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Atento a Yunier Riquenes García

Virgilio López Lemus, 24 de julio de 2017

Cuando llego a la poesía de Yunier Riquenes García (1982) ya el poeta tiene una cantidad de libros notables para su edad, antes de los treinta años: tres de cuentos y una novela. Quiero referirme a su primer poemario publicado: Claustrofobias (2009). Enteramente concebido en prosa poética, o mejor sea dicho, mediante la técnica del poema en prosa, encuentro en él desde confesiones personales hasta un mayoritario sentimiento de curiosidad ante la vida en torno, hacia «los otros», lo que ciertamente lo aleja de una poesía confesional o de inclinación a cantar al ego. El suyo es, en todo caso, un «yo» curioso.

Esa inquietud le hace externizar su mirada lírica. O sea, Riquenes lanza su mirada hacia lo externo mediato, por supuesto, desde el perfil de su subjetividad, propia del temperamento poético que manifiesta. Quizás esta aprehensión del mundo comience a caracterizar, desde el primer texto, esa búsqueda suya en lo circundante: «Me gusta nadar sobre la superficie y jugar a tocar el fondo con los ojos abiertos». Y, en efecto, a lo largo del libro advertimos una expresión poética «con los ojos abiertos». Él se enfrenta a la realidad, y antes de que ello sea un conflicto, es la suya una mirada limpia y a veces descriptiva.

Hay incluso una visión llamémosle «fuerte» ante el dolor, sabe que «hay dolores que no se arrancan con la muerte y la desmemoria», pero antes ha dicho que prefiere «enterrar a los que les falta el valor para enfrentarse a los temporales y a la caricia». Así, expone una poesía estoica. Y ese es el texto introductorio, cuando ya entra de lleno en su libro y cita a Hermann Hesse: «Tengo gran curiosidad por ver cuánto es realmente capaz de aguantar un hombre», por lo que no será extraño que el primer texto siguiente sea una suerte de diálogo entre preguntas y respuestas: «¿Pero hacia dónde vamos entre tantos abrojos? / Hacia la plena soledad. / ¿Y será hermosa?»

Riquenes habla de amor y desamor. Quiere una poesía sincera. Abundan en sus textos verbos como observar, andar, querer (de desear), o comentarios sobre lo que ve escrito en las paredes, las consignas, lo que «los otros» dicen y hacen. Desea dialogar, por ese motivo hay diversos «tú» en su poesía, damas y caballeros a los que interpela con cierto sentido de urgencia, de necesidad expresiva. Hay algunas anfibologías en esos «tú» que pueden ser hombre o mujer concretos, o todo un país, una ciudad y sus gentes, sus pobladores muy diversos, desde los amorosos hasta los agresivos.

A veces descubrimos algún sentido irónico, como dedicar un texto «para una ciudad Rebelde, Heroica y Hospitalaria», donde en medio del carnaval «por una mala pisada sacan las navajas y los punzones». El poeta está atento a la violencia social manifiesta o contenida: «Ahora los hombres se comen a los hombres al menor descuido», el homo lupus homo sale a flote en rango de ironía, no de humorismo, pero tampoco como protesta, pues el autor no pretende dialogar con el entorno de manera abiertamente política. Él es mucho más testimonial que confesional. Riquenes trae una poesía en la que se expresa con mucha calidad el bregar popular, las circunstancias nada románticas en las que ser «débil» mediante la queja resulta sumamente peligroso: «Si mascullas ¡ay!, pasas a ser un marcado sin perdón, y desapareces».

Admonitorio a veces, el poeta sabe que el mundo no es un lecho de rosas. Es reveladora la mirada enérgica que él lanza sobre su entorno: «Cuando las vigas crujen, los hombres dudan. No saben si convertirse en pie de amigo o resistir, no saben si echar a correr porque todas las casas y las vigas están en peligro de derrumbe». Las muchas lecturas que tiene un poema así indican el sentido plurisémico que ofrece quien escribe y que requiere lecturas también diversas.

Jugar con la brevedad conduce a lo que voy viendo como una marca estilístico-textual de la promoción de poetas de su edad: la cercanía con un lenguaje sentencioso. Por eso en Claustrofobias hay un uso continuado de los verbos ser y estar. A veces ese sentido de ofrecer sentencias cobra otros verbos y otras expresiones, cuando son «terceros», «otredades», las que se expresan o a las que se les comenta algo: «No existe la dureza, le dije, todo lo fuerte, lo más fuerte, es más frágil».

Por cierto, hay un deseo de mirar, observar, referirse a gentes de su edad: «los muchachos», a los que advierte en medio de situaciones de violencia, de juegos comprometedores, de ejercicios de sexualidades diversas, lo que se va a acentuar en la tercera parte del libro, en la que comienza citando al demasiado llevado y traído Charles Bukowski, como para anunciarnos que ahora se trata de exponer cosas llamadas o tenidas por «marginales», o «sucias».

Pero en verdad Riquenes se va a referir en esta parte de su libro a sucesos de interés sexual, de muchachos muy machos y otros «pálidos», de muchachas con juegos equívocos y, en general, antes que «suciedades», el poeta nos describe un tumulto erótico. Cada generación llega al mundo creyendo y sabiendo que inventan, o descubren y siempre redescubren al amor, a la sexualidad, y los modos de abordarlos. Así las cosas: «Eran amigos y se hacían favores amatorios. Él podía penetrar a las mujeres y a los hombres. A ella le gustaba el sexo mixto y con mujeres». Más que el amor al modo de Petrarca, triunfa aquí la carnalidad, como diría nada menos que Rubén Darío: «al final: carne».

El acoso, la desnudez, el desenfado erótico, la bisexualidad, el sexo grupal, todo ello entra en la trama social en la que el poeta «curiosea». Sentencia: «el amor es incorrecto». El chico que se masturba: «No podía entender por qué había dicho el nombre del amigo», «por qué los hombres se enamoran de los hombres». El poeta no puede saciar su curiosidad, nada malsana, y escribe la poesía de los hechos, del trascurso de la vida cotidiana expresada en la complejidad del sexo, del amor de la pareja, de la ambigüedad y el recelo, de lo desconocido. Se ha colocado como en una ventana abierta o en un agujero desde el que devela lo que ve, describe, aplaude o se extraña, se identifica o pone distancia. Al final, en la última parte del libro, devela objetos, mira lo objetivo, ve cuchillos, barcos, papalotes…, los objetos hablan, dicen cosas de las gentes que los usan, y de él mismo, del poeta observador y participante.

Nos es raro que en la nota de contracubierta el poeta Reynaldo García Blanco escriba que en este libro: «las marcas de honestidad están ahí, latentes e indelebles». Los poemas breves de Riquenes son expresión de un diálogo suyo con la circunstancia, donde cabe todo, donde ocurren cosas naturales y extrañas, donde nada (nadie) es perfecto. Sus últimas palabras nos dejan abiertos a esas dudas: «Ya nadie sabe, nadie sabe nada».
 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas

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