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Todo aquel ayer

Ricardo Riverón Rojas, 28 de abril de 2017

La noticia de la muerte del torero Palomo Linares, reciente, me remitió a 1969, año en que los jóvenes cubanos de mi generación nos consternamos con su película Nuevo en esta Plaza. Igual con las que siguieron, como en torrente: Cantando a la vida, de Massiel, y La vida sigue igual, con Julio Iglesias, tullido de cerebro y piernas.

También algún que otro audiovisual, como aquel donde Juan y Junior saltaban igual que renacuajos fuera del agua mientras cantaban «A dos niñas» nos conminó a contrastar cuán lejos estábamos de los paradigmas en torno a los cuales la juventud del mundo ancho y ajeno acuñaba su imagen.

De algún modo hoy pienso: qué bueno que así fuera, aunque entonces sufriéramos el complejo de inferioridad de nuestra apariencia signada por la estética bola y, no pocas veces, cebada en los patrones de la China de Mao.

Iconos pedestres de nuestra juventud aquellos poperos. Toda mi secundaria básica la cursé queriendo parecérmeles, con un solo pantalón, ni por asomo pitusa, sino de caqui chino, un par de zapatos y dos camisas. Ese era todo mi ajuar para ambición tan elevada. Mis condiscípulos igual, salvo quizás poquísimas excepciones.

Cuando vimos al pecoso torerillo caer a una fuente (traviesamente empujado por la pija de familia bien que antes le estampara un beso en la mejilla) y levantarse de manera que el primer plano destacó, en su cintura, la marca Lee, decidimos pegarles etiquetas de cualquier tipo a nuestros pantalones. Yo agarré una Mac Gregor y mi madre la cosió a la faja de un raído mecánico que exhumé de la maleta donde dormían el sueño eterno los objetos de la infancia recién desmayada.

También mandé a arreglar camisas generosamente donadas por mi padrastro, y me dejé, hasta donde pude, una incipiente melenita. Partía el alma vernos en las fiestas estudiantiles, o en las de quince, bailando el hollie-hollie, O en las noches de pasear por el parque con aquellos collages patéticos.

No fuimos felices, pero poco a poco, con poco, fuimos aprendiendo a serlo. A nuestras manos llegaron libros que ponían otras luces en el horizonte. En mi caso, libros de poesía más que otros, publicados por la Casa de las Américas y por Ediciones Unión. De improviso perdió importancia el ropero. Nuestro estilo para vestir se dejó ganar más por lo rústico, alumbrado por los representantes de lo que inicialmente llamaron canción protesta, luego nueva canción y finalmente nueva trova.

Calzamos botas va-que-te-tumbo; vestimos camisas de miliciano o cañeras (a veces raídos pulóveres), pantalones de trabajo; nos dejamos bigote o barba (aquellos que no eran lampiños); asumimos espejuelos montados al aire, mochila y libros, muchos libros, que nos pusieron a discutir en espacios públicos y privados sobre la validez de la antipoesía, el existencialismo o el creacionismo, cuando no, de la dialéctica y la estética de la violencia. Tampoco fueron conversaciones fáciles. La intolerancia, hasta para eso, problematizaba la época.

Los trovadores de entonces fueron los verdaderos precursores de la estatura humana que quisimos ceñirnos. Desplazaron muchas preferencias, y no solo en imagen, sino porque gracias a ellos accedimos a frases rotundas que inventaban una nueva sensibilidad, un desarrapado glamur a tono con la dignificación de la pobreza. Si miro un poco afuera me detengo, / la ciudad se derrumba y yo cantando...

También fue la época del boom de la narrativa latinoamericana, de las guerrillas, del alza de la izquierda casi de estreno. El tercer mundo era el espacio más promisorio del planeta.Todo ocurriría allí, o no ocurriría. Con la no ocurrencia, o con la ocurrencia a medias, ha quedado validada la suposición. Aun así, seguimos intentando que ocurra lo que nos corresponde.

¿Y a qué viene todo esto?, se preguntarán los lectores. Pues mi única intención es confesarle a quienes hoy siguen a los campeones de la superficialidad que en todo aquel ayer de nuestra juventud, muchos de nosotros también nos embarcamos tras ídolos de trapo, solo que un buen día los cambiamos por seres de vida más contundentes, también gracias a una política cultural que le dio prioridad a la inteligencia, y activó, sin escatimar recursos, proyectos a favor de la cultura. Fue así cómo empezamos a trazarnos ambiciones más sólidas y esenciales de la piel hacia adentro.

Sé que a muchos hoy los seduce el pragmatismo, que los patrones del consumo desenfrenado y lo light parecen las cimas más elevadas de la exquisitez humana, pero quienes fuimos rescatados por la hondura de César Vallejo, el desparpajo intimista y sentimentaloide de Nicanor Parra, la alquimia lingüística de Pablo Neruda o de León de Greiff, el dibujo social en versos de Nicolás Guillén, la despampanante luz, violenta y gentil, del Romancero gitano, la diversificación de lo cubano en voz de Lezama, alcanzamos a catar un fragor más intenso que el emitido por el fugaz relumbre de las lentejuelas. En los libros descubrimos la palabra que se dice para amar. Las cosas cambian de color y pasa el tiempo.

Fuimos una generación de lectores. Y tengo la certeza de que nos salvamos de caer fulminados en la fuente tras un beso tonto. Lo inmediato dejó de ser nuestra meta, y cuando llegamos al punto en que la meta devino inmediatez, ya teníamos a nuestro favor un edificio con cimientos a prueba de engaños y espejismos.

Me duele que los lectores cada día sean menos, que se compren tantos libros que no se leen; que los glúteos sobre el asiento, más que los ojos sobre el papel, sean la parte del cuerpo más involucrada en el consumo de productos culturales.

Nosotros, durante un largo período, no comprábamos libros; primero porque no había tanta oferta, y segundo porque no lo permitían los bolsillos, pese a que eran mucho más baratos. Pero ahí estaba la voluntad de leer, y estaban las bibliotecas, aún bastante libres del saqueo y la indiferencia que hoy las distingue. Y, aunque parezca ficción, en los primeros años de la década de 1970, en las librerías, más que vender libros, se prestaba el servicio de canje. Sé que muchas personas de mi edad recordarán aquellos días en que usted entregaba un libro en la librería y le daban a cambio otro de su preferencia.

La muerte del torero Palomo Linares, reciente pero lejana ya en otro sentido, rodeado de las escaramuzas de la prensa del corazón, me hizo ver, una vez más y definitivamente, que los ídolos de cera no solo mueren en el imaginario de los jóvenes ingenuos que un día aspiraron a imitar sus mohines y atuendos. Lo artificial y ligero fallece también en las fauces de una implacable historia que, un buen día, se traga, digiere y excreta todo lo que no eleva al hombre hasta los sublimes espacios de la sabiduría profunda. Sabiduría depositada en los libros por quienes vislumbraron, en todo aquel ayer, un tiempo luminoso que aún nos pertenece.

Santa Clara, 27 de abril de 2017

Editado por: Nora Lelyen Fernández