Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 25 de noviembre de 2017; 4:45 AM | Actualizado: 24 de noviembre de 2017
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 136 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

El Pacto de Miami de 1957

Jorge R Ibarra Guitart, 13 de diciembre de 2016

Durante el mes de octubre de 1957 otro importante acontecimiento atraería la atención de todas las agrupaciones involucradas en el proceso político cubano. En virtud de que en Cuba no era posible estructurar la lucha contra la dictadura desde la legalidad porque Batista no daba opciones para ello, los partidos que mantenían una postura abstencionista ante las elecciones convocadas por Batista pasaron a integrar el frente revolucionario que se estaba fraguando desde el exterior. El movimiento auténtico que dirigían de manera concertada Carlos Prío desde la emigración amenazando con una insurrección y Tony Varona, en el interior de la isla manteniendo una postura abstencionista, se propuso hacerse del mando de la revolución de la forma más cómoda. Con anterioridad, personalidades de la Ortodoxia Histórica habían logrado la unidad con el movimiento revolucionario en el Manifiesto de la Sierra.

Este propósito de parte de los sectores auténticos de hacerse de la hegemonía política de la revolución se expresó en el Pacto de Miami del 15 de octubre de 1957. Si bien los ortodoxos en el Manifiesto de la Sierra no pretendieron dirigir los pasos de la revolución por sí mismos, los auténticos aspiraban a más. En la conformación de la Junta de Liberación Cubana tendrían una mayor influencia ya que tenían el control sobre tres de las siete agrupaciones que la integrarían, a saber: El Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), la Organización Auténtica y el Directorio Obrero Revolucionario. Los otros signatarios fueron la FEU, el Directorio Revolucionario 13 de marzo, el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y el Movimiento 26 de julio (M-26-7). Según el Pacto de Miami la Junta de Liberación Cubana funcionaría con representantes de cada una de las organizaciones firmantes que actuarían como una Cámara Consultiva y un Gobierno Provisional en el exilio el cual designaría al Presidente provisional, se responsabilizaría de ejecutar los acuerdos y disposiciones que dictasen y sería el encargado de determinar sobre la utilización del aporte bélico y financiero. De esta manera los auténticos pretendían disponer del destino de la revolución.

Desde las posiciones que defendió en Cuba el PRC (A) abstencionista para neutralizar el desarrollo de la revolución no les fue posible hacerse del liderazgo político y ahora, en forma oportunista, pretendían colocarse a la cabeza del movimiento revolucionario para acomodarlo a sus fines y apetencias políticas. Fue un intento de un partido que había manejado la alternativa reformista jugando con la insurrección para fortalecer su capacidad de negociación con el régimen. Tenían el objetivo de capitalizar los resultados de la alternativa revolucionaria la cual se abría paso como única solución frente a los desmanes de la dictadura batistiana.

El Pacto de Miami fue también un medio para, de forma sutil, facilitar la intervención norteamericana en el conflicto cubano lo que aflora en los halagos “al honorable rmbajador Earl Smith” y a la “gran democracia del Norte” sin una declaración expresa de rechazo a cualquier probable mediación extranjera como lo recogió el Manifiesto de la Sierra. En cuanto al programa de medidas a ejecutar una vez desplazada la dictadura del poder podemos decir que mantenía los mismos presupuestos moderados del Manifiesto de la Sierra.1

El Pacto de Miami no rindió los resultados que los auténticos esperaban por la condena contundente que dio Fidel Castro al mismo unos meses después. Pero marcó una pauta a seguir en cuanto a que había que crear un organismo de unidad donde se integrasen sectores revolucionarios y reformistas aunque bajo otros presupuestos.

En el Manifiesto a la Nación firmado por Fidel Castro el 14 de diciembre de 1957 se le dio oportuna respuesta al Pacto de Miami. Aunque por el contenido del documento se intuye que habían tenido lugar intercambios del M-26-7 y Carlos Prío para planes militares como paso previo a la conformación de un futuro Gobierno Provisional, lo cierto era que el expresidente había demorado excesivamente su apoyo bélico sin decidirse a conformar un grupo de acción interno en Cuba. A raíz de la huelga espontánea que se generó por la muerte de Frank País, Fidel Castro requirió de los auténticos ayuda en armas para sostener y acrecentar la huelga lo que no fue aceptado por Prío. A partir de ese momento, según Fidel Castro:

Le contesté que cuando él considerara que lo tenía todo listo para zarpar me avisara, para entonces poder hablar de posibles pactos pero que mientras tanto me hiciera el favor de dejarme trabajar a mí y por tanto a lo que yo represento dentro del Movimiento 26 de julio, con entera independencia. En definitiva que no existe ningún compromiso con esos señores.2

En la concertación del Pacto de Miami, según Luis Buch, se consideró una condición que permitía a los firmantes reservarse el derecho de separarse si las Direcciones Nacionales respectivas así lo dispusieran.3 Además resultó que en el caso del M-26-7, no fue posible en el plazo de las 48 horas otorgadas, consultar con su máxima instancia, por ello Fidel con justicia señaló: “El Movimiento 26 de julio no designó ni autorizó a ninguna delegación a discutir dichas negociaciones. Empero, no habría tenido inconveniente en designarla si se le consulta sobre dicha iniciativa”.4

Fidel supo interpretar los fines que perseguían los auténticos con el Pacto de Miami. Estos pretendían aplicar los manejos de la más burda política republicana al proceso revolucionario que en Cuba se había gestado. Todavía sin haber consultado con el alto mando del Ejército Rebelde, Prío y sus seguidores pretendían distribuirse los mejores cargos y sinecuras para un proyectado futuro gobierno. Pero fueron puestos al desnudo por el líder revolucionario:

Que no se inmiscuyan los procedimientos de la mala política en el proceso revolucionario, ni sus ambiciones pueriles, ni sus afanes de encumbramiento personal, ni su reparto previo del botín, que en Cuba están cayendo los hombres por algo mejor. ¡Háganse revolucionarios los políticos, si así lo desean; pero no conviertan la revolución en política barata(...)!

(…)

¿Cómo ahora que en su propia patria se está librando por la libertad la más recia batalla, hay cubanos en el exilio, o expulsados de su patria por la tiranía, que les niegan ayuda a los cubanos que combaten? ¿O es que para ayudarnos nos exigen condiciones leoninas? ¿Es que para ayudarnos tenemos que ofrecer la República convertida en botín?5

Prío, que conocía de la necesidad imperiosa que tenían las fuerzas rebeldes por hacerse de armas para consolidar sus posiciones y extender la guerra al país, pretendió chantajear al M-26-7 ofreciendo armas a cambio de la dirección política de la revolución. Desde una cómoda posición deseaba alcanzar la hegemonía política.

Pero la hegemonía política y militar del proceso revolucionario en curso se encontraba en esos momentos en manos de la vanguardia revolucionaria que comenzó el combate contra la dictadura en el Moncada y no permitiría que otra fuerza política se lo arrebatase y mucho menos los auténticos. Por eso Fidel después de criticar las disposiciones del Pacto de Miami estableció algunas condiciones básicas:

El Movimiento 26 de Julio, reclama para sí la función de mantener el orden público y reorganizar los institutos armados de la República.

(…)

La dirección de la lucha contra la tiranía está y seguirá estando en Cuba y en manos de los combatientes revolucionarios. Quienes quieran en el presente y en el futuro que se les considere jefes de la Revolución deben estar en el país afrontando directamente las responsabilidades y sacrificios que demanda el momento cubano.

Ayúdese desde el extranjero (...) pero no se pretenda dirigir desde Miami una Revolución.

(…)

Entiéndase bien que nosotros hemos renunciado a posiciones burocráticas o a participación en el gobierno; pero sépase de una vez por todas, que la militancia del 26 de Julio no renuncia ni renunciará jamás a orientar y dirigir al pueblo desde la clandestinidad, desde la Sierra Maestra o desde las tumbas donde están mandando nuestros muertos.6

Las críticas de Fidel a lo acordado en Miami también se refería a que el documento excluía una expresa repulsa a una intervención extranjera en los asuntos internos de Cuba: “En fin, por lograr que no se intervenga es ya derrocar a la tiranía”. La denuncia a una posible intervención se extendía a la venta de armas a la dictadura desde el exterior. Por otro lado, el Comandante de la Revolución advertía sobre otra posible maniobra del gobierno para impedir que las huestes revolucionarias llegasen al poder. En este caso denunció que el Pacto de Miami no advertía contra el establecimiento de una Junta Militar: “¿Es que no se comprende que una definición oportuna podría conjurar a tiempo el peligro de una Junta Militar que no serviría más que para perpetuar la guerra civil?”.7

En fin, que el “Manifiesto de la Nación” de Fidel Castro contiene una muy bien perfilada estrategia para la toma del poder político por parte de la vanguardia revolucionaria de origen moncadista para hacer frente a las maniobras del imperialismo norteamericano y de los partidos tradicionales, particularmente los auténticos. Fidel estaba consciente de que en la batalla por ganar la hegemonía política el M-26-7, al costo de grandes sacrificios y gracias a la cooperación constructiva entre el llano y la Sierra, se habían situado en una situación de privilegio por constituir la fuerza más homogénea y poderosa que actuaba dentro del país en oposición al régimen del 10 de marzo. No tenían los millones de pesos de Prío pero tenían el apoyo de muchos cubanos radicados en la Isla quienes estaban conscientes que nada se podía esperar de las gestiones de los partidos políticos. Con poco dinero tenían para hacer muchas cosas más concretas que lo que podía hacer los auténticos con su táctica política dirigida a copar el poder sin grandes sacrificios.

 

Notas

1 Sergio López Rivero: Emigración y revolución (1955-1958), Editorial Félix Varela, La Habana, 1995, pp. 55-56.
2 Armando Hart Dávalos: Aldabonazo. Editorial Letras Cubanas, La Habana 1997, p. 276.
3 Sergio López Rivero: Ob. cit., p. 55.
4 Armando Hart Dávalos: Ob. cit., p. 275.
5 Ibídem, pp. 278 y 280.
6 Ibídem, pp. 279-283.
7 Ibídem p. 278.


Editado por: Nora Lelyen Fernández