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Leyendo las cartas de El Lugareño (II)

Luis Álvarez, 25 de marzo de 2017

Entre las muchas zonas de nuestra cultura que permanecen aún sin investigar, se encuentra el lenguaje coloquial cubano en el siglo XIX: ese es el primer valor de las cartas de El Lugareño, quien, firmando Narizotas, se dirige siempre a su amigo Saquete  con un lenguaje matizado de sabrosísimos coloquialismos insulares: “Saquete mío: Con el placer que siempre he recibido tu gratísima, fecha en St. Omer a 4 de julio. ¡Qué babujal tan pinchín! No te morirás del cólera, pero sí del miedo que te trae de Ceca en Meca”.  El expresivo empleo de coloquialismos se combina con la ironía, empleada muy a menudo como ingrediente descriptivo y valorativo en sus comentarios sobre la confusa situación ideológica de Cuba:

¡Así pudiera salvarse nuestra Cuba, Saco mío! Pero aquí [nota: se refiere a los Estados Unidos] hay médicos y asistentes leales que atisben, vigilen y apliquen remedios; mientras que los médicos y asistentes de Cuba en vez de remedios suministran el veneno que apresura la muerte. ¡Qué dolor, Saco! Cuba no muere de la enfermedad; muere asesinada por médicos y asistentes. Pregunta si no, cómo ha sido el combate reciente entre un buque inglés y tres negreros sobre las costas de tu tierra: pregunta cuántas expediciones han salido y se preparan a salir para África, por la Compañía negrera de la [sic] Habana a cuya cabeza está la madre de la Soberana de España y ama de la Colonia de Cuba; pregunta con qué engordan el riñón los Capitanes Generales, todos los empleados, todos los españoles, en fin, nuestros amorosos padres; y pregunta de qué modo y por qué medios se proponen conservar la posesión de Cuba, y el derecho de gobernarnos sin condiciones y estafarnos sin caridad ni mesura.

Sus cartas al compinche queridísimo, jalonadas de un fino lenguaje reflexivo, sereno y, por momentos, majestuoso, son testimonio imprescindible para un estudio, aún por hacerse integralmente, sobre la norma lingüística nacional en esa centuria. Pero esto no derivaba de una estrecha manera personal de expresarse ni mucho menos de una vulgaridad inconsciente. Muy al contrario, su afición por el lenguaje popular cubano en su periodismo y varias de sus cartas derivaba de una voluntad ética expresamente declarada:

Quiero que al leer El Lugareño entiendan que habla un lugareño. […] Bajo el nombre de El Lugareño ¿qué esperáis encontrar? Un lugareño. Pues no es engaño; acaso hallaréis un mocito bobalicón, guanguero, bullabulla, echador de roncas como un andaluz, y llorón como hijo de vieja, que regaña como marido, suplica como amante, que os tiende lacitos aquí y allí, y os descubre los lazos que os tienden otros, que censura vuestras costumbres, maldice vuestras malas manías y repugna vuestras rutinas.

En su prosa más apasionada —la de epístolas y la del periodismo— habla como uno más, para advertir y criticar desde el lenguaje de todos. Su interés funcional —y sobre todo patriótico— por el lenguaje coloquial se había iniciado incluso antes de crear su imagen de El Lugareño. Ello no excluía un dominio cabal del idioma, como cuando —en carta del 19 de marzo de 1850— le dice a Saco: “Pero escríbeme algo de esa gran República y de su Presidente con ínfulas de Emperador”,  irónica y elegante frase con la que evidencia que intuye ya el golpe de estado en la II República francesa y la conversión de su presidente en el emperador Napoleón III. Lo curioso es que seguidamente Narizotas regresa al tono coloquial, que resulta no meramente irónico, sino sobre todo sarcástico:

[…] y échale una zancadilla al Pirineo y llévale algún diente de caimán o brujería de las que gastan en el Bayamo para enfechizar a la gente, al niño Paco 1°, o como se llame el niño que ha de parar Isabelilla para redención de cubanos, según dicen y esperan en nuestra tierra, que nos redimirán y montearán como cabras descarriadas que son las que el buen pastor trata de traer al redil, pues que las otras están seguras. ¿Qué dices? ¿Te meterás en el corral?  [nota: feroz alusión al esperado nacimiento de un heredero de la reina Isabel II y de su marido, Francisco, reputado de homosexual por los opositores de la monarquía y a las conocidas infidelidades de ella, cuyos hijas habrían sido procreados por diferentes amantes].

Su interés por el prosaísmo coloquial se vinculaba directamente con una preocupación ética fundamental. En efecto, el 21 de marzo de 1838 había publicado en la Gaceta de Puerto Príncipe, como refiere Emilio Roig de Leuchsenring: “[…] un artículo, Diálogo de Tío Pepe. Tío Pepe y el Lechuguino — donde pone de relieve, por boca del rústico montuno que es Tío Pepe, la inutilidad de la educación, la cultura y el progreso, si no van acompañados de las virtudes eternas”. Betancourt señalaba en dicho artículo por boca de Tío Pepe —encarnación de un típico personaje popular, arraigado en la tradición de la cultura insular— con una afilada ironía con la cual se burla de la cultura sin substancia y sin valores:

Mis hijos son todos caballeros: ni varones ni hembras saben trabajar… ¡Y qué bien me ayudan! Por eso me has encontrado aquí; ofreciéndome varias diligencias y he tenido que venir del campo a agenciarlas personalmente, porque el mayor de mis hijos está siempre hecho un Pilatos sentenciando las causas fingidas que componen allá en la academia de bachilleres; otro vive y muere en un caramanchel, apuntándole [sic] a todos los campanarios y lomas que divisa para calcular sus nimbos y distancias y alturas; otro no hace más que ir y venir al hospital y al camposanto a buscar huesos, diz que para sacar en claro por los chichones y agujeros de las calaveras si los dueños de ellas eran locos o cuerdos, bribones o santos. De mis hijas no digo nada: esta mañana salieron después de almuerzo a buscar ferronées  y corcées y quinquées, que Dios me perdone si éstas no son cosas malas, pues ya es una gracia usar palabras que nadie entiende. La infeliz Petronila está más achacosa que yo; y mientras los hijos se ilustran y refinan, no hay quien nos haga una diligencia ni nos traiga una taza de chocolate. ¡Esta es la ilustración del siglo! ¡Estas son las virtudes del siglo!

En dos pinceladas ha descrito aquí uno de los males mayores que aquejaban la ideología de muchos de los criollos en el s. XIX cubanos, entregados a un tonto mimetismo de modelos culturales extranjeros y entregados a la torcida noción de que el trabajo era una actividad que no correspondía a las personas cultas —postura que todavía Martí critica con dureza, sobre todo en su ensayo Nuestra América, cuando caracteriza a este tipo de criollos como sietemesinos—.

No fue, pues, un costumbrista superficial, sino reflexivo y con marcada finalidad axiológica: se sirvió de la crítica de costumbres para ayudar a despertar la conciencia regional e insular. Los temas tratados en su correspondencia con el intelectual Saco, por otra parte, son de vital importancia para comprender no ya los hitos, sino sobre todo los procesos ideológicos que se desarrollaron en la isla durante la primera y fundamental primera mitad del XIX. Una carta a Saco, del 30 de agosto de 1848, entra de lleno en la polémica suscitada en Cuba y fuera de ella por el decisivo folleto de José Antonio Saco, Contra la anexión. Betancourt, en ese momento posicionado —pero de modo menos categórico de lo que se suele suponer— con los anexionistas, le comenta —respeto la ortografía del texto original— a su amigo bayamés:

El partido anexionista de Cuba es mayor de lo que tú allá en tus Parises i Repúblicas europeas te lo figuras. Es mi deber de amigo i hermano de corazón, que por ti Saquete me las tiro i tiraré contra Cristo decirle: que los hombres buenos, que no te ceden en amor a Cuba, ni en honradez, ni en santidad de principios i de objeto, i que sólo quisieran poseer tus vastos conocimientos i tu inflexible lógica, se han indignado contigo al verse clasificados en tus escritos en el número de los malvados. No lo son, Saco mío, i se han resentido con tanta más razón cuanto que saben cuánto vale i cuánto pesa una opinión, un fallo, una sentencia de Saco en la estimación de los cubanos.

Las cartas de El Lugareño a Saco fueron escritas cuando el camagüeyano aún consideraba el anexionismo como una posición útil para Cuba. A pesar de ello sus cartas sobre el tema permiten apreciar la debilidad de esa tendencia y trazan un panorama de enorme interés sobre las polémicas ideológicas en la isla. Ahora bien, una carta del escritor camagüeyano, fechada en Nueva Orleans, el 8 de junio de 1851, y destinada a José Joaquín Roura, quien obviamente le había escrito en relación con una supuesta solicitud amnistía por parte de El Lugareño y la posible devolución de sus enormes propiedades en Cuba. Véase el tono gallardo de Betancourt en su respuesta, que es preciso citar aquí in extenso porque pone de manifiesto, plenamente, la hombría de bien de Betancourt y la evolución de su pensamiento en su última etapa:

Ha llegado a mis manos por vía de New York, su atenta carta de 5 de mayo ppdo. en que se sirve V. comunicarme la publicación del R. D. de amnistía de 22 de Marzo último, a virtud del cual se consideraba V. ya legalmente autorizado para comunicarse conmigo como lo deseaba, por el carácter que tenía de administrador de mis bienes.
Muy reconocido a esta atención de parte de V., cumple a mi amistad manifestarle que subsiste en toda su fuerza la causa que me privaba de su correspondencia. El impreso que le acompaño, publicado en esta ciudad el 9 de Mayo, le hará comprender a V. que los que suscribimos ese documento, preferimos la expatriación perpetua a los favores de un gobierno, al cual miramos como al opresor de nuestra patria y usurpador de todos los derechos de nuestros compatriotas.
Desde que me resolví a conspirar contra el Gobierno español, o más bien, contra la dominación de España en Cuba, di por perdidas todas mis propiedades y no he pensado más en recobrarlas sino con la independencia de la Isla y un gobierno propio, libre y digno de la civilización de sus hijos.
[…]
No he dejado de extrañar amigo Roura que V., conociendo mi carácter y mis principios, haya concebido por un momento la idea de que yo podría aceptar un perdón que no he solicitado, y que aceptándolo mejoraría mi bienestar personal; pero no en un ápice la causa a que llevo consagrados 30 años de mi vida. Permítame V. decirle que mis principios, mis convicciones y mi moralidad política ni se sacrificarán jamás a intereses materiales, ni a afecciones de familia, ni de amigos. La causa en cuestión no es mía; es de Cuba y los cubanos, es de un pueblo oprimido y ultrajado por sus propios progenitores, exheredado no sólo de sus derechos de españoles, sino hasta de los naturales de hombres y degradado y condenado a la condición de parias políticos o ilotas.

Aquí está, entero, el retrato político definitivo de Betancourt. Otra carta de El Lugareño, fechada el 13 de mayo de 1852, dirigida a José L. Alfonso, expresa con claridad la esencia de la trayectoria de El Lugareño: “Yo he sido y soy insurgente, rebelde, independiente, anexionista, incorregible y todo lo que se quiera; pero apóstata, no. Ni yo he abjurado de mis principios político-republicanos ni me he separado un solo día del Partido Revolucionario de Cuba […]”.  Y esto, por cierto, es un atinadísimo autorretrato. Empero no es el único que aparece en su epistolario. En esa misma carta a José L. Alfonso, Betancourt declara:

Dice usted «que en 1851 me oyó decir que la revolución de Cuba era necesaria a todo trance, y que agregué estas memorables palabras: Cuba libre, o aquí fue Cuba». Me explicaré. Convencido como estoy de que la revolución de Cuba es necesaria, inevitable, y que tiene que atravesar por entre escollos y peligros, creo que es preciso aceptarla con todas sus consecuencias, y una vez lanzados en ella la alternativa es sacarla libre (Cuba libre) o hundirnos en sus ruinas (aquí fue Cuba). Este es el pensamiento que he querido expresar. 

Se evidencia un cambio de rumbo en el pensamiento de Betancourt y, sin discusión posible, el inicio del regreso de Betancourt a sus prístinos orígenes independentistas, claramente retomados en el texto de esta carta que todavía algún que otro historiador debiera leer en el centelleante epistolario del camagüeyano. Otros indudables valores tienen estas epístolas, y no es de los menos importantes el modo en que Betancourt describe la Europa que observó durante un viaje a ese continente. Pero sobre todo, las cartas del prócer camagüeyano constituyen un panorama general de Cuba en uno de los períodos más difíciles de su historia.
 

Editado por Maytee García