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Para ser narrador hay que saber contar

Emilio Comas Paret, 17 de marzo de 2017

Considero que un escritor, o  mejor dicho, un narrador tiene en primer término que saber contar, y esta acción considero también que es un talento innato, que no se aprende en las universidades y academias.

No me queda más remedio que volver a una reflexión usada en otro ensayo y de la autoría de Santiago Gamboa, el escritor colombiano, que en su novela Vida feliz de un joven llamado Esteban dice:

El problema de escribir siendo estudiante de Literatura es que uno tiende a teorizar de antemano lo que todavía no ha escrito o, en el mejor de los casos, ha escrito mal. Estudiando letras uno es tan consciente de todo que no logra sorprenderse con algo fresco, sin el peso de las ideas aprendidas en los tratados de estética.

Otra de las condiciones que considero debe tener un narrador es una intensa vida que contar, que falsear, metamorfosear, maquillar, negar; logrando con ello que el lector se convenza de que eso que lee es la verdad. Es mezclar la veracidad (dudosa también porque la verdad absoluta no existe, existen las verdades y tienen que ver con el punto de vista de quien escriba la historia) y la verosimilitud, que te acercan a la realidad sin realmente serla.

Existe este peligro en los profesionales que quieren asumir el duro, solitario y mal pagado oficio de escritor, y que hacen estudios de la literatura y conocen las estructuras, la historia que ofrece, las críticas, las preguntas sin respuestas, las dudas que provoca, la realidad transformada, adulterada. Pero el asunto es que esas conclusiones no  son la literatura, y no es cierto que sin conocerlas no se podrá escribir. Muchísimos  escritores logran sus estructuras literarias de manera  inconsciente. Nadie en su cabal juicio se propone escribir un monólogo interior como el del Ulises de Joyce, ese sale solo o no sale. Incluso a veces uno se propone una cosa con determinada estructura y al final le sale otra.

Y algo parecido me sucedió ahora con la lectura de un título recién publicado, que por respeto no digo su nombre y que tuve que leerme en mi condición de editor y evaluador de textos, y que los cuentos  parecían realizaciones de laboratorio, especulaciones intimistas  que no decían nada. Me recordaban una vez que le mostré a Onelio Jorge Cardoso uno mis poemas  iniciales, y le pregunté que cual título le podía poner; me respondió en su estilo peculiar: “Sonar de las palabras”. Por supuesto, nunca lo publiqué. En fin, para mi criterio este texto es más experimento que literatura, más ingenio (y a veces ni eso) que talento, es, por supuesto, “sonar de las palabras”...

T.S Elliot tiene una frase capital: “Los buenos poetas nunca son originales, originales son Dios y los malos poetas”; y es que hay jóvenes iniciados en el oficio que quieren, como se dice en la calle, “descubrir el agua tibia”, y el agua tibia ya fue descubierta hace muchos años; aquí recuerdo otra frase de otro clásico, Borges, que dijo alguna vez: “Para novedades, los clásicos".

También sucede para mi alegría que estoy leyendo otro libro, realmente estoy leyendo tres a la vez, pues hago también una relectura de Paradiso, de Lezama Lima. Y este libro del cual les hablo es de un escritor joven, que padece del maleficio, cada vez más debilitado por las nuevas tecnologías, de ser un “escritor de provincia”. Me refiero a Los barcos terminados, un conjunto de trece cuentos escritos por Emerio Medina, nacido en Mayarí en 1966. Y aunque ya tiene 50 años lo considero joven en comparación con los autores de mi generación, que generalmente pasamos de los 70.

Siendo sincero nunca había leído un libro de este autor, a quien conozco hace tiempo. Ahora mismo no recuerdo si él me lo regaló o si fue Alberto Guerra Naranjo, lo que si recuerdo es que este último amigo me insistió en que lo leyera, y le hice caso. Emerio increíblemente es ingeniero mecánico, y digo increíblemente porque es un escritor al que califico como muy profesional.

Este propio libro tiene una polifonía increíble, al punto de parecer una antología de varios autores. Como bien dice la nota de contracubierta, ofrece “una visión poco frecuente de la realidad, que tiende a desdibujarse a veces, otras a mostrarse desde aristas menos exploradas y quizás por eso más interesante”…

Resulta sorprendente la variedad del contenido y formas de narrar que acumula este texto de solo 191 páginas, donde se mezcla la realidad pura y dura con historias fantásticas que a veces rayan con el absurdo, pero todo envuelto en un halo de humanismo y una humildad que contrasta con algunas posiciones pretenciosas que a veces encontramos en autores. Entonces, a pesar de numerosas licencias formales que el autor se toma, la narración resulta muy asequible al lector común.

Hay cuentos de mucha atmósfera, donde la acción es constreñida a propósito (a veces le siento cierta similitud al detallismo en las cosas de Paradiso, pero el uso del lenguaje lo hace diferente y original); en otros relatos los detalles sin importancia toman cuerpo a manera de pistas falsas como lo haría un buen escritor de novelas policiacas, en ocasiones usa un recurso muy novedoso, y es la repetición de frases, como sucede en el cuento “La villa” que en ocho líneas repite cuatro veces la frase “En un campamento…”; ello, lejos de denigrar el lenguaje narrativo, le agrega un ritmo muy original e inteligente a la prosa.

El primer cuento, “La noche larga”, es sumamente fantasioso, con cierta reminiscencia al “Elogio de la ceguera” de Saramago, pero con un manejo narrativo y geográfico bien distinto, que lo hace original. En el segundo, “La villa”, aparece una condición que se refleja a lo largo del libro, es el sexo, pero no el sexo descarnado y a veces sórdido que alguna vez he criticado por su resonancia e insistencia en ciertos autores jóvenes, no, aquí el sexo es sugerido, a veces la sugerencia es tan evidente que te hace pensar en aquelarres, pero esa percepción la pone el lector, el autor solo sugiere. Aquí, de la misma forma se utilizan las reiteraciones y en cinco renglones usa cuatro veces la palabra “Lejos…”.

En “La niña, la puta y tú” se presenta un mensaje desgarrador pero sin estridencias. Usando mucho la sugerencia y provocando la participación activa del lector se logra que el mensaje llegue rápido y diáfano. Como otra curiosidad se da el caso que en diez renglones se usa ocho veces el pronombre “tú”.

En “Los encuentros cercanos” se mezcla decididamente el absurdo con la realidad, y todo funciona. Se mantienen las reiteraciones de frases y en este caso el nombre “Alfredo Loyola”.

“Holoturia” es la tragedia en una escuela actual donde se juntan alumnos pobres con niños de mejor posición, que luego crecen, y las inclemencias que asumen en su infancia contra otros niños salen luego a la luz como venganza terrible cuando ya son adultos.

“El viejo, el funcionario y el pez” no por gusto lleva un exergo de la novela El viejo y el mar, de Hemingway, porque es, de alguna manera, un remedo contemporáneo de dicha obra.

“Las puertas olvidadas” presenta una descripción muy detallada de las cosas y del ambiente, dejando a un lado la acción, y fluye la atmósfera armoniosamente. Hay una velada crítica a las “nuevas formas” que se asumen por algunos en la concepción de las novelas y que son rechazadas por un grupo de ancianos lectores. Se manifiesta una interesante descripción de la vejez en un pueblito olvidado de la geografía cubana, donde un grupo de jubilados organiza algo parecido a un taller literario mientras toman vino casero.

“Nueva York, el mangle y el filo del hacha” es un excelente cuento que narra el encuentro entre un anciano “hachero”, perturbado en sus facultades mentales luego de que sus hijos murieran en el mar tratando de emigrar, y un joven que está cortando sus primeros árboles de mangle para hacer carbón.

“Ella se vestía de bruja” narra desde el absurdo un asesinato pasional, narrado por el propio asesino.

“El beso” sugiere el sexo entre una tía política y un niño. Solo se sugiere pero de una manera magistral. Se manifiesta con fuerza la reiteración de las frases: “le rozaba la cabeza o le pellizcaba el hombro o la mejilla” o “un paseo nocturno junto a la espuma de las olas”.

“Los barcos terminados”, cuento que le da título al libro, es la historia de un joven alocado que emigrado en Estados Unidos estuvo preso y un narrador omnisciente que busca afanosamente que el expresidiario le cuente su vida, todo ello manejado desde la vida nocturna habanera y la entrada desmesurada de turistas en la ciudad.

“La frazada” es un precioso cuento, el más encantador de todo el texto, que narra la historia de un viejo matrimonio, y con una economía de palabras se cuenta la vida de este matrimonio ya “cansado de la larga pelea” y su encuentro con dos niños desconocidos que le piden a la señora que los deje dormir una noche en su casa. Aquí debo referirme a algo que aún no he escrito, la prosa de Emerio está matizada de metáforas, algunas excelentes como esta que a continuación les expongo: “…al viejo le parecieron (las naranjas) como diminutos mundos muertos, que respondieran con un brillo cansado a la avidez de la mirada”.

Y quizás ustedes ya se han dado cuenta de que algo le falta a esta obra, y eso es el humor, tan dado en nuestras características como pueblo. En este último cuento de nombre totalmente estrambótico “Serpes cubensis non  parit  equinum” (Crónica de un viaje a las fermosas, fetecunescas y poco fértiles tierras de Holguín), aparece el humor de una manera genial.

Les confieso que nunca me han gustado las obras literarias que se refieran al oficio de escribir. Puede ser muy normal que suceda, pero a mi no me gustan, “y para gustos…”. Sin embargo, aquí en este cuento, como fabuloso epílogo, se manifiesta una amplitud de miras y unos recursos técnicos muy originales y efectivos. Si bien  alguno de los cuentos leídos me hizo llorar de tristeza y desespero, en este me reí a carcajadas por su humor fino e inteligente, que de buenas a primeras aparece con la llaneza de la gente más humilde e iletrada, pero conteniendo  ese gracejo que nos caracteriza a los isleños. Empezando que, como ya vieron en el título, el cuento está escrito en un castellano antiguo, recordadando los escritos de Silvestre de Balboa o el Padre de las Casas, todo combinado con latinazgos y expresiones populares cubanas y más aún, de la zona del oriente.

El protagonista visita Holguín y se pone a hablar de un libro solo porque no le gusta el título, y luego cuando lo lee, llega a la siguiente y sabia conclusión: "...a obra no leídas no cabe un juicio justo”.

En el cuento se manifiestan determinadas licencias que le dan una sazón peculiar. Les pongo ejemplos:
“…que me cobrara cinco martises por el viaje…”
“…discotecas alegrícas y bien pagadícas…”
“ …mesmos..”
“…dellos…”
“…aqueste…”
“…porestos…”
“…lectóreses…”

Y un párrafo ya casi al final que es una burla a aquellos autores que se empecinan en usar determinados ditirambos para epatar (término este que ya no está en uso pero era muy manejado en mi juventud literaria), y que lo que logran es entorpecer  la apreciación  de la obra por parte del lector: “…fruto carnísico, desabrídico, y especial para batídico, y que abierto en su mitad remedare un codiciado órgano de femenil apariencia". Todo esto se refiere a una frutabomba, también conocida por papaya en las zonas orientales.

Tengo a bien recomendarles la lectura de este libro publicado por Ediciones Unión en el 2015 y que está a la venta en las librerías.

Quiero finalizar este ensayo mostrándoles la dedicatoria que Emerio me escribió cuando recibí este texto: “Emilio. Maestro, con el agradecimiento de su presencia eterna”. Y yo ahora, después de la lectura le corrijo: Emerio, no, el maestro eres tú. He aprendido muchísimo con esta lectura, y hoy mismo me voy a la librería de la UNEAC a ver si encuentro Café bajo  sombrillas junto al Sena, también publicado por Ediciones Unión en 2011.

Emerio Medina ha publicado diez títulos, algunos en el exterior, y tiene varios premios, entre ellos el UNEAC, el Cortázar, Oriente, Casa de las Américas y Alianza francesa.    
       

Editado por Yaremis Pérez Dueñas