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Minha Lisboa de mim*

Ricardo Riverón Rojas, 14 de diciembre de 2016

Al llegar a Lisboa en junio de 2004, ansioso por degustar algo típico me decidí rápidamente por la cachaça. El nombre me intrigó, pues me remontó a mis casi borrados vínculos con la industria azucarera cubana, y por eso pregunté a mi acompañante: “¿Esta gente saca algo bebestible de la cachaza?”.

La cachaza, con “z”, en español, no es más que un maloliente desecho que deja la caña de azúcar después de que la desangran, maceran, cuecen y granulan. La única utilidad que hasta entonces le conocía a esa especie de compost era como fertilizante, pues mi padrastro gallego la utilizaba en las hortalizas de nuestro encantado patio del Central Carmita, paraíso perdido en el centro de Cuba. Imaginé a la cachaça, entonces, agria y (o) dulzona. Pero era aguardiente.

Muito obrigado, le dijimos al taxista que nos condujo desde el aeropuerto de Portela hasta el Hotel Sana Reno, en el centro de la capital lusitana. Recibí como bienvenida, en la barra, el fogonazo de la cachaça, y me preparé para el desembarco de lo insólito en algún puerto nublado de la sangre donde las naves de Vasco da Gama y Fernão de Magalhães aún surcan su encrespado sopor de cinco siglos.

Solo caminando las calles de Lisboa es posible entender el adormecimiento que su atmósfera transmite. Es como si nadie supiera que los objetos pesan o existen. O como si la ciudad fuera una balsa fantasmagórica que se desliza por el Tajo para copular con el Atlántico, con un guiño a la torre de Belem. Y subiendo hacia el Castillo de San Jorge, me supe sin corporeidad, igual que todo y todos, entonces suspendido por la voz de Katia Guerreiro, cuyo “Minha Lisboa de mim” hacia rutilar la mañana desde un CD, que acabé comprando.

Por la fiesta sensorial que aquella melodía sumó al contacto con los adoquines, comprendí que el fado, como sucede con algunos ritmos de latitudes bendecidas por Euterpe, dibuja en su respiración el espíritu de un pueblo. Esa melancolía que parece crema para sanar la piel con nostalgias provenientes de vidas nuestras precedentes a la actual, convoca a una placidez lacrimógena infinita, y las dulcísimas declinaciones de la lengua en que se expresa, la tornan más ingrávida aún. En la Casa del Fado, del Barrio la Alfama, mientras escuchaba a Alcindo de Carvalho, Joana Amendoeira y Cila Guimarães, una lubina rociada con blanco de no se qué remota cosecha me saludó amablemente y aprendí a reencontrarme, desde las doce cuerdas de la guitarra portuguesa y las seis de la española, con fantasmas que antes de mí fueron “yo mismo”, en Lisboa.

Al llegar al Castillo de San Jorge, mi impresión de la ciudad flotante cambió por la de un lienzo sin fondo. Tomé fotos del elevador de Santa Justa, desde el castillo; y más tarde, desde el propio elevador, del castillo. De alguna manera sentí que retrataba a mi alma en cada lado opuesto, convertido en quien debía ser.

La ciudad semeja, asimismo, un espejo donde se multiplica un tiempo cuyo rendimiento es doble, puesto que las imágenes tienden a eternizarse en la retina. Todavía baño mis ojos en el embarcadero desde donde algún día partiré en un galeón, a circunvalar la Tierra y repartir Lisboas por el mundo.

En el café A Brazileira tuve el placer de dialogar, café mediante, con Fernando Pessoa. Me senté a su lado, y no porque fuera de bronce su anatomía (quiero decir: su estatua) dejó de fluir el diálogo sin sonidos. Aún le escucho:

Me asomo, desde una de las ventanas de la oficina abandonada a mediodía, a la calle en la que mi distracción siente movimientos de gente en los ojos, y no los ve, desde la distancia de mi meditación. Me duermo sobre los codos, donde me duele la barandilla, y sé de nada con una gran promesa. Los pormenores de la calle sin animación por la que muchos andan se me destacan en un alejamiento mental: los cajones apiñados en el carro, los sacos a la puerta del almacén del otro y, en el escaparate distante de la tienda de ultramarinos de la esquina, el vislumbre de las botellas de ese vino de Oporto que sueño que nadie puede comprar. Se me aísla el espíritu de la mitad de la materia. Investigo con la imaginación. La gente que pasa por la calle es siempre la misma que ha pasado hace poco, es siempre el aspecto fluctuante de alguien, manchas sin movimiento, voces de incertidumbre, cosas que pasan y no llegan a suceder.

Le respondo, consternado: “yo —y mis fantasmas— somos también aquellos. Desde un hoy que contiene al ayer y al siempre, pertenezco a esta Lisboa donde la poesía transgrede límites a lo irrepetible”.

 

* Mi yo de Lisboa.