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El cierre de una saga histórica: Cronología del cine cubano  IV (1953-1959).

Luis Álvarez, 07 de junio de 2017

Luciano Castillo ha dado fin a una tarea que parecía imposible: construir la caracterización histórica del cine cubano desde 1897 hasta 1959. Apenas puedo imaginar el difícil proceso de esta investigación desde que su autor comenzó el ingente trabajo de acopiar información autorizada. Pues, en efecto, los cuatro tomos de esta minuciosa biografía del séptimo arte insular están construidos sobre un acopio sorprendente de información, de modo que Cronología del cine cubano, en sus cuatro tomos, resulta imprescindible no solo para comprender el desarrollo general de nuestro cine, sino que por lo misma razón de su cuidadoso "detallismo" documental e informativo se convierte en un texto imprescindible para el estudio de la cultura cubana en su conjunto.

Para comprender lo imponente de su factura, basta recordar que no se ha logrado aún una historia de la literatura cubana con semejante extensión, pues nada de lo hasta ahora escrito sobre el devenir de las letras nacionales —y me refiero a las tres obras mayores sobre el tema: las realizadas por Juan J. Remos, Max Henríquez Ureña y, finalmente, por el equipo de investigadores del Instituto de Literatura y Lingüística— ha logrado alcanzar ni la cantidad de páginas ni la prolijidad del ciclópeo estudio realizado por Luciano Castillo.

Debo señalar que este último tomo es uno de los más extensos del conjunto general de la obra. Y se comprende: los años que van de 1953 a 1959 fueron de una intensidad y una significación cultural que merecía la focalización que le ha dedicado el autor, quien se ha movido en un amplio abanico que le permitió abordar desde el cine científico insular hasta la temprana instalación de exhibiciones de cine pornográfico en La Habana. Infatigable, Luciano Castillo lo mismo dedica atención a la distribución, los laboratorios de un género que, años más tarde, tendría particular desa-rrollo en el ICAIC: el noticiero.

El investigador examina igualmente un interesante fenómeno de la década del cincuenta: las coproducciones, que se desarrollan en particular con México, pero también con España. Asimismo, este cuarto tomo aborda cuestiones de interés, como los trabajos cinematográficos —bien que tran-sitorios— que realizaron en la Isla diversas figuras del cine hispanohablan-te, desde Gabriel Figueroa y Arturo de Córdoba a Tulio Demicheli y Silvia Pinal, pasando por Jorge Mistral, Sara Montiel, Luis Bayón Herrera, Miroslava Stern, Juan Orol y otros muchos.

El cuarto tomo examina igualmente revistas y cine clubes, laboratorios y distribuidoras. Nada falta, pues, en esta concienzuda visualización histórica de todos los factores que intervenían en el área del cine en la Isla. Particularmente valioso es el epígrafe dedicado a la gestión desempeñada en relación con la difusión y valoración social del cine por la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo y por el cine Club Visión. La cuidadosa retrospectiva trazada por Castillo sobre ambas entidades capta la variedad de personas que defendieron la posibilidad de un cabal cine nacional en la Isla, entre ellos:

Max Tosquella, Walfredo Piñera, Ramón Becali, José Manuel Valdés-Rodíguez, Mario Barral, Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea, Alfredo Guevara, Guillermo Cabrera Infante, el músico y director orquestal Manuel Duchesne Cuzán, el compositor Juan Blanco, María Teresa Linares, Graziella Pogolotti, el distribuidor Juan Marco-te y Antonio Núñez Jiménez, entre otros, fueron conferencistas que al finalizar sus intervenciones animaron los conversatorios.1

Otras entidades son objeto de atención en el libro, tales como el Cine Club de La Habana. Todo ello contribuye a que el libro tenga un fuerte carácter de panorama orgánico de la vida cultural relacionada con el cine.

Un epígrafe de particular interés es el titulado “Aventuras norteamericanas en tierras y mares cubanos” (pp. 279-291), donde se examina el hecho de que “Cuba llegó a ser un punto de obligada escala en el itinerario de las luminarias de Hollywood”,2  cuestión que había sido ya tratada desde el primer volumen de esta obra:

Con escasos días de diferencia, mientras Brando descubría los se-cretos de bares y burdeles o tocaba tumbadoras con El Chori, Dorothy Lamour actuaba en la pista del cabaret Sans Souci, Joan Crawford bailaba en un intermedio entre los shows de Tropicana, Danny Kaye viajaba a Isla de Pinos para pescar, Bing Crosby a jugar golf, la pareja aún feliz de Eddie Fisher y Debbie Reynolds disfrutaba de vacaciones en La Habana y, durante una breve estancia, Gary Cooper gozaba en la finca La Vigía de la hospitalidad de Ernest Hemingway […].3

Castillo nos refresca la memoria sobre una serie de producciones que tomaron Cuba como escenario, entre otras, Los verdugos del mar —cuya fotografía contó con el trabajo de especialistas cubanos como Gustavo Maynulet y José Ochoa, así como con un segundo camarógrafo nacional, Roberto Ochoa, y con una canción de César Portillo de la Luz, interpretada por el cuarteto de las D´Aida—; asimismo se filmó en la Isla La pandilla del soborno, con Errol Flynn, pero con una serie de personajes secundarios interpretados por actores nacionales. El investigador revive los azares de la filmación de la versión cinematográfica de El viejo y el mar, así como de otros varios filmes norteamericanos. De este modo, se integran a la historia del séptimo arte en Cuba las filmaciones de diversas obras norteamericanas que, aun siendo netamente extranjeras, no solo utilizaban locaciones insulares, sino también una serie de actores y técnicos del país.
                                                                                                       
En su minuciosa vastedad, Cronología del cine cubano IV cierra el apasionante estudio de la vasta, compleja y atormentada vida cultural ci-nematográfica en Cuba. Una vez más me veo obligado a apuntar que no se trata de una mera cronología y que tal título, engañoso, podría alguna vez engañar a un lector no enterado de que, en realidad, se trata de una histo-ria cabal, cargada de información, valoraciones y de valiosísimas referen-cias históricas inteligentemente engarzadas por el investigador. Inapreciable en cuanto a sus aportes históricos, se trata de un libro de gran aliento que, nunca dejo de apuntarlo, es también una contribución a la aún no escrita historia de la cultura cubana en el s. XX.
 

 

Notas:

 

1 Luciano Castillo y Arturo Agramonte: Cronología del cine cubano IV. (1953-1959). Ed. ICAIC, La Habana, 2016, p. 256.

2 Ibídem, p. 279.

3 Ibíd., p. 279.

 

 

Editado por: Maytée García