Atento a Antonio Herrada
Con el amigo Antonio Herrada (Holguín, 1992) comienzo una serie de artículos acerca de la primera generación de poetas del siglo XXI. Nacidos quizás a partir de 1980, esta hornada lírica muestra sus principios creadores en la segunda década de la nueva secularidad. Hice recuento del XX, que me vio nacer, en mi libro El sigo entero (2008). Allí me detuve a ver el pasado. Ahora quería observar la poesía fluyente de una juventud que llega a ella con garra, atinos y precipitaciones, como todas las generaciones, con alegrías logradas y mucho que aprender y aprehender. No por jóvenes trataré aquí acerca de sus nacientes obras poéticas, pues la juventud pasa rápido y es la obra en ella la que luego importa, por haber ofrecido ya poemarios, casi siempre pequeños en su volumen, que dan un paso más allá de la promesa.
Elijo a Herrada para comenzar. Se ha distinguido bien. Los premios que ha recibido no son lo que importa, sino el resultado de su labor poética. Es un graduado de Geografía y trae un amor por el hecho poético que lo lleva a lo fundamental: leer más que escribir, entrar al ruedo literario con sus primeros libros, ser osado y con muy nobles ambiciones, y no tener apuros, pues la poesía puede que sea una carrera con obstáculos, cuya meta se disuelve en el horizonte.
Con Asimetría (Holguín, 2015) lo hallamos lleno de fe en sus dotes.Parece tomar como lema una frase de René Char: «La asimetría es juventud». A la llegada del encontronazo con la vida y con la expresión de ella, el poeta se adentra en su identidad: «olvido las palabras con que aprendí a hablar. / Varios padres me han nacido / y están creciéndome hermanos. / No me reconozco». Aun en proceso docente formativo no había cumplido los veinte años, pero Herrada entraba a la escritura de poesía con un lenguaje sagaz: la búsqueda de su ser mediante el arte de las palabras. No se quedó allí.
En 2016 «descubrí» al poeta en un concurso literario, en el que ganó su libro. Iba yo como jurado a tratar de medir la calidad alcanzada por gentes de su edad, y allí brilló Plantas invasoras (premio Calendario 2016). Me detuve a observar dos «detalles»: el autor se deshacía del «sí mismo» adolescente para entrar en la historia de Cuba, y en la flora tropical, a veces como alegoría y otras como realidad objetiva. Estaba hallando un camino que, si bien ha sido explorado por otros poetas de la tradición insular, él se comenzaba a distinguir con lenguaje lleno de sutilezas y de saberes sobre esas dos marcas temáticas: la historia (en este caso, los estudiantes de medicina fusilados en el siglo XIX) y la vegetación arraigada.
Herrada no permitía ser absorbido por el exceso de «materialidad», a veces sexual, de algunos y algunas poetas que abrían sus obras en el mismo momento que él. Marcó intereses definidos: conciliar la carrera universitaria en la que llegó a graduarse con subidos laudes, con sus propios intereses expresivos en el ámbito subjetivo de la poesía, donde se advierte fineza expresiva, buena elección lexical, y aun con temas de recuento e historia, no viene a contar, sino a cantar, como me parece que debe hacer un poeta lírico.
Una vez cerrado Plantas invasoras comenzó a adentrarse en un tema esencial de la historia económica de Cuba, que ha marcado el devenir de la nación: la zafra. Se debate en la culminación de un libro sobre un hito expresivo de Agustín Acosta, que ya había dejado buena huella en el malagueño Salvador Rueda y en el cubano Felipe Pichardo Moya, todos antes de 1930.
Herrada no quiere, sin embargo, penetrar en el mundo agreste de manera descriptiva, sino, como en Plantas invasoras, tomar la sugerencia temática para lograr una poesía reflexiva, alejada de cierto existencialismo o hasta metafísica, a veces observable en poetas que inician sus derroteros creativos. Él tiene dones para la poesía de entorno social. Esto hacía años que no se percibía en las letras cubanas de las nuevas promociones. Herrada puede entrar a temas sociales, sin renunciar a su impulso lírico, y esta es una virtud que debería trabajar con cuidado. Con Plantas invasoras adelantó mucho en tal camino. En el breve texto «Poética de la atracción», expone su conciencia creativa:
Estoy buscando un verso que me fusile
pero mis versos no atraviesan nada.
No atraen balas.
No son balas
todavía.
Es un «todavía» que se queda resonando. Y ese dejar resonancia es una cualidad que Herrada debería seguir cultivando, tiene dones para eso. Es capaz de tenderle trampas a la palabra para que ella no lo domine, para no dejarse arrastrar por el texto. Él quiere dominar lo que dice y no ser dominado por la verborrea, por la palabrería, por la decoración. ¿De dónde asume tal «enseñanza»? Quizás sea connatural con su personalidad. Y esto es lo que me entusiasma en este poeta que dio ya pasos de atención, que ha comenzado a revelarse y será tan vital como él mismo quiera, y pueda.
En «Los poetas mueren a los veintiún años», edad suya en ese momento, evocadora de un Arthur Rimbaud renunciante a casi esa edad, Herrada muestra una rara aptitud para ser objetivo y subjetivo a la vez, para andar con pasos realistas coordinados con su propia imaginación. Esa es la aptitud esencial que encuentro en sus nobles aportes, aun de poeta que comienza una senda dura. Él es capaz de la síntesis y de la conjunción, sería magnífico que lograse pulir ese interés, que su profesión como geógrafo le abra la mirada al enorme arsenal poético que ella tiene. Dice en el mencionado poema:
Habiendo cruzado la frontera
puedo declararme muerto.
Escribir como un muerto y acomodarme a la idea.
Temerle a la idea.
Pero apenas entiendo las dimensiones del miedo.
Mis verdades sujetan el mundo como otra gravedad.
La frontera es dejar un cuerpo y seguir con otro menos vivo.
La frontera es una flor que alguien siembra a mis espaldas.
Es un buen texto para ejemplificar lo que digo: claridad expresiva, enunciado objetivo, subjetividad de fondo (imprescindible en poesía), sutilezas que se quedan vibrando en el entramado de las palabras. Idea y más que «mensaje», hallazgo de correspondencia entre el ser individual y el medio ambiente. Quizás sin proponérselo, toca un asunto ligado a las identidades: la frontera, a la que el poeta ofrece su dimensión personal.
Me atrevería a sugerir que Herrada debe estar atento a sus dotes y no apurarse. Desgranar sus libros y no correr a que se lo edite alguien. Esperar a que ellos maduren, los frutos maduros son más gustosos. Él trae un lenguaje y un tono estupendos. La maquinaria de la expresión necesita enriquecimiento de vocabulario, amplitud de miras, más trasfondo que superficie. Tiene el don de la síntesis, esencial en la elaboración de poemas efectivos. Y entre tantos dones, Antonio Herrada trae la gala del entusiasmo poético. Más saber, más hondura, más tiempo de consagración. Solo el talento bien conjugado con enorme tesón dará la obra que Herrada ya nos anuncia. No temo apostar por su fortuna creativa, pero es a él, con su talento y tesón agregado, a quien le corresponde crecer en poesía.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas