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Construccionismo y esquemas literarios

Jorge Ángel Hernández, 06 de abril de 2017

En The social construction of reality, (1967), Peter L. Berger y Thomas Luckmann, desarrollan lo que se conoce en Ciencias Sociales como visión construccionista de la sociedad. Gracias a sus investigaciones, y a las prácticas de reproducción del conocimiento, se establece el construccionismo como una norma de evaluación de los fenómenos sociales. No es común, sin embargo, asociar los modos construccionistas del comportamiento social con el devenir de la literatura. Cada día más el espectro teórico de la sociología se ha separado del campo de las investigaciones literarias. El ejercicio de distanciación entre ambos genera ya carencias en una y otra parte, aunque a mi juicio los estudios literarios se están quedando con la peor parte.

Para Berger y Luckmann, la sociología del conocimiento debe centrarse en cómo ese conocimiento interpreta y construye la realidad, fundamentalmente la realidad de los procesos de vida cotidiana.  Parten para ello de una perspectiva filosófica, a través de un análisis fenomenológico de la vida cotidiana y destacan cinco elementos fundamentales que, según ellos, estructuran la tríada realidad interpretada/significado subjetivo/mundo coherente:
 

a) la conciencia, que define la intención y la búsqueda de objetos;
 

b) el mundo intersubjetivo, que se comparte con los demás; 
 

c) la temporalidad, como carácter básico de la conciencia (orden temporal);
 

d) la interacción social, que crea esquemas tipificadores;
 

e) el lenguaje, como elemento clave objetivo (externo al individuo) que facilita la estructuración del conocimiento en términos de relevancia.
 

Cada uno de estos cinco elementos es fundamental en el texto literario y, en conjunción directa, en los patrones de interpretación de los significados en relación con el “mundo coherente”. Incluso la construcción de realidades del relato fantástico parte de ese primer convencionalismo de asumir el cosmos presentado en la obra como un mundo construido y estable, que no es posible transformar (lo que definen Berger y Luckmann como “realidad”) que va ser interpretado a través del acto creativo para que regrese a la propia realidad como un objeto de conocimiento. En cumplimiento de la triada, la literatura no puede si no valerse de estos cinco elementos para hacerse efectiva. Sin embargo este efecto suele quedarse rezagado tanto en la visión sociológica, o filosófica o de las Ciencias Sociales en general, como en la se asienta en los modos literarios, como, por poner solo un ejemplo bastante difundido, la de asegurar que la ficción es una mentira que dice la verdad.

Berger y Luckmann diferencian en su obra dos procesos de socialización: primario y secundario. El primario, que tiene lugar durante los primeros años de vida, sirve de base para la comprensión del mundo como un todo compacto e invariable, así como para la comprensión de la vida como un sistema donde uno existe en relación con otros, donde el yo cobra sentido en condición de yo social: asimismo, es una socialización filtrada, es decir, el individuo ocupa un espacio social concreto y en función del mismo y de las relaciones que conlleva se produce una identificación propia, una identidad.

Ocurre, del mismo modo, un proceso primario de socialización con el texto literario, primero en la lectura, que va del aprendizaje al desarrollo de su hábito, y luego en el de la interpretación subjetiva del mundo presentado. La avalancha de esquemas de simplificación del argumento y la trama que la industria del libro ha potenciado más en bien del ingreso financiero que del desarrollo del conocimiento, afecta seriamente la capacidad creativa del lector. Y ha intervenido también en el papel que la lectura juega en los procesos de transformación social, creando cada vez más la sensación de que esa literatura consumida es la realidad construida que no es posible transformar en su esencia.

Durante la socialización secundaria, según Berger y Luckmann, el individuo internaliza submundos diferentes, tiene acceso al conocimiento de una realidad compleja y segmentada. Asimismo, no accede a todo el conocimiento, sino a una parte en función de su rol y posición social: el conocimiento también se segmenta. Esto último ocurre porque los medios de acceso al conocimiento se institucionalizan: es necesario aprender a través de cauces y procesos adecuados. Y es imprescindible el aval de lo adecuado para poder progresar en el mundo laboral, que es la realidad menos cambiable y más forzosa a la que va a enfrentarse el individuo.

El proceso de socialización secundaria se implica mucho más con el ámbito de la creación literaria. La Historia de la literatura muestra un salto vital en el surgimiento de la novela, cuando el relato se desprende no solo de coyundas éticas, religiosas, morales y filosóficas, sino también de formas de composición que han enrarecido el proceso de socialización primaria. Este proceso llega a su cumbre en El Quijote, de Cervantes, y construye un nuevo mundo real para lo literario. El de hoy es aun heredero de esa cumbre y no presenta atisbos de transformación ni siquiera a pesar de lo que se pensaba con la anunciada irrupción del hipertexto virtual y la predicada supeditación del papel autoral. Ni aun las predicciones de rutas asentadas en las transformaciones tecnológicas han conseguido poblar el universo receptivo; ha surgido, incluso, una temprana nostalgia por la desaparición (nunca ocurrida) del papel. Obviamente, esta nostalgia es el producto de una construcción artificial del mundo real en la que el todo se reduce a una parte.

En la obra de Berger y Luckmann la realidad aparece como una construcción humana que va a ser estudiada desde la sociología cognitiva e informa acerca de las relaciones entre los individuos y el contexto en el que su dimensión social se desenvuelve. Nada, desde luego, que no pueda asociarse a la realidad de la vida literaria y al universo del conocimiento desde sus propios códigos. Nada, tampoco, que no pueda extenderse al recorrido analítico del texto literario.

El análisis fenomenológico de La construcción social de la realidad propone como punto de partida el ámbito de lo cotidiano, o sea, de la vida diaria. La cotidianeidad se presenta como la “radiografía” del acontecer. La vida diaria es, para la sociedad que cumple el proceso secundario de socialización, la imagen más visible, la más susceptible de ser reconocida como la norma natural de comportamiento en sociedad. En ese escenario, los autores reconocen las pautas de comportamiento, los actores y agentes de la dinámica social, los mecanismos de socialización que llevan al equilibrio cotidiano y predeterminan esa vida diaria, donde el “sentido común” actúa como la ley común para las relaciones. La ecuación construccionista encuentra así las claves del control social: las normas que rigen el “sentido común”. Cuando aparecen problemas, porque es irracional no reconocer su constante aparición, se considera que estos sobrepasan las pautas del sentido común, y que son la sorpresa de lo no común, de lo inhabitual, de lo no cotidiano. Debemos entender, por tanto, que la sociedad se construye a través del sentido común y que la ocurrencia de problemas tiene carácter de desviación.

Los niveles actuales de recepción de la literatura dan fe de hasta qué punto la construcción del sentido común de la interpretación responde a los procesos de construcción de una realidad relativamente inamovible. El supuesto equilibrio que el comercio del libro impone a los modos de crear define pautas concretas para esos modos de crear, sobre todo en el ámbito de la novela, que es la que ocupa los más altos casilleros de ventas. El proceso de socialización secundaria del lector se primariza a través del ejercicio del mercado, cediendo a la potencia del esquema. Puede incluso ocurrir que la obra no se acerque siquiera a ser un superventas, pero el sentido común establece los tópicos y en su base se acumulan quienes intentan conseguirlo. Por obra y gracia del construccionismo en el ámbito del consumo literario, hemos llegado al punto más bajo del legado que dejara Cervantes.

En el entramado teórico de Berger y Luckmann el individuo aparece como un producto social —el homo socius—, definido por las sedimentaciones del conocimiento que forman la huella de su biografía, ambiente y experiencia. Circunstancias que determinan el rol que va a jugar en el espacio social. Pero el espacio social no forma parte del orden natural, sino que es una construcción basada en la naturaleza humana. Al conformarse, tiende a la búsqueda de la estabilidad, por lo que esa “necesidad antropológica de orden” se transforma en un orden social que busca equilibrar en el sentido común y se transforma así en una construcción artificial.

Del mismo modo, la construcción del lector que la industria ha conseguido despoja a la naturaleza de su complejidad problemática y convierte en ecuaciones los conflictos sociales que la obra refleja. Incluso aquellas que van permeadas de activismo y denuncia se reconstituyen según la norma del canon que construye y reproduce la estructura argumental. La estabilidad antropológica de la lectura se entroniza cada vez más en un esquema que responde a patrones predeterminados por la construcción del orden aceptado. Los ejemplos de legitimación de ese orden social hegemónico abundan en el ámbito de la literatura.

La realidad social nace, sin embargo, de una construcción dialéctica continuada, depurada por el consenso de sus actores, que es el que da identidad a la estructura social. Asumir el acta del construccionismo como el evento cotidiano y real que no es posible transformar, es una construcción intencionada, dependiente de la ideología que en el mercado la norma del sentido común de relaciones sociales. La comunicación ha jugado un papel significativo en ese proceso de construcción social de la realidad y, con ello, en de la reproducción de los esquemas literarios que hoy saturan la industria. Por un lado, las relaciones personales, como base del consenso, pero también la comunicación socializadora de las instituciones que fijan pautas de convivencia y participación. La acción directa y cotidiana de los medios contribuye a definir el alcance de la distribución social del conocimiento y, según los estándares que se posesionen, a reforzar el consenso institucional en el que la sociedad asienta sus valores. Así, las matrices que describen el “sentido común” de nuestra sociedad sirven a la formación de un “universo simbólico” que legitima el entramado del valor construido como el ideal cotidiano. Una tarea de administración del conocimiento, pero también de los “mecanismos de mantenimiento” que le aportan estabilidad y durabilidad. Este papel de los medios está legitimado por la aceptación de su función, lo que les confiere un carácter de institución social.

Los medios de comunicación operan en los procesos de socialización secundaria, que es la que sucede al proceso de interiorización individual del mundo natural exterior. Los valores de la estructura social previamente construidos constituyen su base y permiten el empoderamiento de una subjetividad relativa, de una interpretación en apariencia abierta aunque ideológicamente se halle ajustada a los patrones que han construido las normas del valor, al sentido común que ve la aparición de problemas como desviaciones.

La literatura que la industria promueve y privilegia es algo más que un reflejo de ese construccionismo social de hegemonías legitimadas. Produce y reproduce patrones de interpretación que dan más vueltas de tuerca al círculo de vicio de sus proposiciones respecto al devenir social. Valdría la pena enfocar algo de esfuerzo consciente a su estudio, interpretación y análisis. Aunque no es menos cierto que el panorama de hoy no ofrece demasiados caminos para conseguirlo, incluso en un país como Cuba cuya política predica la transformación revolucionaria de ese construccionismo natural de ideología de mercado.

 

Editado por Heydi Bolaños