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Dagas y jardines

Jorge Ángel Hernández, 02 de marzo de 2017

Jardín de dagas,1 de Aleyda Quevedo Rojas, es un libro del cuerpo femenino, del deseo que lo obliga y lo solaza, y del contraste más simple que insiste en ubicarlo en la vida cotidiana. Como muchos de sus antecesores en la obra de la autora,2 acude al recurso de reconstruir un mundo para desarrollar sus escenas. El mundo de este cuaderno es el de la poesía metaforizada en un jardín de armas filosas, pues no solo dagas la sitian en sus aventuras, sino navajas, cuchillos, puñales, espadas, dardos, etc. Todos, desde su carta de presentación, en función de un erotismo que indaga en la potencia del YO, que se confiesa y se duele, no del hecho en el acto confesado, sino del sinsabor de la indefinición que cada circunstancia muestra.

La poesía intensifica lo oscuro de mi espesura y lo vivido.

De ahí que decidiera recluirme en el blanco de la casa,

en el temblor del viento que mueve la hierba,

en las líneas de palabras que como dagas

cortan el punto de la ternura y el sexo.3

La confesión siguiente asegura haber vendido el alma a la poesía “por intuición”. De ahí que “sus cuchillos” la acompañen y que recurra a una paradoja que es un lugar común el sujeto que ama: “sufrir por amor es una habilidad que está justificada”. Más adelante, esta confesión genera un matiz que conserva para el ser el cuerpo aunque un demonio que sopla versos le haya comprado nuevamente el alma. Al amar la intensidad, no lo que dure, como añade en el primer texto citado, o al reservarse para sí el cuerpo, al cual “se le hacen cosas / que al alma no están permitidas”, la apuesta queda hecha por la añorada intensidad del erotismo, por el protagonismo del cuerpo y sus realizaciones. Y el desafío a los convencionales transcursos de la relación amorosa –ya sea como ideal de pareja ya como desborde y capricho– se lleva el triunfo en esa encarnizada pelea de objetos que cortan engañosamente.

Poesía y daga.

Lo que germina y significa.

Ambos versos son interpretables a la inversa: la daga (del erotismo) es poesía; aquello que significa debe germinar. Y el cuerpo femenino, libre y siempre desafiante, es el fértil terreno de la germinación y la herida.

Como elementos de juego poético, hallamos un sujeto lírico que va ofreciendo pétalos envenenados, capaces de mentir, o polen estático de las flores del mal. El llamado intertextual a Baudelaire queda anunciado también en las primeras páginas, amalgamando innumerables referencias:

Versos de versos de versos,

Bandadas de voces. Pájaros

De todos los tiempos.

Imágenes de imágenes de imágenes.

Piedras y los mismos misterios

A los que me declaro fiel.

Hay, pues, una estrecha relación entre los referentes poéticos y la necesidad de expresar el desafío del cuerpo, la reivindicación del deseo femenino. Así, el lance erótico es, en cada poema, la circunstancia que sirve de pretexto para la reflexión ante la vida. Pero la poesía de Quevedo Rojas evade la conceptualización cerrada, cierra la puerta al juicio conclusivo (sobre todo si ese juicio arrastra tradiciones morales anquilosadas y opresivas para la mujer), y deja en el ambiente el choque de posibilidades, para que el valor de la vivencia se extienda más allá de la vivencia misma. “En esta vida no quiero el martirio de salvarme”, dice. “tendré la muerte de un ser / que amó con todos sus puñales”, añade en otro breve texto.

Poesía contenida en su estilo, es desbordante en sus proposiciones. Lo que en principio era un jardín, se convierte en una metáfora cierta de la vida, en el corral a donde la historia de la humanidad ha ido confinando a las mujeres. Lo que de inicio era un intento de regar el filo de esas dagas que florecen en el jardín de la poesía, se transforma en desafío al ser y, sobre todo, en llamado a extender los siempre contenidos límites del deseo humano.

Solo tú, poesía, haces que valga la pena

seguir a la intemperie de la vida

en el reluciente filo de la navaja.

La antítesis que plantea el título del poemario no es solo un juego del oficio poético, sino un camino de instrucciones éticas y, sin despegarse de ellas, un alarde de la capacidad creativa de la autora. Y hay también drama detrás de esas agujas que intervienen el cuerpo, no ya en un gesto erótico, sino en acción común de cirugía. La cirugía que no se conforma con su sencilla y temible identidad, sino que es semilla de posible deseo, de resurrección, al verse ante “la mariposa negra de la serenidad”.

Tanto objeto cortante que metaforiza el curso de la acción (si hay mundos inventados hay historias también que pueblan esos mundos) germina en la labor del jardinero, o de la jardinera, sea propiamente dicho.

Las lilas que sembraste en mis senos

(…)

Las corto con tijeras de jardín.

(…)

Las lilas de mis alas

ni imaginas la relación lógica que tienen con el viento.

La edición que citamos concluye con varios textos breves acerca de este libro. Así, mientras Diana Bellessi afirma que “los poemas cortan y suturan, al mismo tiempo”, Leandro Calle dice: “La palabra poética de Aleyda Quevedo Rojas corta y cauteriza al mismo tiempo” en dos frases que, supongo, coinciden si que antes se hubiesen encontrado. Son, desde luego, el producto que el poemario entrega, sin lugar a dudas. Carlos López, por su parte, asegura que “los elementos cortantes de este poemario, las dagas las tijeras, las navajas, los cuchillos sugieren también esa frontera, ese filo que divide algo y ofrece dos o muchos ámbitos”. Y Odette Alonso encuentra además “una declaración de p`rincipios, de presupuesto poético”, en “esa mezcla de dulzura y aridez, de corte y de costura” de lo que considera una mirada muy personal del amor.

Valen, de cualquier modo los poemas intensos de Jardín de dagas como una acompañante que no pocas veces añoramos, cuando los versos nos sitian con sus citas y escamotean la vivencia, que es la más plena reivindicación de sus propiskiciones.

Notas

1 Aleyda Quevedo Rojas: Jardín de dagas, Editorial Praxis, Quito, Ecuador, 2013, 68 pp. / Editions associatives Villa-Cisneros, 2016, 78 pp. (Edición bilingüe Español/francés).

2 Ediciones ORTO, Manzanillo, 2013 publicó una voluminosa antología de sus poemas, El cielo de mi cuerpo,  242 pp. Antología poética 1989-2011. El volumen compila textos de siete poemarios: Dos encendidos, Monte Ávila Editores, Caracas, 2008; Soy mi cuerpo, LIBRESA, Quito, 2006; Espacio vacío, Ediciones de la Línea Imaginaria, Quito, 2001; La actitud del fuego, Lima, 1994; Cambio en los climas del corazón, Editorial Universitaria, Quito, 1989; Algunas rosas verdes, Sistema Nacional de Bibliotecas, Quito, 1996; La otra, la misma de Dios, Ediciones de la Línea Imaginaria/Editorial El Conejo, Quito, 2011.

3 Ed. Villa-Cisneros, 2016. Las citas se harán usando esta edición.

Editado por Heidy Bolaños