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Cuéntame lo que me pasa: mundo y trasmundo de Ángel Escobar (I)
 

Alberto Garrandés, 28 de julio de 2017

El poeta sabía que estaba arañando la materia de la luz, pero desde la sombra a veces. Y era capaz de darse cuenta, silencioso, de que también solía arañar la materia de la sombra afincado en la luz. Se tenía la impresión de que ambas eran lo mismo y que se confundían en un juego muy serio a vivir, un juego donde el lenguaje era un análogo casi perfecto del escamoteo, pero también del peligro de la verdad. Y se tenía, por otro lado, casi la seguridad de que en aquel hombre no podía haber refugio.

Un escritor ruso ha dicho que hay dos formas de superar la tragedia de la vida: la religión y la ironía. Supongo que el hombre a quien hoy dedico mis palabras veía en ellas, como veo yo, dos ilusiones perfectamente inútiles. Sin embargo, pese a todo, confío, como hubiera o habría confiado él, en ciertas rabiosas advertencias de San Pablo a los corintios: la obra de cada uno vendrá a descubrirse; el día del Juicio la dará a conocer porque en el fuego todo se descubre; el fuego probará la obra de cada cual, y si resiste, será premiado, pero si es obra que se convierte en cenizas, él mismo tendrá que pagar; y se salvará, efectivamente, pero como quien escapa de un incendio.

Cierto día Ángel Escobar puso en mis manos su libro de narraciones Cuéntame lo que me pasa. La primera extrañeza fue su dedicatoria, en cuyo texto resaltaba la palabra “humildad”. Entonces yo conocía muy poco su poesía y busqué un par de cuadernos que se me revelaron en forma de claves e indicios primarios. Sin embargo, creo que en mi actitud había aún determinado anhelo (debo decir que inconsciente) de hallar esas correcciones que hacen del lector —de cierto tipo de lector— un proveedor de juicios almidonados, lo cual es ciertamente espantoso. En oportunidades sucede que esas correcciones, que no están por cierto ni bien ni mal, son no más que un mito del intelecto en su eterna disputa con el espíritu. Y hay momentos en los que ese lector es falaz a su pesar. Puede cometer irrelevancias escolásticas, por así llamarles, si no nos percatamos a tiempo.

Cuéntame lo que me pasa fue, en su momento, ese libro extraordinario donde un poeta cambió la modulación de sus palabras y cayó en una especie de trance oracular. El tipo de lectura que exige es evidentemente somático, de la mente corporal que se origina en textos tensos, pontificios, donde la razón avanza al descubierto, desapercibida, lista a recibir (porque así lo quiere) el zarpazo a ciegas de la vida, que es siempre, allí y fuera de allí, prodigiosamente irracional. Y acostumbrados como nos hallamos a ignorar en la poesía, o en el discurso poemático, ese carácter, acontece que en la prosa él se descubre por puro contraste. Un poeta de la impavidez y lo inexorable, de la postrimería y el mundo lúcido de la muerte, se presenta de súbito con una colección de cuentos que es, desde el propio título, una apelación al auxilio de la racionalidad. (Una apelación retórica, diríamos, porque Escobar sabía perfectamente, creo, que la razón —esa razón exhausta que brota de las conversaciones más sombrías— no tiene nada que ver con el entendimiento, ni con la felicidad, ni con ese umbral excesivamente relacionado con la palabra amor. Sin embargo, amor es la última voz y debe pronunciarse, como observaba Aldous Huxley en Adonis y el alfabeto; aunque sea hoy, muchas veces, una palabra maloliente, llena de mugre y viscosa a causa de usos envilecedores).

Amor. Amar y mirar. O amar a despecho de la mirada que registra las catástrofes y regocijos del individuo. De un tipo de sujeto amenazado por las inclemencias de la felicidad y por aquello que, sin dudas, nos resulta habitualmente grave. Ángel Escobar fue, en Cuéntame lo que me pasa, un hacedor de palimpestos sicológicos. Lo que vemos es lo que él contempla en la sucesión de sus miradas. O, para explicarlo mejor: vemos precisamente el proceso dentro del cual esas capas de representación, de mimesis, van siendo adicionadas, superpuestas, derogadas por el último examen, el último repaso del ojo y el corazón. El poeta no acaba de mirar. Sospecha siempre, y sistemáticamente, de sus visiones. Pero conoce que cada una de ellas encierra un átomo de certidumbre. Por eso las guarda. Las resguarda. Por eso necesita, en fin, incorporarlas todas sin que exista, en lo que a ellas respecta, una jerarquía precisa en términos de composición. Parece que allí, en esa experiencia de lo que se adiciona y lo que es simultáneo, lo único permisible es el paso de una conciencia implacable por los estratos de sí misma.