Apariencias |
  en  
Hoy es miércoles, 22 de noviembre de 2017; 12:26 AM | Actualizado: 21 de noviembre de 2017
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta columna: 192 | ver otros artículos en esta columna »
 
Página

Kanon en recorrido crítico

Jorge Ángel Hernández, 18 de mayo de 2017

Un recorrido crítico de Kanon,1  de la narradora cubana Marvelys Marrero, requiere de una perspectiva que integre la importancia del estilo con el trasfondo social del mundo presentado. Hay en sus páginas demasiado llamado a la existencia inmediata como para darle el esquinazo al punto de vista sociológico. Como se ha apuntado,2  Kanon se compone de nueve historias independientes que se subdividen en tres partes. Advierto que, aunque es legítimo que su autora prescinda de titular las secciones del cuaderno con algo más que el número romano, como lo hiciera en este caso, la ausencia de subtítulos, o de alguna cita que compensara la respiración en cada tránsito, genera una sensación de vacío en la continuidad del conjunto.

La división en secciones tiene una marca evolutiva clara. La primera recurre al mundo de la adolescencia, concentra la anécdota en instantes breves, con antecedentes concretos y poco prolongados y resuelve el conflicto con un guiño de complicidad que la voz autoral ha sugerido. La segunda traslada los personajes a la juventud y los coloca en situaciones que arrastran mayor cantidad de antecedentes, sobre todo en vivencias, aunque el conflicto es más simple y natural mientras su marca social busca diferenciarse de sus antecedentes. La tercera retoma los visos de crueldad que la autora entresaca de la realidad y define en consecuencia las decisiones de sus personajes. Por ello he pensado que con citas de pórtico prepararía al lector sin hacer concesiones al nivel de sugerencia que parece elegir.

En las historias de la sección I los personajes enfocados son adolescentes en situaciones extremas. En el primero, «Réquiem por el Verdugo»,3  nos vemos ante la muerte de lo que en el mundo desarrollado, o civilizado, se llamaría mascota, y que en el caso de Guanchy, el personaje, es compañero sustituto del amor familiar. El segundo, «Canon A495»,4  indaga en la visión de las peripecias de la madre de una adolescente que se ha marchado a Alemania y ha dejado a su hija a merced de los abusivos cuidados de una abuela que considera recta su cruda forma de llevar la educación. En el tercero, «Sábado corto»,5   se aborda el abuso sexual de un adolescente que ve en ese hecho la solución a su miseria.

En «Réquiem por el Verdugo», la muerte y el entierro del perro, mascota y sustituto filial de Guanchy, insisto, sacan el dolor, las condiciones del amor, la culpa y la necesidad imperiosa de sobreponerse a la circunstancia. Y aunque la perspectiva del sujeto es la de un adolescente, la confrontación del suceso le cambia la edad y lo convierte en alguien que se enfrenta con inmediata entereza a la crueldad de la vida.

El dramatismo de la situación deja traslucir un relato que acude más al recurso de la descripción literaria que al giro coloquial del habla, que es un punto fundamental de perspectiva social en la voz de quien narra en el estilo de la autora. “Me quedo con las manos en la cintura –describe– y siento un dolor entre la barriga y el pecho que no me deja respirar”. Más adelante, el personaje añadirá:

Sigo frente al Verdugo, siento la necesidad de besarle la cabeza, de abrazarlo y decirle despiértate, niño, vamos a jugar. Meto las manos debajo de su cuerpo. Está frío y tiene las patas rígidas. Lo levanto con dificultad porque pesa mucho, miro sus ojos todavía abiertos y el dolor en mi barriga me hace temblar. Camino lento rumbo a la mata de mango, tan lento que parece que nunca llegaré.
 

El dato de cierre deja en trasfondo un conflicto familiar y acentúa el valor del hecho que afronta el personaje, ese adolescente para quien el dolor y el sentimiento se convierten en motivo de reacciones que quedarán en posibilidad, como recuperando el misterio literario que se ha revelado al saber el porqué de la muerte del perro. Sus compañeros indagan, insistentes, en el porqué de la muerte, pero él se niega a decirlo y deja en el ámbito de la recepción del relato la información precisa y el vaticinio del conflicto próximo:

Sé que esperan mis respuestas, pero no voy a hablar, no quiero decir nada. Bajo la vista a la tierra removida y suspiro. Después le doy la vuelta al tronco de la mata de mango y trepo hasta llegar al primer gajo. Me acomodo sobre la parte más gruesa y con mucho esfuerzo comienzo a zafar la cuerda que mi padre atara cuidadosamente.
 

En «Canon A495» una adolescente de noveno grado, a punto de cumplir sus quince años de edad, recorre la vida de su madre desde la perspectiva de las fotos mientras se halla, en situación análoga a la de la madre, con el novio en casa. El habla popular, con numerosos giros coloquiales de la cotidianeidad, controlan el ámbito de la descripción de sucesos y, sobre todo, el espectro de juicios que pende sobre el personaje. En el plano de la estructura narrativa, se alterna, mediante la sicología de la adolescente, la historia inmediata que ocurre en la lectura con la historia referente de la madre, que es el motivo de todo.

Una vez más la crueldad como recurso de la disciplina y la moral. El hostil ámbito familiar que obliga al niño a superarlo con astucia, trampas y mentiras, con complicidades de comunicación que bien se manifiestan. Una vez más la sociedad en paralaje desde un punto de vista estrictamente anecdótico, que evade el uso de concreciones sociológicas e, incluso, sicológicas. Solo complicidad con un ámbito de recepción que se espera inteligente.

La adolescente que narra es hija de madre soltera, embarazada a la misma edad que ella tiene en ese instante, y de un padre desconocido. Es la situación que va a desencadenarse ante la vigilancia de la abuela: el novio queda oculto en el closet y la analogía sumergida, aunque a punto de salir a superficie todo el tiempo, anuncia que el ciclo habrá de repetirse. Así, el punto de cierre cambia la importancia de la doble historia y deja en segundo plano el referente de la madre para focalizar el verdadero conflicto, que había permanecido oculto, aunque a la vista de todos:
 

Cuando yo nací –cuenta el personaje en una síntesis situacional de calidad narratológica– mi mamá estaba en noveno grado. Sí, tenía mi misma edad. ¿Tú te imaginas si yo saliera embarazada y tuviera que parirlo? ¡Qué duro! Mi abuela nos mata. Bueno, a mí me encierra en el cuarto para que la gente ni se entere que estoy preñá, pero a ti sí te mata.
 

La perspectiva de descripción de acciones, siempre en esa primera persona subjetiva, va a ocupar casi diez páginas, a párrafo continuo. El primer punto y aparte, que arribará en el párrafo que cierra el cuento, presenta la llegada a casa de esa abuela capaz de matar, y de encerrar indefinidamente. Para el lector queda el conjunto de elementos, como un rompecabezas no muy intrincado. La cámara, esa Canon A495, conserva las pruebas de lo sucedido en ausencia de la abuela y es justamente el objeto que va a dar a sus manos.

«Sábado corto», que bien pudo llamarse de otro modo, acaso como la botella importada que da motivo al desenlace, es esencialmente cruel, duro, pues se adentra en el drama del forzamiento sexual del adolescente y la pederastia consentida por la madre. Todo parte del insufrible contexto familiar que marca el alcoholismo incurable de la madre. La disfuncionalidad familiar como el verdadero eje de crueldad que desmarca a la autora tanto de la suciedad del realismo de tendencia como del morbo de culpar al sistema social y sus insuficiencias.
 

Comes como si tu hambre fuera eterna, como si fueras un parásito adherido al hambre. Él sonríe, te disfruta, y tú solo sueñas con correr. Terminas con las galletas y cortas un pedazo de jamón. Él te dice que esperes, que te trajo algo más y sale. Va al carro que siempre parquea en la calle. Regresa con una jaba de nailon en una mano y colgando del hombro un maletín negro, como el de tus sueños. De la jaba saca una botella de ron con unas letras en otro idioma y la pone al centro de la mesa.
 

La perspectiva del suceso narrado, que es leitmotiv de solución narratológica, se inscribe en el momento de cierre, mientras Gerlys, el protagonista, corre desesperadamente para escapar de su situación. La anécdota se adentra en todo cuanto ha llevado a ese momento, para entender que el adolescente no escapa solo de la situación a la que ha sido forzado, sino que busca un futuro. Como en los personajes anteriores, hay una perspectiva de futuro que está siendo determinada por la circunstancia familiar.

El párrafo inicial es un ejemplo de síntesis para el relato, tanto desde el punto de vista dramático como desde la norma estructural del cuento:
 

Hoy tus piernas pesan menos. Hoy sí puedes correr. No aparecen la fatiga ni el mareo. Hoy no tienes hambre. El hambre es un parásito que nació contigo, que va adherido a tu cuerpo como un hermano inseparable. El hambre es tu familia, pero hoy no está. Hoy estás solo y corres loma abajo con un impulso que jamás imaginaste. Eres casi un hombre que corre y escapa. Eres más fuga que hombre perdiéndote por la calle. No escuchas los gritos ni ves los rostros, solo sientes los latidos en tu cabeza. Los latidos que martillan y se resumen en un solo pensamiento: «Corre, Gerlys, corre». Y corres y crees que nadie, absolutamente nadie, podrá alcanzarte.
 

El "Hoy" que marca el momento de partida singulariza el hecho y singulariza además el instante circunstancial del personaje; el hambre como familia es más que una metáfora; ser casi un hombre y, de inmediato, más fuga que hombre, anuncia el tránsito brusco y la forzosa circunstancia del conflicto; correr, creyendo que nadie, absolutamente nadie, podrá alcanzarlo, muestra y esconde la ironía narrativa que aclarará el contexto en que se ha producido el desenlace.

Y una vez que se han ofrecido los elementos informacionales de la historia, la voz narrativa se da el lujo de cerrar el cuento con esas misma oraciones que lo ponen en fuga, al menos durante el flash del dato presentado, aunque en el plano de la recepción el drama suba mucho más de tono y nos deje un sabor que sobrepasa al hambre familiar. Y aunque hay abundancia de referentes posibles en la literatura, creo que la autora lleva consigo, asimiladas a fondo, influencias cinematográficas. Que es imposible, en fin, no ver un intertexto jugoso de ¡Corre, Lola, corre!, lo que nos sirve de motivo ideal para llamar al suspenso de la situación y crítica y colocar el punto hasta el próximo capítulo.

 

Notas

1. Marvelys Marrero: Kanon, Ediciones Áncoras, Nueva Gerona, Isla de la Juventud, 81 pp.
2. Jorge Ángel Hernández “Canon y sacudida en los cuentos de Kanon, de Marvelys Marrero”, en Semiosis (en plural), Cubaliteraria, 10 de enero de 2017, URL: http://www.cubaliteraria.cu/articuloc.php?idarticulo=20041&idcolumna=29
3. Ob. cit., pp. 11-15.
4. Ob. cit., pp. 16-25.
5. Ob. Cit., pp. 26-31.

Editado por Heidy Bolaños