revés cuando una tarde en el cine, creo que en el noticiero ICAIC, vi a un muchacho tan flaco como yo a los 17: Aunque las cosas cambien de color / no importa, pasa el tiempo / las cosas suelen transformarse siempre al caminar. Ese que hubiera querido ser yo, con espejuelos montados al aire y dándole la mano a un Sindo Garay ya centenario era –seguro lo saben– Silvio Rodríguez.
Silvio anda ya por los 70 y continúa dándole lustre a la palabra que se dice para amar. Con él se iniciaron los días de lo que entonces llamaron canción protesta, y unos años más tarde, con mejor acierto, nueva trova. Cayó sobre nosotros un torrente. Y gracias a sus aguas impetuosas vimos claramente, con esplendor de melodías, el aire de la Cuba simbólica donde quedaban expresados los códigos de algo que, sin dudas, era la nueva y esplendorosa época de la revolución. Silvio marcó nuestra juventud con el sello de la irreverencia y el homenaje, con la impronta de un desenfado que, en el fondo, era tributo. Tanto su ejecutoria vital como la creativa han fijado puntos cardinales en la dura, pero hermosa espiral en que oscilamos desde «Canción del elegido» hasta «El necio», para citar solo dos puntos de clímax.
También el lirismo despampanante de «Óleo de mujer con sombrero», «Réquiem», «Pequeña serenata diurna», «Oh, melancolía» o «El sol no da de beber» amplió nuestro registro romántico a la velocidad de la luz. Por ahí también andaban otros: Pablo Milanés, Noel Nicola, Vicente Feliú, Pedro Luis Ferrer, Mike Porcel, Amaury Pérez, Augusto Blanca, Pepe Ordaz. Versos y más versos. Acordes y más acordes. Algunos de ellos integran un imaginario inclusivo donde las personas comunes que somos subimos a la categoría de protagonistas.
Y hoy se resiente el corazón, siento algo más que una canción (Pablo).
Tengo testigos: un perro, la madrugada y el frío (Noel).
Créeme cuando te diga que me voy al viento de una razón que no permite espera (Vicente).
Ay, mariposa, contigo el mundo se posa en la verdad del amor (Pedro Luis).
Ay del amor, que casando de fe, vuela, se posa y se marcha otra vez (Mike).
Acuérdate de abril, recuerda la limpia palidez de sus mañanas (Amaury)
Quiero una canción que me sustituya, que respire muy junto a ti (Augusto).
Enséñame, mujer del hechicero a navegar la senda que me lleva hasta tu cuerpo (Pepe).
Los anteriores son solo fragmentos entresacados por el azar de una memoria afectiva que frecuentemente los tararea.
En esas letras estaba una nueva forma de expresar el mundo naciente. Fueron años en que la poesía coloquial también nos deslizó por un espacio pletórico de posibilidades. Desarrapados antipoetas y trovadores, con pulóveres blancos y botas de recluta dejaron entonces el mejor testimonio sobre una vigorosa lírica de la violencia, inauguraron el lenguaje que le correspondía a los acontecimientos en curso, trascendentes como apenas intuíamos. Estrenaron un arsenal de «estética pobre», rica en imaginación, en sabor popular, en trepidante luz metafórica.
A Silvio Rodríguez se le reconoce un liderazgo, que compartió con Pablo Milanés y Noel Nicola, entre otros, en el movimiento de la Nueva Trova. La línea ascendente de su creación sigue en pos de las cumbres. Los 70 son su nueva juventud. Otras promociones de trovadores y poetas se establecieron en la plataforma pública, pero todos agradecen a aquellos fundadores que, sobre todo, supieron desplegar en la canción el lenguaje de la poesía.
Hoy se canta y se escribe de otros modos. A un cantor se le otorgó el Premio Nobel de Literatura; muchos han dicho que Silvio también lo merece. Opino que se trata de dos territorios diferentes, no mezclables. No se favorece a ninguno de los dos haciendo que uno usurpe las hectáreas del otro. Una lectura del emblemático «Te doy una canción», quizás sin proponérselo, marca esa tenue línea divisoria cuando dice: «Te doy una canción y hago un discurso sobre mi derecho a hablar». La canción y el discurso, cada uno en su arcadia. Si por momentos el discurso fue más plano y panfletario, fue porque dejó de ser artístico. Si la canción pasó por la misma flaqueza, el olvido fue su premio.
Amo la canción inteligente, que también nos llegó de Serrat, León Gieco, Luis Eduardo Aute, Joaquín Sabina, pero Silvio siempre me fue más cercano, porque Cuba habla y canta por su boca con letras de oro. Por eso deseo que su canción y su discurso sigan diciéndole a mis coterráneos esas cosas que hacen grande a un país. En estos momentos tan tristes, esa música puede proporcionar algún alivio.
Santa Clara, 29 de noviembre de 2016
Editado por: Nora Lelyen Fernández