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Fidel, la literatura y los tres encuentros

Emilio Comas Paret, 02 de diciembre de 2016

Hoy de mañana, viendo en la televisión el recorrido de los restos de Fidel hasta Santiago de Cuba, observé que una mujer joven, bañada en lágrimas, decía con tristeza que ella siempre hubiera querido hablar con Fidel, y que ya no lo lograría.

Y en ese momento me vino a la mente esta historia que ahora les cuento:

Siempre me he considerado un hombre con suerte, lo he repetido varias veces en mis escritos, y es que sucede que a razón de la literatura he tenido la oportunidad de hablar tres veces con Fidel.

La primera fue a mediados de la década del ochenta, en ocasión de haberse organizado una reunión con parlamentarios de toda América Latina en relación con la idea de Fidel  sobre lo impagable de la deuda externa, que además había producido un libro de la autoría del Comandante.

En aquella gigantesca reunión en el Palacio de las Convenciones me habían asignado la tarea de atender a las delegaciones de Uruguay y Paraguay. Y en las conclusiones, al terminar su convincente intervención, el Comandante quiso obsequiarle a cada asistente un ejemplar de su libro, pero sucede que no alcanzaban para todos, y por ello el propio Fidel orientó que solo lo obtendrían los visitantes. Pero sucede también que el libro tenía quizás una cifra o una palabra mal escrita, y el Comandante optó por arreglar con un bolígrafo cada ejemplar obsequiado, por lo cual se armó una larguísima cola para salir del recinto, en la cual  alternábamos cubanos y visitantes. Entonces, cuando llega mi turno en la cola, Fidel me entrega el libro, y le digo: No Comandante, yo soy cubano.

Y él me respondió con su índice alzado: ¡Te dije que los cubanos no alcanzaban!
Y le respondí: Sí, por eso mismo no quiero el libro.

Detrás de mi venía en la cola Pepe Viñoles, un entrañable amigo que entonces era representante del Movimiento 26 de Marzo, órgano político del Movimiento de Liberación Tupamaros en Cuba.

Y Fidel le dijo: ¡Tú no, tú eres cubano!
Y Pepe le respondió: Yo soy uruguayo.
Y entonces le dio el libro.

Después de ese desaguisado y algo simpático evento, otro me dio la posibilidad de volver a conversar con él, ahora más amigablemente. Resulta que el domingo 17 de agosto de 2003 el Comandante volvía de la toma de posesión del presidente Duarte Frutos, en Paraguay,  y había invitado a Augusto  Roa Bastos, el famoso escritor paraguayo, a que  visitara Cuba. Incluso vinieron juntos en el mismo avión. En la UNEAC habían seleccionado a un grupo de escritores para recibir al intelectual, y entre ellos estaba yo.

La mayoría de los que deambulábamos en el salón de protocolo del aeropuerto rodeó enseguida a Roa Bastos, que hablaba con Fidel y con el entonces director del Instituto Cubano del Libro, Iroel Sánchez, sobre la publicación de algunos de sus libros en la Isla.

Como no me gustan los conglomerados opté por rezagarme, ya habría otra oportunidad de compartir con el escritor, y al ver pasar uno de los carritos que traían bebidas y comestibles ligeros para atender a las visitas, agarré un trago y me senté en una jardinera. Al rato vinieron algunos de mis amigos y nos pusimos a conversar cosas del gremio. De buenas a primeras se nos apareció Fidel y se puso a dialogar con  nosotros de diversos temas, pero hay uno de ellos que me resultó extraño y no lo entendí entonces; fue cuando dijo varias veces que a Chávez había que cuidarlo mucho. Por desgracia luego la vida le dio una vez más la razón. (De esta conversación es la foto donde no se me ve la cara).

Y la tercera vez el encuentro fue también con un pretexto literario. La editorial Capitán San Luis tuvo la feliz idea de publicar un libro titulado Cicatrices en la memoria, que recogía 18 relatos de escritores cubanos, ilustrados por la misma cantidad de artistas plásticos de la Isla y que trataban de recrear literaria y plásticamente algunas de las agresiones que habíamos sufrido los cubanos como consecuencia de la lucha por nuestra independencia y soberanía. Tuve la suerte de ser uno de los incluidos y que me tocara como artista acompañante la magnífica Flora Fong.

Incluso yo trabajaba un tema que me era muy cercano: los secuestros de los pescadores de Caibarién mientras trabajaban en el Canal Viejo de Bahamas, todos ellos acontecidos en la década del setenta..

¡En la presentación del libro estaba Fidel!

Cuando terminó el acto el Comandante se puso a hablar con un grupo de escritores, y Abel Prieto, tomándome por un brazo, me dijo: "ven para que hables con Fidel. Yo me uní al grupo, que si mi memoria no falla, lo integraban Lisandro Otero, Waldo Leyva, Marilyn Bobes, quizás alguien más que no recuerdo y yo.

Da la bendita coincidencia que Fidel estaba hablando del combate de Alegría de Pío. Él quería que lo escritores conociéramos su punto de vista sobre el hecho, y empezó a contarnos. Tendría que recordarles a los lectores que escondidos en el cañaveral de Alegría de Pío estuvieron Fidel, Universo Sánchez y luego se les incorporó Faustino Pérez. Ya en ese entonces Faustino había muerto. Pero es que coincidía también que unos días antes, por razones de trabajo, había estado conversando con Universo, que me contaba sobre el mismo hecho. Es decir, estaba siendo  testigo de puntos de vistas particulares de los dos únicos sobrevivientes de un hecho histórico tan trascendente como ese, que hubiera podido cambiar radicalmente la historia  cubana de la Revolución. Aquello era impresionante, pero nunca lo comenté, y menos a Fidel. Nunca lo había contado y ahora lo escribo por primera vez.

Entonces, aprovechando un momento de descanso del Comandante en la narración le pregunto lo más ingenuamente que pude: "Comandante, ¿cómo es que el ejército batistiano no quemó las cañas donde ustedes se escondían? De haberlo hecho los hubieran obligado a morir quemados o a entregarse".

Los ojos le brillaron, más que brillar le echaron chispas, me tomó por la solapa del saco y me dijo enfáticamente: "¡Gracias a la sacrosanta propiedad privada! ¡Ellos sabían que esa caña no la podían quemar!"
     


Editado por Yaremis Pérez Dueñas