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Cuando voy a Maracaibo…

Ricardo Riverón Rojas, 04 de enero de 2017

«¡Qué molleja!» fue la primera frase que oí pronunciar en lengua maracucha. Estábamos a 11 de agosto de 2007 y la exclamación brotó, rotunda y gorda, del pecho del maletero que me auxilió en el aeropuerto La Chinita. La causa del chascarrillo, evidentemente, era mi propina de diez bolívares y, dado mi desconocimiento de aquella jerga, me sobresalté con la sospecha de que fuera poco.

Pero, a decir verdad, preferí evaluar mi retribución como generosa atendiendo al magro equipaje con que los cubanos salimos de la Isla, de manera que el mayor peso y espacio en nuestras maletas quede disponible para que –rebosantes maleta y persona– al regresar no falten esos objetos de consumo que resultan normales para el mundo y «divinos» para Cuba.

Maracaibo, vista desde el avión o desde el extensísimo puente Urdaneta, es una ciudad que levita en su húmedo y crónico calor de cuarenta y un grados –o más– tal un palafito gigante y posmoderno. Reverbera y ondea, mordida con ferocidad por un intenso todo.

A la que alguna vez se llamó Ciudad Rodrigo fui por tres meses, como integrante de una delegación cubana que colaboraría con un proyecto de promoción de la lectura, diseminados sus «legionarios» por la fragorosa y mutante geografía venezolana. A mí, gracias a Dios, me correspondió El Zulia. Y mi agradecimiento se relaciona con que amo los sitios azules y luminosos (eso es Maracaibo) donde las personas se tratan como gente, no como hologramas con etiquetas donde exhiben sus códigos de barras.

Minutos después del lance inicial con el maletero llegaron mis anfitriones, demorados, pero lejos de las dos horas de impuntualidad venezolana promedio. Ya en camino me explicaron que la detonante frase dicha por el maletero, igual que la cubana «¡Le zumba el mango!», la española «¡Joder, tío!», o la mexicana «¡Eres un chingón!», puede connotar sentidos antagónicos, positivo o negativo, según el contexto y tono que la inspiren. Deduje, pues, que estaba en deuda.

Rápidamente aquellos guías: Piero Arria y Keyla González, dieron nueva intensidad a mi agradecimiento, pues hablaron, siempre en plan de joda, de la desmesurada autoestima maracucha. Mi desfasada imagen: sin celular, con el olfato alebrestado por los ambientadores (¡Atchíiiis!) y buscando hotel y restaurante baratos, no les impidió recomendarme primero que todo las gaitas, su música insignia. «¿Gaita?», pregunté, y Piero prendió, en la reproductora de su carro, la más emblemática, Sentir zuliano. Hoy, boquiabierto aún ante el ingenuo I celebrate and sing myself de su letra, la rememoro: Cuando voy a Maracaibo / y empiezo a pasar el puente / siento una emoción tan grande / que se me nubla la mente (…) / todo zuliano que siente / su terruño en lo profundo / le parece que su gente / es la mejor de este mundo.

Días después Keyla (¿o fue su hermana Katty?) me obsequió una camiseta ilustrada donde un personaje de caricatura, panzoncito como todo maracucho cervecero, le dice a otro panzoncito: “Somos lo mejor”; y aquel responde: “Vos sabéis que es así”. Rápidamente yo también supe que, efectivamente, es así, porque esa misma Keyla, aquel primer día, insistió en que me olvidara de hoteles y fuera a vivir al apartamento con su familia. Gracias a ese gesto hoy puedo testimoniar la ternura y cuidados que prodigan los devotos de la virgen de Chiquinquirá.

Esa familia que me acogió era (y sigue siendo) chavista, desde el primero hasta el último de sus miembros, y con su devoción y entrega a una causa que por primera vez –afirman– puso al venezolano pobre en el lugar humano que le corresponde, contagiaron de pasión mi prédica cultural.

Con mis guías recorrí todas las orillas del Lago, y en aquellos espacios asistí a algunas de las transformaciones que el gobierno bolivariano ha concebido. En San Francisco, El Varillal, Encontrados, Casigua el Cubo, La Villa del Rosario de Perijá, Santa Bárbara de Zulia, Lagunillas, Ciudad Ojeda, Mene Grande, Valderrama, El Guayabo, o Tierra Negra tuve la oportunidad de revivir –nada menos que sugiriendo lecturas de El Quijote y Los miserables– aquella década de 1960 cubana que, para el que entonces fui, transcurrió sin mi persona.

Sibarita que soy, rápido me sumé a las excelencias de la cocina local: la sopa de caraotas, la carne en vara, las arepas, las cachapas, la Reina Pepiada, no dieron tregua a mi paladar. Pero el más gentil amigo en aquella fiesta de la mesa, quizás por su parecido con los plátanos chatinos de mi Cuba, fue el patacón. Como en nuestra receta, para elaborar patacones se fríen un poco los plátanos verdes; cuando se tornan amarillentos se aplastan a puñetazos y se terminan de freír a todo fuego hasta que quedan crujientes. Pero la diferencia de los patacones con nuestros chatinos es que los venezolanos no fraccionan los plátanos, mientras nosotros sí, además de que ponen mucha carne mechada entre dos de ellos configurando así un sándwich espectacular, parecido a un trasatlántico.

Las Playitas, las Pulgas, la Plaza Baralt, el Callejón de los Pobres, los carritos por puestos, los avisos de «Sí hay sopa», la cantaleta comercial de los buhoneros y colectores de «busitos», el «ponte mosca» para pedirle a alguien que se despabile llenaron de colorido y sabor mis días en la Ciudad del Sol Amada. Para dictar, con la magia debida, aquellas conferencias, cada una de aquellas «pequeñeces» incentivó mi energía y apuntaló mi alma.

Hace ya cinco años que partí de Maracaibo. A mis amados maracuchos quiero dejarles clara la siguiente conclusión: el placer de viajar juntos, en pos de la «utopía» de un mundo mejor posible donde la solidaridad y una vida espiritual mucho más intensa y plena no sean la excepción sino la regla, le permite a mi sangre inscribirlos como hermanos en los más hondos registros del alma. Cuando volví a La Chinita para mi regreso a Cuba aún me sentía en deuda, pero ya no vi al maletero. En consecuencia, para saldar tanto débito –y no solo con aquel señor por su servicio– apenas se me ocurre evocar otro fragmento de la famosa gaita: Siento un nudo en la garganta / y el corazón se me salta; / y sin darme cuenta tiemblo, / sin querer estoy llorando…

Editado por: Nora Lelyen Fernández