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Destinatarios

Marilyn Bobes, 07 de marzo de 2017

Decía Nicolás Guillén que para deshacer un soneto lo primero es hacerlo. Y se refería nuestro gran poeta a esos líricos que dinamitan las estructuras tradicionales sin dominar las técnicas y los secretos de toda la tradición de la poesía española, que comenzó con la poesía rimada y culminó más que en el verso libre en el verso libérrimo.

Y he aquí que Amaury Pérez, el exquisito letrista de canciones llenas de lirismo y poesía, nos sorprende ahora con un libro de sonetos, Destinatarios, elaborados con todo el rigor que esas difíciles estrofas requieren para dar resultados originales a veces lastrados por el peso de una tradición que en la lengua española tiene como precedente a ese siglo de oro en el que sobresalieron Góngora, Quevedo, Sor Juana y muchísimos otros.

Confieso que hace mucho tiempo no leía textos rimados tan estremecedores y sobre todo tan contemporáneos en añejas envolturas. Si bien la prosa de este autor ya había dado pruebas de exquisitez y riqueza verbal, estos sonetos atrevidos recurren a los vocablos más inesperados para ofrecernos un resultado de extraña e indudable perfección.

La cárcel que pudiera significar estar atado a composiciones que necesitan de métrica y de rimas no parece en este caso tener dichas limitaciones como premisa. Amaury se pasea por el clasicismo eludiendo los tópicos y provocando un atropellamiento de emociones y conceptos que llegan a las más duras sensibilidades por la precisión y el desbordamiento de una poesía sincera y auténtica como pocas en los tiempos que corren.

Extraidos todos de un mundo padecido y experimentado por el sujeto hablante estos poemas son una muestra de que, más allá del oficio, lo que predomina en los verdaderos poetas es la emoción aunque este no se manifieste, como es el caso, en tópicos plañideros ni efectismos sentimentales conscientemente utilizados para manipular al lector.

Las rimas de Amaury no están extraidas de los manuales. Son poderosos recursos expresivos cimentados en una facilidad de palabras y una erudición que alcanza incluso al lenguaje técnico y produce asociaciones no determinadas por la necesidad de las consonancias sino por una fuerza interior que cuenta con un vasto arsenal de palabras adquiridas, tal vez, a través de voraces lecturas.

No es la facilidad de los conceptos sino el deslumbramiento de las imágenes las que concurren en estas piezas, muchas de ellas de gran conmoción sentimental, sin que esta palabra, sentimental guarde alguna relación con la sensiblería que se ha sabido evitar con virtuosismo y contención.

Experiencias más que literatura son el punto de partida de los textos y con el desarrollo de las ideas se crea una atmósfera de auténtica conmoción apoyada en la rítmica y en la exactitud de los endecasílabos que han hallado un oido muy fino tal vez proveniente de una música que se percibe en ellos como si hubieran sido hechos para ser cantados.

Esto no significa que dejen de ser literatura. Lo son y de la buena. Solo que Amaury Pérez tiene la ventaja de ser también un magnífico compositor de melodías y ello se refleja en esas cadencias por las que sus palabras se desplazan.

La amistad, el amor, la traición, el mundo interior y el exterior conviven en estos poemas que aferrándose a la estrofa que presenta mayores dificultades a los versificadores han hallado aquí una voz que dice y no dice todo dejando un margen para la sugerencia que invita al receptor a hacer suyo cada verso. La polisemia es una de las grandes virtudes de este cuaderno en el que se permite a lectores y críticos interpretar los códigos semánticos, a veces un tanto herméticos, pero siempre nítidos en su función comunicativa.

No es extraño que Amaury escriba poesía. Lo viene haciendo desde sus primeras canciones a las que si quitáramos la música podríamos leer como poemas en toda regla. Poemas de imágenes y también rimas audaces.

Lo que sorprende es su facilidad para una estructura (la del soneto) que, creo que ya lo he dicho es una de las más exigentes, entre otras cosas, por contar con precedentes de tan altos quilates en lengua española.

Algunos piensan que he sido excesiva cuando al prologar este libro comparé los sonetos de este autor con los del Siglo de Oro. Y tal vez haya hiperbolizado un poco. Pero cuando hice la comparación, me refería sobre todo a esa sensación de plenitud que autores hispanoamericanos dejaron en nosotros y que ahora he vuelto a sentir con estos textos de Pérez Vidal.

No soy yo la única. Carilda Oliver Labra, esa grandiosa poeta cubana, también ha reconocido la excelencia de los sonetos de Amaury.

Cuesta trabajo pensar que en una sola persona se reúnan tantas cualidades para empresas tan diferentes como la de entrevistador, novelista, cantautor y poeta. Ahora también nos deslumbra con este cuaderno impecable.

Serán los lectores quienes pronuncien la última palabra. Y ojalá los críticos literarios no ignoren, como suelen hacerlo en ocasiones, este libro como han ignorado las novelas y los cuentos de este talentoso artista con los multifacéticos dones de un creador del Renacimiento.

De todos modos, con reconocimiento o no, Ediciones Matanzas ha dado el primer y valiente paso en su difusión. Agradezcamos también a Alfredo Zaldívar esta muestra de clarividencia editorial y dejemos al tiempo, a esa palabra altisonante que es la posteridad, decir la última palabra. Por el momento yo voto y me declaro modesta y sencillamente la admiradora número uno de este libro que me ha dado tanto gusto presentar.

Editado por Heidy Bolaños