Atento a Heriberto Machado
El poeta Heriberto Machado Galiana (Ciego de Ávila, 1987) llega a su verdadero primer libro con Nacido muerto (premio Calendario de 2015), pues ha estado tanteando más bien, buscando su voz, con otros varios conjuntos, tres en total, publicados en editoras de ciudades cubanas, sin demasiada promoción. El poemario que comento da el paso decisivo para un poeta: voz hallada, continuar la cosecha.
La primera virtud del libro es su aparente desamparo, su poesía de la duda, mientras que el poeta es capaz de dominar su expresión, refrenar su emoción, y hacer arte. Leyéndolo, no me cabe duda de que se presenta como un creador emotivo, capaz de no edulcorar sus emociones ni de hacer de ellas un revulsivo. Cauteloso con las palabras, Machado pisa el terreno de las letras como minado. Y no es que vea inseguridad en sus poemas. Antes bien, lo que creo que distingue al conjunto es una seguridad expresiva de alguien que se sabe poeta, pero que no quiere epatar con su lenguaje ni lanzarnos en cara su talento. A veces se confunde discreción con cobardía. Este libro de Machado Galiana demuestra cómo un poeta puede ser discreto en su expresión y contundente en su oficio:
Ese niño aun está vivo en mí,
Y se afana en atrapar cosas
Que a su vez atrapan cosas,
Porque en un sonajero cabe todo el dolor,
En los labios de una muchacha cabe todo el deseo.
Véase el valor de la sugerencia, un no sé qué que se queda balbuciendo, una resonancia, una vibración. Temprano ha descubierto el poeta avileño que la poesía también es vibración, la palabra no solo implica valor connotativa, no basta con imaginar, hay que trasmitir la vibración de lo que dice y de cómo lo dice, en el ruedo imaginativo.
Debe enfrentar la desigualdad en el conjunto. Ese es un reto que no todos los poetas logran salvar, porque se escribe poemas, libros de suma, de adición y no siempre de tema y forma únicos, y luego, a veces, se enfrenta el lector a la carencia de uniformidad. Nacido muerto peca de ello, pero discretamente. El libro habría nacido muerto si no fuese por la carga de talento noble que en él se advierte, porque tiene poemas rotundos, porque hay, sin dudas, la presencia de un poeta detrás de la voz de su libro.
Allí, en sus páginas, Heriberto Machado a veces se esfuerza por no llorar. Su honestidad crece en sus versos, pero él sabe que la poesía no vive solo de la honestidad de su autor, si él no es capaz de expresarla con valía estética. Sabe saltar, entonces, sobre el reto contenidista. Su peligro esencial está en dominar las formas. Quizás por eso ofrece el duro esfuerzo de hacer sonetos en un país donde los hay de primera. Machado salva ese escollo, sus sonetos son dignos, aun no piezas antológicas, el camino de la poesía es áspero y cuesta llegar a expresarse con precisión y hondura. Pero la muestra sonetística hace ver en su libro algo curioso: Heriberto Machado tiene dones para el registro lírico estructurado desde las añejas formas clásicas de la lengua española, bellas pero añejadas. Quizás por eso se advierte que algunos poemas versolibristas suyos vibran como si tuviesen rigor métrico detrás. Creo que a veces esto se le escapa por cierto afán de hacer sentencias. Pareciera que algunos poetas de su joven promoción al principio del siglo XXI tienen deseos de sentenciar: «Quien busca puede encontrar que nada se halla». De su libro, lo que me parece mejor es su desdoblamiento humano, como en el poema «Tiempo de hojas secas», preciosa joyita lírica en el conjunto. No puedo citarlo aquí completo y la cita parcial lo derrumbaría. Pero los dos versos finales dan un botón de muestra muy hermoso: «Afuera el alma, la ausencia incendiada. / El deseo de amar». Conmovedor.
Y esta última palabra me detiene: sin proponérselo por completo, la virtud esencial de Nacido muerto es conmover. Heriberto Machado tiene dones expresivos ante el dolor humano, tiene sensibilidad para expresarlo. A la larga hará elegías. Si no es que su libro todo es el acto elegíaco de un joven que ve perder la adolescencia, y con ella la niñez y su pureza.
Me gusta el hecho de que este libro no se lanza al ruedo lírico con arrojo de innovador a ultranza. En la nota de contracubierta el poeta Roberto Manzano observa este particular: esta poesía, dice: «no aspira ser novedosa (…) sino testimoniar para uno y para los otros». ¿Qué es la «novedad»? ¿Acaso escribir oscuramente, o con muchos dones acarreados desde las Vanguardias? Yo creo que Heriberto Machado posee la novedad eterna: la del alma transida ante su circunstancia. El amor siempre es nuevo, siempre la pareja eterna lo sentirá como nadie lo ha sentido. El poeta se conmoverá de manera nueva en cualquier época ante el amor y ante la muerte. No algo nuevo, sino de modos nuevos, es una estupenda máxima del gran Horacio, el latino.
Siento una profunda fe y simpatía por este poeta que, en la veintena de sus años, tiene también fe y amor hacia el hecho poético.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas