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Canon y sacudida en los cuentos de Kanon, de Marvelys Marrero

Jorge Ángel Hernández  , 10 de enero de 2017

El cuaderno Kanon, de la narradora cubana Marvelys Marrero Fleites, nos enfrenta a una novena de cuentos breves, intensos, rebosantes de sustancia humana. Y escribo “nos enfrenta” porque es justo lo que ocurre al emprender la lectura de todas sus historias: una necesidad de enfrentamiento con la realidad presentada, una exigencia de choque ante las situaciones, un inevitable deseo de cuestionar las salidas asumidas. Literatura, entonces, que conmueve y sacude, que no deja indiferente la humana conciencia del lector. Por entre los cuentos de Kanon hay esperanza en los instantes de más irreversible hundimiento; hay amor cuando el odio o la venganza se desatan; hay frustración cuando se impone la lógica de la existencia; hay angustia cuando debiera avenirse el esplendor de la vivencia; y hay soledad corrosiva cuando las relaciones abundan en sus vidas.

Este es el quinto volumen de cuentos que publica la autora. Como continuidad del estilo en su obra narrativa, se aprecia:

1º. Abundante uso del habla popular, con la constante inserción de expresiones vulgares que matizan la norma del discurso que va a asumir el personaje y que es, al mismo tiempo, el discurso que su narradora asume.
 
2º. Fluir de la conciencia consecuente con el uso de la primera persona en el punto de vista narrativo.
 
3º. El modo de juzgar las tensas acciones y sus consecuencias a través de elementos didascálicos en la narración.
 
4º. Compartimentación del mundo infantil del que ocupan los adultos, y la perspectiva de género que elude por completo los rasgos de activismo.

Todos los cuentos de Kanon se ajustan al canon del realismo. Por una parte, se nutren con generosidad de las crudezas del realismo que la industria cultural etiquetó como “sucio”, y por otra asumen, en contenida economía, los visos de esperanza humana del realismo que el materialismo sintáctico con que intentó blindarse el socialismo terminó por anegar en dogmatismos. Ambos se hallan, no obstante, asimilados por el ejercicio narrativo, como si se hubiesen diluido las fuentes en su hacer, acaso en un punto anterior al del encuentro de la autora con las obras modelos, y quedaran solo cápsulas de tradición de ambas vertientes.

Cada una de las piezas de Kanon es independiente, aunque la estructura del cuaderno las presente asociadas por tríadas. La asociación no es baldía, desde luego. En la primera de ellas reedita circunstancias que se corresponden con el mundo infantil que ha reflejado anteriormente, aunque el conflicto de estas piezas está más concentrado y evade con pericia digresiones advertidas en textos anteriores. En la segunda tríada las situaciones son préstamos reelaborados de lugares comunes; van del deseo hasta la frustración y se desplazan en fragmentos temporales de más amplitud en cada una de las vidas de los personajes. La tercera y última desliza el asunto a la cuestión de género y convierte en amargo el tono de ironía que las recorre.

Cada uno de los personajes de Kanon se limita a atravesar la intensidad de su propia historia para desaparecer luego del libro. Al asirse a este recurso literario, Marvelys Marrero recupera una vieja tradición de la cuentística realista que el aligeramiento del lector de la segunda mitad del siglo xx fue decapitando. Se resiste así a adoptar la solución a la que tantos autores de la posmodernidad han acudido: intercalar e intercambiar personajes e historias, contaminando de una estructura novelada al conjunto de relatos. En tiempos de manierismo de la industria cultural ello es un reto y un riesgo, y vale la pena que se reconozca la valentía literaria que la autora demuestra.
 

Otro elemento de honestidad y valentía literaria de Kanon se halla en la elección de situaciones y conflictos. Ni la crueldad ni lo grotesco ni la vulgaridad reaccionaria de sus personajes, protagónicos o secundarios, detienen a Marvelys en su composición del relato ni, mucho menos, en la enunciación discursiva. No escamotea la realidad como tampoco la adultera, algo que ha estado tentando a no poco oportunismo literario en nuestras letras. En los relatos de esta autora el mundo se presenta como es y de él se selecciona lo que atañe imprescindiblemente a la historia que se narra. Lo inaceptable de la realidad es, en su literatura, pura sustancia del relato. Con ello, se cierra el ciclo de honestidad y valentía de la autora: la herencia del realismo no rinde culto a los vicios precedentes.

Marvelys Marrero reitera, pero también reescribe, superando propuestas.

1º. El niño como sujeto es más independiente, más persona en la historia.

2º. La perspectiva infantil como testigo de la realidad familiar y de las confrontaciones sociales se halla más en función de sacudir al lector que en la simple intención de componer elementos informacionales.

3º. La primera persona como cosmos del universo que rodea al niño, lo oprime y conforma su psicología. Su actitud ante la vida es más libre del canon de la explicación y, sobre todo, de la acumulación de elementos consecuentes.

Los personajes de Kanon ofrecen con frecuencia el porqué de conductas violentas, o censurables. Comparten con la autora motivos, condiciones y prejuicios morales; de ahí las didascalias de argumentación que aparecen como notas en la narración. Como la autora, comparten con la psicología predominante en todo el siglo XX occidental, el descargo de la responsabilidad en la conducta sobre los traumas de la infancia; y asimismo, comparten con la psicología social que el socialismo llevara hasta niveles dogmáticos de simplicidad, la revulsión de las insuficiencias en la disfuncionalidad familiar.

Y aunque ni traumas infantiles ni disfuncionalidades familiares se hallan fuera de la conformación del carácter y la predeterminación de la conducta, ambos son elementos secundarios en el ámbito exclusivo de la literariedad, donde la autora puede prescindir de tales requisitos y de coyundas académicas. Ello, a mi modo de ver, no viene solo de la juventud de la autora, sino además de un insuficiente paquete de lecturas y conocimientos. Acaso el curso que su ficha curricular acusa sea también un cómplice de estas limitaciones, no tanto por la escasez de lecturas, sino por estrechez de canon.

Irónicamente, es justo el canon del realismo el que va a definir las limitaciones que pudieran hallarse en un cuaderno tan hondo, tan intenso, tan dado a someter al lector a sacudidas, como Kanon.

Editado por Heidy Bolaños