La poesía como suceso exterior
Si aceptamos el verso de Bécquer de que «poesía eres tú», ella está en el exterior, fuera de nosotros, pero precisa de nosotros para ser procesada y expresada como arte de la palabra. Sin el «yo» no hay poesía, al menos como hoy la entendemos, al menos como luz del género humano, al menos como esencia del «ser poeta».
La poesía habita en todo. Los cinco sentidos, como quería Federico García Lorca, la captan. Expresarla, redondearla en palabras y silencios, es oficio de poeta. Ella escapa a cualquier definición, pero se queda cómoda en cualquiera: Poesía es…
Un columpio. Sube, mira a las estrellas, baja, observa lo telúrico. Cielo y tierra son su entorno, y el espacio inmedible que existe en el alma humana. Ese espacio está ocupado por muchos sentimientos, emociones, reflexiones, cálculos, verdades y mentiras. Si se expresa con arte cada uno de ellos, o todos juntos, la poesía ciñe la expresión, el lenguaje se viste de arte, la palabra suena a inmediatez y a eternidad.
Afuera del yo, del superyo, del estado consciente y del subconsciente, se agita la bandera de la existencia natural. Si en el cerebro se hermanan Pascal y Descartes, en la realidad material, las cosas y los seres pueden ser lucubraciones del mundo, realidad que se ajustaría al verso si hay poeta que realice la proeza de la expresión.
La belleza de la realidad desborda de poesía. Desde un paisaje hasta la composición de las rocas. Desde el brillo azulado del agua fluyendo en el entorno verde, la belleza del planeta bulle de poesía. Fuera de él, también, hay belleza estelar. Urano canta en torno al Sol. Ya no solo apreciamos un valle con rocío titilando entre las plantas verdísimas. El paisaje del cosmos crece en los telescopios, cada vez más potentes, cada vez vamos más allá. Y la poesía vibra en ese más allá.
La realidad es madre. Pare poesía. O, al menos, la poesía es el rumor, fulgor que se escapa de su existencia. Sin la existencia humana hay poesía en el cosmos. Gracias al cerebro evolucionado hay expresión en códigos de lo que sea esa poesía. La poesía puede expresarse por cualquier código, porque ella resulta de la«comunicación» de la materia expandida y eficaz, evolucionando, viajando hacia ningún lugar que es todo lugar, hacia el espacio, que es el lugar del silencio, roto cuando llega a él el bramido material, la luz rompiendo tinieblas.
Por eso la poesía está en el tú que intuyera Bécquer en la existencia diferente del yo, en la otredad, en otro ser. Y en ese sentido de la múltiple otredad, ella nos habita, porque para otros, nosotros como íntimas habitaciones del yo, somos también otredad. La poesía vive en la otredad y se manifiesta en el ser. Siempre se manifiesta, pero es el ser quien la depura y la torna palabras, expresión humana de la identidad del cosmos.
Hay la poesía de lo terrible, de la angustia de una estrella por explotar, de un asesinato, de las masacres guerreras, epicidades crueles, poesía infernal. Los ínferos tienen cúmulos expresivos de poesía trágica, dramática, de dolor. Y dentro del yo hay también infiernos así, ardientes, que desean estallar. Lo externo no es una sola canción de armonía, lo paradisíaco más bien resulta excepcional.
Y el amor es el centro humano esencial de la poesía lírica. El amor fluye en versos aunque no sea poeta el amante, que mira a la amada o al amado con ojos tan líricos, que la expresión desea saltar en pedazos, convertirse en frases de amor. Sale desde adentro, pero se hace exterior.
Y el odio bulle en los ojos enrojecidos. Salta a veces, cuando el disimulo ya no se puede aguantar. ¿Serán el amor fluido paradisíaco y el odio resaca infernal? La poesía sabe de esas cosas. Tratada sí, como ser aparte, como si ella fuese parte material del mundo. ¿No lo es? Todo el universo es expresión, toda expresión resulta carga potencial o no de poesía.
Dice León Felipe: «El eje de la tierra es una canción», el planeta canta como todo astro alrededor de su sol. Y si poesía fuese sinónimo de creación, el cosmos, siempre recomenzando, como un valeryano mar, resulta ser la poesía de la constante creación, ganando espacio, ganando tiempo, como un filme de proporciones infinitas.
Más pequeño en su infinitud es el yo. El yo es el ángel de Rilke. Freud lo advirtió y creó un método para «curar» al yo, enfermo de mundo, paranoico, esquizofrénico, compulsado por un resorte poético, épico, de la realidad. El yo quiere ser solo lírico y la realidad que lo ciñe es épica. La contradicción está entre el realismo íntimo y la realidad material, entre las expresiones del ser y del mundo, el ser queriendo ser solo expresión de sí en la resistencia del cosmos, que tiene un yo mayor.
No hay dos poesías: la externa y la interna. Hay la noche y el día, y forman parte de la realidad. Y en el ancho cosmos no existen en verdad los conceptos noche y día. Son relativos, vistos solo por el receptor. Solo ese mismo receptor divide al mundo en «mi» interior y «lo ajeno» a él. No hay fronteras. La poesía en verdad no las reconoce, ella sabe que puede expresarse en el amor o el odio, así como en la lava y la flor. Ella es sutil y también titánica, bulle en la corona solar, explota en materia diversa en las supernovas, crece en la luz y en las tinieblas, es cosecha expresiva de la realidad. Y se amiga, o se anida, dulcemente, en el centro sufriente del ser.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas