Posfeminismo y transgresión en Anna Lidia Vega Serova
Creo que fue Ismael González Castañer la primera persona que me habló de la literatura de Anna Lidia Vega Serova. La ensalzaba como una de las nuevas voces de una generación caracterizada por sus transgresiones tanto desde el punto de vista formal como conceptual.
Meses (creo que fueron meses y no años) después, la novel escritora ruso-cubana ganaba el Premio David de Cuentos con un cuaderno titulado Bad Painting y en el que ya asomaban los rasgos que definirían después una de las obras narrativas más sólidas de la literatura que comenzó a hacerse en el país en la década de los noventa y que maduraría, en el caso de Anna Lidia, en el 2000 con libros extraordinarios como Catálogo de Mascotas, Imperio Doméstico y Miradas de Reojo o la excepcional novela Ánima Fatua una de las mejores escrita por mujeres y hombres en la Cuba de hoy.
Cuando Mirta Yánez y yo hicimos la famosa antología Estatuas de Sal, Anna Lidia Vega Serova no figuró en la selección. Mirta y yo desconocíamos su existencia y ahora creo que, quizás, habría que hacer un segundo tomo de ese panorama de la cuentística cubana escrita por mujeres para demostrar que la autora de quien hablamos ahora inicia un período que yo llamo posfeminista en el que asuntos como la reivindicación de género, si son tratados, lo hacen desde una nueva perspectiva, la que se asume desde una voz narrativa que destaca, más que la pertenencia a un sexo determinado, el yo, aun cuando la mayoría de los personajes de quien escribe sean las mujeres.
A la autora de Ánima Fatua le interesa sobre todo la relación entre sus personajes y el contexto en que estos se sitúan. Tiene una visión desprejuiciada de “lo femenino” y parece desentenderse de lo que hasta ahora entendíamos como “conciencia de género” para plantearnos desafíos que violentan los cánones y transforman a las mujeres en sujetos enmascarados en la autoficción, rasgo ostensible en las dos novelas que ella ha escrito: Noche de Ronda y Ánima Fatua.
Vega Serova dinamita las convenciones de la novela y el cuento junto con las de sexo. Acude a la relatividad de una voz que identifica procesos íntimos y reconstruye situaciones literariamente inéditas dentro de lo que hasta ahora ha constituido el comportamiento tradicional adjudicado a las mujeres.
Las zonas truculentas del inconsciente se enfrentan a una hostilidad exterior que la escritora nos describe con fino humor, a veces con cruel sarcasmo y asume un lenguaje retador como reacción ante un entorno que siempre parece no gustarle demasiado.
El poder de síntesis de su escritura contribuye a aumentar la intensidad de unos textos en el que algunos críticos han visto un silencio observante. Y es precisamente en busca de esos silencios a donde debe ir el lector porque en esa búsqueda reside la actitud participativa necesaria para decodificar esta obra. La corriente subterránea donde encontramos la verdadera historia que se nos quiere contar.
En mi opinión, la literatura de Anna Lidia tiende cada vez más a una poética que asume las diferencias pero que, a la vez, trasciende los encasillamientos tanto por su hibridez genérica como por la voluntad formal y contenidista de transgresión. No se trata de una burda actitud provocadora. Por el contrario, sus textos fluyen con exquisita naturalidad pero invitando al receptor a asumirlos desde una nueva perspectiva.
“Las cosas nada son hasta tanto alguien no las mira de reojo”, ha dicho la autora en uno de sus libros más emblemáticos (Miradas de reojo) y este detenerse en un ángulo inédito de la realidad descrita, otorga a sus narraciones un desconocido sabor de novedad.
Como instrumentos expresivos, Vega Serova cuenta con una impecable limpieza de lenguaje, y con un poder de comunicación efectivo. Su economía de recursos produce los textos más estremecedores e inquietantes.
Desde el principio su obra se caracterizó por ser desinhibida y retadora y por la asunción de una marginalidad y una denuncia velada a la discriminación, discriminación que, recalquémoslo de nuevo, va mucho más allá del género.
Sus cuentos abordan, fundamentalmente, la vida cubana durante el período especial y enfocan a sus personajes en su interrelación con el mundo que los rodea no solo en el entorno doméstico (del que es una peculiar indagadora) sino también como parte de una sociedad a la que no se sienten totalmente integrados.
En su primera novela, Noche de Ronda, mantiene estos presupuestos además de realizar una búsqueda audaz a modo de experimento con la forma, que, aunque en ocasiones desdibuja el argumento, logra mantener el interés por el mismo gracias a las múltiples situaciones ubicuas que se presentan dentro de él.
Sin embargo, su segunda novela, Ánima Fatua, es una clásica obra de aprendizaje al mismo tiempo que un testimonio del cuerpo y sus posibles escenarios. Las frustraciones de un personaje femenino desdoblado que no logra reconciliarse con una realidad por razones ajenas a su sexo y a su voluntad constituyen el sustrato de la trama.
En este texto Anna Lidia abandona lo cubano para ir a sus raíces rusas y apela a un original lirismo dentro de un realismo sucio que asoma solamente para rendir cuentas del sin sentido de la vida acercándose a un existencialismo muy contemporáneo.
La marginalidad de la protagonista constituye una elección pero a la vez se convierte en un modo de vida al que la obliga su circunstancia.
En la medida que ha transcurrido el tiempo Anna Lidia Vega Serova ha ido perfeccionando sus instrumentos expresivos para convertirse en una voz imprescindible de la narrativa cubana actual.
Cuesta trabajo creer que su español es su segunda lengua. El dominio que muestra de él la convierten, desde el punto de vista del lenguaje, en una escritora de rara perfección al mismo tiempo que sus temas resultan muy atractivos e ilustrativos de una estética que marcha entre el posfeminismo y la transgresión.
Tanto sus cuentos como sus novelas abren paso a una cosmovisión personalísima y consiguen trascender gracias al gran poder de comunicación que poseen pese a sus audacias formales.
Escrituras como las de Anna Lidia Vega son un ejemplo de cómo lo experimental no tiene necesariamente que ser acompañado de la incomunicación. Posee un alto número de lectores que la siguen y también la crítica le ha sido favorable. Espero mucho más de ella, pero lo que ha hecho hasta hoy basta para situarla en los más altos peldaños de la literatura cubana del siglo XXI.
Editado por Heidy Bolaños